Estuvo en la Antártida, tomó imágenes alucinantes y las comparte como pretexto para divulgar ciencia

La astrofotógrafa del fin del mundo

 Jorgelina Álvarez es meteoróloga y fue de campaña al continente blanco por trabajo. Aquí repasa los orígenes de su pasión por la astrofotografía y narra cómo retrató la inmensidad de esos cielos como nadie lo había hecho antes.
Imagen: Jorgelina Alvarez

De chica, por las noches, salía con la familia a caminar por su barrio en Las Flores (Buenos Aires). El cielo nocturno, apagado, mostraba su mejor perfil y era foco principal de distracción para los Álvarez. Algunas veces, incluso, agarraban las cañas de pescar y probaban suerte en los arroyitos del partido bonaerense, bautizado en 1856 por Don Manuel Venancio Paz. “Miraba las estrellas pero no entendía demasiado. Siempre me acuerdo que mi viejo hacía hincapié en el ‘lucero’ y me mostraba los ‘puntitos’ que se movían. De grande me di cuenta que se trataba de Venus y que aquellos puntos pequeños que cambiaban de lugar no eran más que satélites. Ahora miro el cielo con otros ojos; el conocimiento te ayuda a llenar de sentido las cosas”, señala Jorgelina Álvarez, una joven meteoróloga de 31 años, apasionada por la astrofotografía.

Todo comenzó con un curso en la Asociación de Amigos de la Astronomía (en CABA), una entidad sin fines de lucro, creada en 1929, cuyo propósito principal desde hace casi una centuria es “difundir y cultivar la ciencia”. Como efecto, quedó tan cautivada que, a partir de la compra de su primera cámara y trípode, comenzó su viaje por la astrofotografía. Un viaje del que no habría retorno. Pronto, supo que dentro del campo disciplinar convivían diferentes líneas: “espacio profundo” –las imágenes se toman con el auxilio de telescopios y es posible capturar galaxias– “planetaria” –rama que vuelve posible la captación de estos cuerpos celestes– y “paisaje fotográfico”. Hacia esta última opción se enfocó Álvarez.

Conforme adquirió experiencia echó mano a equipos cada vez más sofisticados, que le permitieron protagonizar experiencias estimulantes en el campo. No obstante, aunque fue reemplazando las tecnologías, no ocurrió lo mismo con el ritual de preproducción. Astrofotógrafos experimentados como Mariano Ribas o Cristian López, a menudo, destacan la importancia de la logística previa. De hecho, cuanto más se planifica, mejor se puede improvisar y hacer de la fotografía del espacio un bello arte. “La previa es lo más importante. Hay que tener muy planificado qué vas a ver, que tecnologías vas a trasladar, cómo será la logística. También es clave, en caso de ser un sitio que se desconoce, conversar con la gente que habita el lugar. Hay muchas historias que se tejen alrededor del cielo y es bueno que nuestras fotos, en alguna medida, puedan rescatar una partecita de ellas”, describe. A Álvarez le gusta caminar, patear el terreno, ir a la montaña, preparar sus cosas y permanecer en silencio por horas. Recién cuando retorna, una vez que consigue las imágenes que buscaba, se permite relajar los músculos y picar algo de la vianda preparada especialmente para la ocasión. Como dicen los que saben: todo está habilitado menos las bebidas con alcohol porque, si uno se entusiasma, puede perder un poco de precisión en el ojo, una cualidad irremplazable para esto de la ciencia y el arte.

Imagen: Jorgelina Alvarez.

Participó de algunas campañas astrofotográficas pero el momento cumbre lo vivió en la Antártida. Viajó porque aplicó a una convocatoria realizada por el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y permaneció en la Base Marambio durante un año, entre los noviembres de 2017 y 2018. “El Servicio me llevó para hacer técnica en observación meteorológica. Tenía que examinar las nubes, el viento, la presión, la temperatura; todo lo que ocurría en superficie porque la gente que se encuentra en la Base tiene que estar al tanto de cuáles son las condiciones meteorológicas. Y para los tiempos libres reservé mi pasión: invertí los ahorros en comprarme una cámara que pudiera realizar un buen registro de los cielos nocturnos”, narra. Los informes que realizaba eran aprovechados por científicos y militares que trabajaban en la Base a diario.

Durante su estadía de un año completo dejó de hacerse problema por los viajes en colectivo y tren, y por los tiempos de espera para todo. Su dormitorio estaba a tan solo 200 metros del trabajo. Las necesidades, que por una inercia injustificada los humanos procuramos satisfacerlas con torpe velocidad, se esfumaron enseguida. En la Antártida los caprichos desaparecen y la sed de consumo adelgaza unos kilos. La premisa es sencilla: todos los días deben ser bien planificados de antemano porque si falta algo no hay manera de arreglarlo. “No teníamos el supermercado chino a la vuelta. Al principio fue un problema pero después nos acostumbramos. Aprendimos a arreglarnos con menos. De cualquier manera, la Base estaba muy bien equipada: había galletitas, las comidas al mediodía y a la noche y, como si fuera poco, teníamos gimnasio y muy buena conexión a internet”, subraya.

¿Cómo se administra el ocio en un lugar muy bonito en el que, a priori, no hay demasiado para hacer? Mientras que algunos cocinaban, dormían la siesta y aprovechaban para hacer un poco de ejercicio, Álvarez se abrigaba en varias capas de ropa térmica, se calzaba las antiparras para que la ventisca no perturbara su vista y salía a cazar paisajes. “La naturaleza nos regala unos colores que no se pueden creer, parecen de película. En un momento la cámara de fotos parecía mi llavero, iba conmigo a todos lados. No me quería perder nada. Son instantes muy puntuales en que una dice ‘esto es mío’ y lo captura. Se ve que emanaba esta pasión porque mis compañeros se coparon con lo que hacía y comenzaron a acompañarme”, relata con emoción. Saber en qué lugar del universo estamos, por quién estamos acompañados, cuáles son nuestros vecinos cósmicos, qué características tiene ese vecindario; constituyen algunos de los interrogantes que envuelven las curiosidades humanas desde tiempos remotos y se estiran hasta nuestros días.

Imagen: Jorgelina Alvarez.

Los cielos del continente blanco son prístinos, impolutos. No obstante, todo lo bueno tiene su costo. A cambio, la Antártida ofrece un clima que hay que aprender a sortear. “Cuando tenés que caminar en esas condiciones no es conveniente andar muy cargada. A la cámara y el trípode hay que sumarle una mochila con más abrigo de repuesto, agua mineral, un mate y un termo que se banque las inclemencias del tiempo. Nunca se sabe qué puede pasar, algunas veces salíamos con 30 grados bajo cero y con ráfagas de viento muy potentes. Sacarse los guantes para tomar una foto es tremendo, pero lo hacía igual”, plantea. Desde abril hasta septiembre, aproximadamente, se registran las temperaturas más frías que pueden llegar a superar los 50 grados bajo cero de sensación térmica. Con el frío, las baterías de los equipos se descargan con facilidad (ha llegado a utilizar tres en apenas 50 minutos) y los celulares pueden dejar de funcionar. “Los teléfonos comienzan a andar por su cuenta, como si se volviesen locos; algo similar a cuando te ingresa un virus en la computadora. A un compañero le explotó, así que no era de lo más recomendable sacarlo al aire libre”, apunta Álvarez.

Fue tan conmovedor lo que vivió que decidió contarlo. La ciencia se puede comunicar a través de la pintura, la música, la literatura y el cine pero también mediante fotografías; empleadas, en este caso, como un canal para transmitir emociones pero también conocimientos. “Las estrellas forman parte de nosotros; tenemos que entender qué es la Vía Láctea, cuáles son sus características. Una forma de hacerlo es a través de las imágenes que primero despiertan sorpresa y luego curiosidad. Hay estrellas y planetas que se ven a simple vista, no necesitamos de ningún instrumento. Sirio y Venus, sin ir más lejos, son belleza pura”, dice. No obstante, aunque el escenario estelar esté al alcance, a los humanos no nos interesa participar de la obra de teatro nocturna. De hecho, ya no observamos los cielos con detenimiento. “En cualquier ciudad, la contaminación lumínica, sumada a la gran cantidad de distracciones a las que nos sometemos, hace que nunca levantemos la cabeza para mirar lo que hay arriba. Estar en el medio de la nada, en el fin del mundo, te obliga a tomar una actitud diferente”. Y concluye: “Comprender la inmensidad del universo te lleva, por momentos, a emocionarte un montón. Alguna que otra lágrima he largado, debo confesar. Estar en el medio de ese silencio te permite un ejercicio introspectivo muy lindo, un antes y un después muy fuerte”.

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