I. En el principio, mi madre narró (creó) las distintas circunstancias ocurridas el aciago día de mi nacimiento. Ella (su voz, su acento), valga la redundancia, ha sido la encargada oficial de conservar y difundir las particularidades de una jornada histórica, una jornada (el relato de una jornada) que me dejaría virtualmente incapacitado para proyectar una identidad firme y consistente. Todo lo contrario: de allí nació un yo atrapado en las telarañas de una dialéctica interminable, entre lo extraño y lo conocido, entre lo siniestro y lo familiar (entre el terror y la belleza, entre lo excelso y lo vulgar), un yo (mi yo, esa lamentable superstición, ese barco azotado por dos vientos) que debe sobrellevar la amarga inquietud de no sentirse nunca completo. ¿Y ustedes?

II. Cuenta mi madre que aquella masa informe de grasa, piel, huesos y sangre se resistía, como si una certeza lo dominara, a salir de su vientre. Nada, no había forma. El sujetito que había permanecido nueve meses adentro de la mamá pretendía ejercer el derecho inalienable de atrincherarse en el lugar donde había transcurrido sus mejores días: cómodo, calentito, seguro. Sin embargo, las fuerzas correctivas consideraron una ofensa tal accionar y reclamaron unánimemente los servicios secretos del fórceps. Recordemos que en 1979 todavía estaba permitida la utilización indiscriminada de ese instrumento de tortura empleado básicamente para disciplinar a los rebeldes; con el correr del tiempo, fórceps (que en la depravada lengua científica refiere a un “herramienta diseñada para abreviar el período expulsivo durante el parto”) se transformaría en una palabra maldita como consecuencia de los perjuicios ocasionados en los futuros especímenes humanos (hemorragias cerebrales, fracturas, retrasos cognitivos). O sea, resumamos, palabra maldita, instrumento de tortura, rebeldía. En medio de ese combate decisivo me arrancó hacia el mundo una obstetra (la Dra. Ferreyra, inmortalizada por haber pronunciado al verme una sentencia irrefutable: “mi pequeño Rey…”) que supo manejar con suma destreza las diabólicas garras (el de la Dra., me pregunto a cuarenta años de distancia, ¿fue un gesto de crueldad o de extrema clemencia?). Poco después de dar a luz (qué fascinante expresión “dar a luz”), la Dra. Ferreyra advirtió estupefacta que dentro del útero de mamá habían quedado restos de placenta, un horror; los restos placentarios luego del alumbramiento se convierten en una sustancia mortífera, es así que la doctora introdujo sutilmente sus manos dentro la humanidad de mi mamá y le extrajo la potencial infección que este sujetito había depositado en sus entrañas. Pensemos un segundo (sólo un segundo) que si por algún motivo la obstetra hubiese ignorado la presencia de aquellos restos, mi madre seguramente habría muerto, y frente a su muerte, mi ineludible responsabilidad. Pasaba en un instante de bebé rebelde a bebé asesino, o peor, bebé matricida. ¿Con cuánta carga de culpa? ¿Cómo me habría mirado mi padre? (lógico, como a un homicida). Ya fuera de peligro, mi madre, extenuada por el desgaste físico y mental del parto (fue, verdaderamente, un parto), no lograba reunir las fuerzas necesarias para amamantarme. Enterada de esta emergencia, la mujer con quien mi madre compartía habitación tuvo la gran idea de reemplazarla: yo (eso que bajo ningún punto de vista era yo) sobreviviría gracias a la leche de una extranjera.

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III. Me une a los libros una relación más parecida a la que sostiene el adicto irrecuperable con la pasta base que el refinado lector con su biblioteca (¿o es la misma?). Me explico: al abrir un libro tengo la plena seguridad (una seguridad maniática) de que el libro guarda algo para mí, no un mensaje o una enseñanza tipo moraleja, no me refiero a semejante banalidad, tampoco hablo de un hallazgo que explique de manera definitiva el precario mundo que habitamos, no, sino simplemente acecho un libro con el propósito de encontrar una palabra, una frase, un párrafo, algo que me interese, que me sirva, ¿para qué?, para escribir, para seguir escribiendo, y quizás (quizás) para comprenderme (comprenderme a medias, claro). Tomo de ejemplo Un apartamento en Urano, el último libro de Paul B. Preciado donde, a priori (con Preciado los a prioris se deshacen igual que rostros dibujados en la arena) sospechaba que no habría nada para mí, y mucho menos debería haber habido algo en el artículo “Derecho al trabajo…sexual”, sin embargo, siempre (siempre) hay algo en los libros para uno si uno se empeña en buscarlo (a este empeño, ciertos personajes oscuros lo denominan sobreinterpretación). Cuenta Paul que en “pleno período de expansión colonial europea, el científico Carl Von Linné publica el panfleto La nodriza madastra (La Nourrice marâtre), en el cual exhorta a cada mujer a amamantar a sus propios hijos para ‘evitar la contaminación de raza y clase’ a través de la leche y pide a los gobiernos que prohíban, en beneficio de la higiene y del orden social, la práctica del amamantamiento de los hijos ajenos”.

Subrayo contaminación. Me entusiasma la posibilidad de ser un contaminado: un contaminado tiene entre sus habilidades el poder de contaminar. Busco entonces contaminar en el diccionario porque quiero saber exactamente de qué estoy hablando; la RAE, muy atenta, responde:

1. tr. Alterar nocivamente la pureza o las condiciones normales de una cosa o un medio por agentes químicos o físicos. U. t. c. prnl.// 2. tr. Contagiar o infectar a alguien. U. t. c. prnl.// 3. tr. Alterar la forma de un vocablo o texto por la influencia de otro.// 4. tr. Pervertir, corromper la fe o las costumbres. U. t. c. prnl.// 5. tr. Profanar o quebrantar la ley de Dios.

Alterar, infectar, pervertir, corromper, profanar. Perfecto.

IV. En otro artículo del libro de Preciado, Homenaje a la nodriza desconocida, se lee un emocionante reencuentro entre una mujer y su nodriza tras cincuenta años de separación. Concluye el filósofo: “Es mentira que solo tengamos una madre. El cuerpo social nos acoge siempre con muchos brazos, sino no podríamos sobrevivir” (nadie me saca de la cabeza que podría elegir al azar cualquiera de los 72 textos restantes que componen Un apartamento en Urano, incluido el prólogo de Virginie Despentes, y citarlo a continuación).

V. Descubrí la condición extranjera de mi madre por la pronunciación incorrecta del nombre de una fruta que de algún modo ya se ha transformado en leyenda: manzana, pero por supuesto que si mi madre hubiese pronunciado normalmente la palabra manzana yo no habría contado con los elementos necesarios para advertir su disimulada extranjeridad; ella decía, y aún dice, a punto de cumplir cuarenta cinco años en territorio argentino, mantzana, así, con una intensidad demoníaca que recae sobre la z que se disfraza de t: mantzana, ni mela (en italiano) ni la pronunciación rioplatense que omite las diferencias fonológicas o fonéticas entre algunas consonantes, por eso mantzana supuso para mí un anuncio, una revelación, que mi madre no era de acá, que tenía un origen oscuro, que provenía de otras tierras, tierras lejanas, y que en esas tierras ella había cultivado una lengua (una vida) distinta; revelación reforzada, además, por una pregunta que nadie se cansaba de hacerme, “¿de dónde es tu mamá?”.

VI. Acabo de pagar una pequeña fortuna por un libro de Enrique Vila-Matas cuyo título y subtítulo definen mi existencia de una manera tan exacta que tengo miedo de caer en una sobredosis: El viajero más lento (dudas, vacilaciones; nunca en la vida un acto precoz, nunca un logro prematuro; estoy en condiciones de llenar decenas de páginas con retrasos, rodeos, dilaciones, aplazamientos, preferiría no hacerlo). El arte de no terminar nada (el único arte que manejo casi a la perfección). Va de suyo que en el libro de Vila-Matas encontraría fácilmente material para seguir escribiendo. Sí, verdad, pero lo encontré justamente donde menos lo hubiese pensado, esto es, en un fragmento (“Identidad”) dedicado a la obra de Adolfito Bioy Casares: “Somos demasiado parecidos a nosotros mismos; el riesgo es parecernos demasiado. Cuando yo era chico tenía la esperanza (contra todo lo que podía esperarse) de ser varias personas. A medida que uno vive, progresivamente se afianza el mismo maniático, el mismo nimio personaje”.

VII. Dice el maldito de George Bataille: “Secretamente o no, es necesario convertirse en otro o dejar de ser”. Yo digo: escribo dictado por el niño que no fui, un niño que habla la lengua del desastre: una lengua hecha con rumores, murmullos, balbuceos; una lengua bífida.