Jorge González, el investigador mexicano que reivindica la figura del gran epistemólogo argentino Rolando García

"Debemos colocar en el centro de la ciencia a la acción"

Un libro, compilado por González, rescata vida y obra del emblemático exdecano de Exactas de la UBA que cuestionó el cientificismo y colocó al pueblo como partícipe y destinatario indispensable de los desarrollos científicos.
Imagen: Jorge Larrosa

Rolando García fue un científico riguroso, un docente apasionado y un hábil gestor. Construyó su lugar de intelectual desde la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, institución de la que fue decano entre 1957 y 1966. Figura descollante de la década de oro de la ciencia y la tecnología argentinas, fue el primer vicepresidente del Conicet, organismo que por aquellas épocas administraba el Nobel Houssay. Puso el cuerpo, de manera valiente, en La Noche de los Bastones Largos. Se negó a dejar el establecimiento y recibió un palazo. Se levantó, y como sus agallas tenían cuerda para rato, recibió otro golpe más. Esta vez fue obligado a ceder. Se exilió. Fue discípulo de Jean Piaget y, desde ese vínculo, alimentó la voracidad de su perfil epistemológico. Publicó libros de todos los colores y siguió, tenaz, con su trabajo en sistemas complejos y marcos epistémicos desde el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Desde 2009, por iniciativa de Jorge Aliaga, el Pabellón I de Ciudad Universitaria lleva su nombre. Fue homenajeado en vida y falleció en 2012 a los 93 años. “¡No está muerto quien pelea! Homenaje a la obra de Rolando V. García Boutigue” es un libro que de manera reciente publicó el CEIICH. Fue editado por Jorge González, uno de sus discípulos, doctor en Ciencias Sociales, experto mexicano en tecnologías digitales, comunicación y educación. En esta entrevista, conversa sobre su maestro, la vigencia de su pensamiento y las conecta con sus propias ideas acerca del rol que deben desempeñar las instituciones educativas en Latinoamérica. “Si la universidad no está dónde se está pudriendo el país, pues entonces no quiero estar en la universidad”, señala provocador y enciende el diálogo.

--La obra de Rolando García fue emblemática y, sin embargo, no fue lo suficientemente reconocida...

--Sus perspectivas en docencia, investigación y gestión tienen un valor que no fue destacado lo suficiente. Sorprende que haya sido tan poco relevado, quizás el hecho de no haber ido con la corriente haya tenido que ver un poco con esta situación. El año pasado he viajado por muchos países del mundo y sus textos, sus conceptos, nociones e ideas no son conocidas por nadie. Esto da cuenta del modo en que circulan las ideas a nivel mundial. No es un mero capricho que nuestras librerías y bibliotecas estén plagadas de los mismos autores de siempre, mientras el resto aguarden en la sombra. Rolando desarrollaba un oficio científico muy riguroso y de vanguardia; sus aportaciones, además, eran puramente latinoamericanas y eso es rarísimo en el campo. Su concepción de la ciencia no tenía demasiado que ver con los valores de lo exacto y lo universal. La influencia que recibió de Jean Piaget fue fundamental para que, a partir de los 80, ya no veamos tanto un Rolado científico-meteorólogo sino también disfrutemos de sus contribuciones excepcionales en el campo epistemológico. En sentido inverso, de manera recíproca, sus aportes fueron fundamentales para la construcción de una perspectiva hipernovedosa que destacaría a Piaget como un gran pensador del siglo XX.

--Comencemos por el principio, sobre todo, porque sus aportes en meteorología fueron importantes.

--Rolando se adelantó tres o cuatro décadas a la discusión del cambio climático y a la afirmación brutal de que ninguna catástrofe es totalmente natural. Las desigualdades sociales explican muchísimo los impactos que los fenómenos naturales tienen sobre nuestras poblaciones. Su compromiso social y su cariño por la universidad lo convirtieron en un gestor muy hábil. Con la formación que tenía podría haberse encerrado en un laboratorio extranjero y vivir su vida en paz y armonía y, sin embargo, optó por otra cosa. Los humanos solemos llenarnos la boca con palabras de compromiso y luego, cuando rascás un poquito la pared, es puro discurso, puro humo. Bueno, aquí García también fue una excepción y fue precursor de ideas interesantísimas, tanto desde lo político como desde lo académico. Recuerdo que lo desesperaba conocer cuáles eran las funciones sociales de las universidades en Latinoamérica. Todo el tiempo se preguntaba y repreguntaba: “¿Para qué queremos las universidades? ¿Para qué nos sirven?” A tal punto que en los 60, por su fuerza transformadora y rebelde, en la UBA llegaron a considerarlo como un “peligro institucional”. Lo acusaban de comunista, cuando nunca tuvo una militancia vía armas ni nada por el estilo. Era un hombre profundamente intelectual, de izquierda, que tenía muy claro --por su práctica y por sus experiencias en terreno-- qué tipo de instituciones había que construir en la región. En Argentina, pero también en México pateó el tablero.

--Bueno, está la dramática escena durante La noche de los bastones largos en el 66.

--Seguro, esa escena nos enseñó que estar en la universidad y defenderla es poner el cuerpo. Una acción que se dice de manera muy sencilla pero pocas veces se cumple. Y lo recuperamos en el libro porque no entendemos cómo es que García no fue ni es lo suficientemente reconocido. Su coherencia entre sus ideas y la militancia universitaria era de una singularidad descomunal. Imaginate que nos llama la atención ahora; en México, cuando llegó, fue impresionante. Venía con una postura política muy intensa, sus ideas en epistemología genética marcaban una línea clara a seguir. Cuando publicó Psicogénesis e historia de la ciencia junto a Piaget (1982) desplegó una idea muy innovadora de lo que ambos denominaron “Marco epistémico”. Un concepto clave en su obra; un texto que transpira rigor científico y no citas de ideas que se les ocurrieron a otros. Fueron investigadores con todas las letras y no meros repetidores.

--¿Por qué?

--Porque problematiza valores del positivismo a partir de argumentos precisos, sin vaguedades. Entre otras cosas, cuestiona la objetividad en las ciencias y propone que siempre es construida y no está dada en la medición del objeto. Eso trae aparejadas consecuencias muy fuertes en el campo científico, sobre todo, porque el camino que Rolando utilizaba para justificar no era ideológico sino profundamente científico. Eso cultivaba a los investigadores que provenían de las ciencias exactas y naturales. De hecho, él fue el director metodológico de muchos trabajos iniciales que realicé y una de las cosas más importantes que me enseñó fue a probar mis tesis y explicarlas con argumentos frente a investigadores formados en campos del conocimiento totalmente distintos al mío.

--Una apuesta muy importante por la transdisciplina, que ahora está de moda pero en décadas anteriores no se promovía con tanta alegría.

--Cuando uno debe ir a lo concreto se vuelve más difícil porque no es posible andar guitarreando y sobrevolando ideas, sino que se debe sostener los argumentos de manera sencilla y clara y, para eso, primero hay que conocer muy bien aquello que se está comunicando. Cualquier ciencia se institucionaliza como tal cuando es capaz de representar su objeto y su método y sus transformaciones en el tiempo. De esta manera, aunque un físico sepa poco de mi teoría y yo sepa poco de la suya, si él realiza un esfuerzo por mostrarme cómo describe esa porción del mundo que le interesa y yo hago lo propio con lo mío, muy probablemente podamos entendernos y trabajar juntos. Construimos relaciones para poder conocer, vínculos que no son visibles y que, por tanto, son inferidos. Todo el tiempo lo hacemos aunque el proceso esté naturalizado; de las descripciones a las estructuras y de éstas a los procesos; ese es el camino que trazamos aunque seamos inconscientes del mecanismo (de lo “intraobjetual, a lo “interobjetual” y su paso a lo “transobjetual”). Cuando aplicamos este esquema a diferentes objetos de estudio y se lo transmitimos a colegas de otros campos nos comienzan a mirar con mayor atención. La forma de leer teoría cambia radicalmente cuando a los autores que tenemos sacralizados les comenzamos a hacer preguntas sobre los objetos de representación y los pasajes conceptuales que efectúan. La apuesta más grande de García es responder a la pregunta sobre cómo conocemos. Otra de las llaves para pensar este concepto y todo el trasfondo de categorías a las que echa mano García es la transdisciplina.

--¿De qué se trata?

--Sencillamente, los problemas del mundo son demasiado difíciles como para ser abordados desde una sola disciplina. También, como si fuera poco, se dedicó al estudio de la ciencia, la tecnología y la sociedad en China. Asistí a un seminario suyo en los 80 y quedé alucinado, por la claridad y la contundencia con la que se manejaba. ¿Cómo no quedar extasiado, si no conocíamos absolutamente nada de la producción de conocimiento chino? Incluso hoy conocemos muy poquito. Si te invito a que recites autores franceses los dirás sin problemas, lo mismo con alemanes, estadounidenses y argentinos, pero... ¿chinos? Es la potencia mundial más increíble y no sabemos nada, solo que son muchos y que deben ejercer férreas políticas de control poblacional para evitar que todo se desmadre. Es muy confortable esa actitud pero no sirve mucho.

--¿Cómo era en el trato personal?

--Puedo hablar de mi experiencia con él en México. Era brillante pero tenía un carácter fuerte Rolando, muy frontal. La cultura académica en mi país es distinta a la Argentina. Allí, por ejemplo, es muy difícil para los investigadores comprender la crítica que uno puede hacer a las ideas. En general, se toman de manera personal y esto le trajo algunos problemas a García, que cuando tutelaba un proyecto jamás confundía a las personas con sus producciones intelectuales.

Conocer es hacer

--Usted pone en práctica muchas de las ideas propuestas por García.

--Fue mi mentor durante la tesis doctoral. Me enseñó que conocer es hacer y que desconocer es no hacer, o bien, lo que es peor: hacer mal. Conocemos el mundo actuando sobre él. Como conocer es diferenciar e integrar aquello que antes se ignoraba, el propio acto de incorporar nuevas ideas nos habilita para realizar acciones totalmente distintas a las que en un principio hubiésemos efectuado. Debemos colocar en el centro de la ciencia a la acción, justo allí reside su efecto transformador de la vida. Los sistemas científicos fueron organizados como un gran mercado y responden a sus leyes, de manera que cuando los investigadores creemos que estamos siendo originales y pensamos que modificamos una partecita de nuestro mundo, en verdad, solo estamos reproduciendo sus condiciones de existencia y funcionamiento. Seguimos mirando a la meca del norte con reverencia; basta con revisar la bibliografía de nuestras tesis doctorales, de nuestros papers. Nosotros los observamos con cierta nostalgia de una relación que nunca sucedió y ellos ni siquiera nos registran.

--El sistema científico coopera para que las transformaciones sociales promovidas desde el aporte científico difícilmente se concreten.

--Es que los sistemas están organizados de tal forma que se viven exactamente de la misma manera estés trabajando en Perú, México, Brasil, Chile o Argentina. Da igual, las leyes de la oferta y la demanda, las reglas del campo --como diría Pierre Bourdieu-- se manifiestan de la misma forma. En Europa y EE.UU. aun peor, está mucho más instrumentalizado y perfeccionado. Propuse estas ideas en los 90, en una conferencia que ofrecí junto a Néstor García Canclini, Renato Ortiz y Jesús Martín-Barbero en Escocia y se me vinieron encima todos los defensores de la academia. Lo entendí, era natural que así fuera. Lo que ellos no entendieron, desde mi punto de vista, es que yo no atacaba con estas ideas a los investigadores sino al sistema que los académicos del mundo contribuimos a alimentar sin darnos cuenta.

--En su objetivación, el conocimiento se separa de la sociedad y crece la brecha respecto de la praxis, de la acción. Ahora bien, ¿es posible modificar el sistema? En concreto, ¿hay oportunidad de hacerlo desde dentro, desde las entrañas de la propia ciencia?

--El problema está en la estructura de relaciones que hace que los investigadores se formen de una manera bien determinada y específica. No podemos separar el modo social en que nos organizamos para conocer (no solo referido al conocimiento científico) del producto que se obtiene como resultado. Los migrantes mexicanos que desean vivir el sueño americano no leen los libros de migración que escribimos los científicos. Se trata de aportaciones de primer nivel, con conocimiento profundo de lo que sucede, pero no los leen. Solo pueden servirles de escudo para repararse de las balas que lanzan los guardias que “protegen la frontera y defienden la patria”. En el diseño del conocimiento el pueblo no participa y como no participa, luego --como es natural-- no se interesa por unos resultados que poco tienen que ver con sus vidas. La gente no se siente interpelada en un rol activo sino que solo se constituyen como unidades de observación.

--¿Y qué hace usted para modificar esto?

--Ahora mismo estoy cerrando una década de estudios en el centro del desierto de México, Chihuahua, una zona que gracias a su lugar geográfico estratégico está dominada exclusivamente por el narcotráfico. Los narcotraficantes nos ven, saben que estamos ahí y jamás nos han hecho nada. Mi familia estuvo muy preocupada, pensaba que me matarían enseguida. Pero ser “pobrólogo” sin habitar la pobreza es muy difícil. Un día nos paró una patrulla federal, no nos creía que éramos investigadores y que íbamos a trabajar con las comunidades del lugar; dábamos talleres de formación en gestión cultural a los habitantes del altiplano. Revisaron la camioneta y seguían sin creernos.

--¿Y qué pasó?

--Recién cuando les enseñé mi identificación de la UNAM me creyeron. El jefe me preguntó qué diablos hacía en un territorio tan peligroso como ese y le contesté de la misma manera que hice con mi hijo, que me reprendía muy seguido por el sitio que escogía para investigar. Le dije: “Si la universidad no está dónde se está pudriendo el país, pues entonces no quiero estar en la universidad”. Algunos colegas, incluso, me trataban de subversivo. Me decían que la CIA me iba a venir a buscar e interrogar como en las series de Netflix. Pero es que la CIA sabe todo, soy un científico que solo estudia cómo una estructura de conocimiento poco diferenciante se vuelve más diferenciante. Solo que lo hago en el campo y me gusta hacerlo en lugares que siento en los que puedo aportar.

--¿Qué ocurre cuando científicos y comunidades construyen conocimientos?

--Conforman lo que he denominado “Comunidades emergentes de conocimiento”. Cuando los problemas abordados desde la perspectiva científica se entremezclan con los enfoques comunitarios o ciudadanos, cuando el investigador deja a un lado su ego personal y escucha a la gente que experimenta en carne propia las dificultades del caso, las cosas ya comienzan a mejorar. La ciencia no puede separarse de las culturas, por eso, las personas que desempeñamos el rol de intelectuales en la sociedad debemos obligarnos a dialogar y, sobre todo a escuchar. Escuchar transforma: ¡para eso conversamos!

[email protected]

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ