Giro en el aire

Imagen: Adrián Pérez

EL CUENTO POR SU AUTOR

Culminaba un año adverso que, de manera contundente, se había iniciado el 4 de diciembre de 2014 en el Aeropuerto Benito Juárez –nueve horas de pavor en las que creí que todo lo trabajosamente urdido a lo largo de mi vida iba a desbaratarse ahí mismo-- y, con hechuras diversas, me vino hostigando casi sin tregua. Aunque lo buscaba con cierta desesperación, en todo ese año no pude recalar ni en el más imperceptible proyecto de escritura. Hasta que el 4 de diciembre de 2015, mientras tomaba sol, apareció la idea rudimentaria de este cuento. Y asociado a esa idea, el título. Supe en seguida que había dado con algo que, de pies a cabeza, quería escribir, que no iba a parar hasta que me saliera, y que por fin me había sacado de encima a la adversidad.

En mi historia personal este cuento se hermana con “Los que vieron la zarza” y con “Georgina Requeni o la elegida”, escritos en mi juventud. Los tres actuaron en mí como conjuros contra ciertos terrores. A mis veinte años, lo que temía era que, de tantas grandes palabras como solía pronunciar, resultara la más absoluta nada. ¿Y en la actualidad? Espero que el cuento lo sugiera. Dos curiosidades que me gusta señalar: Una: la protagonista dice en algún momento: “…en este oficio vale la antigüedad: si tenés la suerte de seguir vivo a los setenta y cinco, seguro que algún premio mayor te toca”. Dos años después de haber escrito yo esto, a mis setenta y cinco años, recibí algo similar a lo que ella llama un “premio mayor”. La otra curiosidad es mérito del querido Pepe Nun. En una entrevista que me hizo, ponderó lo que él creía un hallazgo mío respecto del nombre de la protagonista. Me sorprendió; le juré que no había ningún hallazgo de mi parte. El nombre lo había tomado de una nouvelle que había abandonado hacía años, La memoria de Ida Val, y cuyos fragmentos fueron o irán a parar a otras ficciones. Igual, el descubrimiento de Nun me fascina. Lo asumo y se lo agradezco. 


GIRO EN EL AIRE

Ida Val decidió matarse el día en que llevó a Las Albricias las cenizas de su último amante. Y era probable que después de su muerte los que conocían el motivo del viaje vincularan los dos hechos. No encontrarían otra causa (pensó Ida mientras ordenaba las carpetas), considerando que en el último año había ganado dos premios por sus libros y que, para sus setenta y cinco años, se la veía saludable y en paz. Hasta podía ocurrir (supuso con cierto humor) que alguno lo revelara en un reportaje: “Debe de haber sido el día en que se desprendió de los restos de quien fue su compañero en los últimos años cuando Ida Val tomó esa decisión”. Y lo atribuirían a lo dolorosa que debió resultarle la despedida. Pero en eso estarían equivocados. Había tenido mucho tiempo para despedirse de Renzo y el alivio por estar cumpliendo la promesa que le había hecho años atrás mitigó lo melancólico del ritual. Sin contar con que la melancolía siempre le había resultado un sentimiento amigo, de los que en otros tiempos la habían movido a escribir. Y la percepción del absurdo también, de modo que las maniobras que debió hacer durante el viaje para que no se le cayera la urnita hasta consiguieron divertirla un poco, ay, Renzo, cómo te reirías de este sentimentalismo mío (pensó mientras pagaba el boleto), ¿pero acaso podía meterte en el bolso así como así? Imaginar la cara de él le hizo gracia y ahí sí la cruzó una punzada de soledad. Solía ocurrirle en casos como este: sentir la ausencia del interlocutor. Renzo, mirá (ella señalando una pizarra manuscrita), acá venden ikebanas. No, Ida, 1kbananas. Y los dos llorando de la risa mientras se alejaban de la verdulería. Alquimia rara la del amor, había escrito alguna vez, capaz de convertir las torpezas en actos dignos de ser amados. Pero si no había con quien reírse, las torpezas eran eso y nada más. Entonces la soledad caía sobre ella y la arrasaba, tal vez por eso había demorado tanto en despegarse de la urnita (que en realidad no era una urna sino un pequeño cacharro de madera con la leyenda “Guaraná Globo” tallada entre guardas aborígenes, regalo insólito que muchos años antes de que conociera a Renzo le habían hecho en la Feria del Libro de Belem y cuyo precioso contenido ella había consumido a cucharadas, todavía creyendo que esa locura azarosa que es la creación está siempre al acecho y solo hay que reavivarla con polvos del Amazonas). Pero no era fetichista: luego de cuatro años de convivir con las cenizas un lunes dijo basta, buscó en internet, anotó el horario del único micro que paraba en Las Albricias —doce y veinte a la ida, siete de la tarde a la vuelta— y a mediodía del día siguiente bajó del micro en el pequeño pueblo en el que Renzo (le había contado) fue tan feliz cuando era chico.

Todavía faltan más de cuatro horas, calculó cuando salió del bar, que era a la vez la precaria parada de micros. Había comido algo, había leído largamente, y ahora caminaba al azar, mirando cada cosa y tratando de imaginar las razones por las que un chico pudo ser tan feliz en un lugar tan aburrido. Su objetivo era la plaza pero la encontró demasiado pronto así que siguió de largo: debía hacer tiempo. Caminó con lentitud; cuando se terminaron las casas volvió a la plaza; eran pasadas las cuatro y media.

Se acercó a un árbol que le pareció un paraíso. Él le había hablado de un paraíso al que se trepaba y a Ida le gustó pensar que era ese, que setenta años atrás el chico que ella había visto en una foto se trepaba a ese mismo árbol debajo del cual ella se estaba sentando. Le contó a Renzo cosas sobre ella (hacía mucho, se dio cuenta, de que había perdido la costumbre de hablarle; tenía que ponerlo al día): que hacía siglos que no publicaba nada nuevo pero que en los últimos tiempos le llovían los homenajes; no es mérito mío, amor (le dijo), en este oficio vale la antigüedad: si tenés la suerte de seguir vivo a los setenta y cinco, seguro que algún premio mayor te toca. Otra vez, la risa que le dio pensar en el premio mayor le provocó esa punzada. Pero no se permitió regodearse en la soledad; pronto iba a atardecer. Se puso de pie, besó la pequeña urna, abrió la tapa y, con suavidad, dejó caer las cenizas alrededor del tronco. Ya estaba. Miró el reloj: faltaban casi dos horas para que llegara el micro. Se sentó en un banco y se puso a leer. Cuando ya no hubo luz suficiente, caminó hasta el bar de la terminal, pidió un café y abrió el libro. Lo terminó justo cuando faltaban diez minutos para que llegara el micro. Pagó y se fue. Afuera, solo una señal y dos bancos de plástico indicaban el lugar de espera. Se sentó en uno de los bancos. Estaba oscureciendo y hacía bastante frío; por la calle, nadie. Ida se sentía cansada. Pensó que eso era algo bueno: seguramente iba a dormir durante todo el viaje de vuelta pero aun si no dormía se dejaría vivir en esa situación de traslado que tanto la serenaba; viajar, una actividad en sí misma como escuchar música o tomar sol, que la eximía de toda responsabilidad, de toda angustia. Miró el reloj; faltaban solo cinco minutos. Se estiró como pudo en la silla de plástico. Misión cumplida, se dijo. Y por primera vez en el día se sintió bien.

En eso estaba cuando se le acercó el hombre del bar, que debía oficiar de boletero. Le dijo que había habido un accidente en la ruta, acababan de avisarle. El micro iba a llegar con más de dos horas de demora. ¿Dos horas? Ida Val sintió unas inexplicables ganas de llorar. Miró a su alrededor como un náufrago. Nada, ninguna cosa a la cual aferrarse. Abrió el bolso con la esperanza de encontrar algo para leer; a veces le pasaba: un folleto o un programa de teatro o una página de diario, doblada, que había guardado vaya a saberse por qué razón. Nada, ni siquiera había señal para el celular. Solo encontró una pequeña libreta en la que había anotado algunos datos sobre el pueblo y un bolígrafo. Los sacó y, sin el menor destino, abrió la libreta en una página en blanco.

Y fue entonces que empezó a ocurrir. Cuando se vio a sí misma mirando el papel como una idiota sin que nada, ni una sola idea ni la frase más casual, despertara en ella el menor deseo de escribirla. Solo existían, en su futuro, dos horas perfectamente vacías. Involuntariamente se instaló en su cabeza la imagen de la vieja del vestuario. Supo que ella misma, amortiguando su vida hasta la inexistencia en ese pueblo sin atributos, era ahora esa vieja. Ida Val, que un día había escrito que con cada miedo, con cada ráfaga de locura, con cada punzada de soledad sus palabras serían capaces de construir un objeto cargado de sentido y que había armado su vida alrededor de esa certeza, miraba la hoja en blanco como la miraría una imbécil. Guardó la libreta y se entregó al espanto de la nada. Entonces supo, sin apelación, que iba a matarse.

Cada razón y cada paso a seguir los fue fraguando en el micro, cuando la coartada de estar en tránsito la ayudó a librarse en parte de la angustia y pensar con cierta claridad. Se dijo que, ya que no podía vivir dignamente, al menos iba a morir con dignidad; se rio de la retórica: se ve que la cercanía de la muerte te está poniendo solemne, se dijo, y se propuso no dramatizar. Ser práctica, así lo pensó. Iba a ordenar sus papeles, tirar lo que no tenía arreglo, y hacer lo necesario para molestar lo menos posible a su gente cercana. Eso traería una ventaja accesoria: actividades ya pautadas y continuas. O sea: pocos resquicios para el vacío. Y cuando ya no le quedara nada por hacer. Se interrumpió, asustada. Se dio cuenta de que el temor estaba por impedirle avanzar en sus planes. No se lo permitió. Ya que no puedo vivir otras aventuras (se dijo con energía) voy a experimentar la última, tal vez la más curiosa (así estaba mejor, esta era ella): volar, ¿no es acaso el sueño más hermoso? Y se durmió hasta que el micro llegó a Buenos Aires.

El miércoles y el jueves sucedieron según lo había planeado, con una actividad ininterrumpida y minuciosa que no le dejó huecos para pensar más allá de lo indispensable. De cualquier modo, se decía cuando en alguna pausa la atravesaba una ráfaga de miedo, ya todo está decidido hasta el límite: no hay marcha atrás. Confiaba en su voluntad que siempre, luego de haber analizado ella cada variable, la conducía sin vacilaciones hacia el objetivo. Al final del jueves, cuando acabo de ordenar las carpetas, supo que esa noche sería su última noche.

Durmió bien. A la mañana, después del café y de los pequeños ritos matinales —bañarse, vestirse con la ropa armoniosa y cómoda que, ya en el micro, había dispuesto para atenuar lo más posible la imagen de su cuerpo, luego de caer doce pisos, estrellado contra el patio de abajo—, fue cumpliendo con prolijidad la sucesión de actos que había dejado para la última mañana: 1) Clasificar en tres pilas las carpetas que había armado en esos días; 2) escribir en tres hojas, con letra clara, los títulos correspondientes: “Ficciones incompletas”, “Borradores diversos”, “Contratos, recibos, otros documentos”; 3) poner cada hoja sobre cada pila; 4) traer desde la cocina el banquito-escalera.

Mientras lo acomodaba cerca de la ventana pensó que Pavese se había equivocado, no hay gestos, ¿para quién?, solo detalles prácticos que la preserven a una del fracaso, nada de ayudarse con las manos como al principio se había imaginado en el micro: de espaldas a la ventana tomando impulso hasta quedar sentada en el borde, para luego girar y. No. Existía el riesgo de que el envión fallase y ella tuviera que intentarlo otra vez, o peor, que al girar perdiera el equilibrio y un acto reflejo la llevase a manotear con desesperación el borde, caso en el que literalmente se caería con esa sensación de torpeza o de desgracia que da caerse, en la calle, o por una escalera, o desde una ventana. No. Una caída limpia como un vuelo. Con esas palabras lo había pensado en el micro y fue entonces que se preguntó si sería capaz de disfrutar de esa experiencia única y tan añorada desde la infancia, ella, que de tantas experiencias se había alimentado. Ahora no se preguntaba nada, solo cumplía disciplinadamente el plan. Dejó el banquito debajo de la ventana y se dispuso a llevar a cabo el último paso. El penúltimo, se corrigió con cierto humor. Pensó que, secretamente, una siempre confía en que alguna vez va a compartir con alguien sus chistes privados. Esta pequeña humorada no tenía destinatario.

Abrió el cuaderno cuadriculado. Luego de algunos teléfonos y recordatorios dio con una hoja en blanco. Gente querida, escribió con decisión. Dos puntos. Sintió una vaga sensación de zozobra. Acababa de darse cuenta de que, aun cuando siempre había tenido claro que el quinto paso sería una carta para aquellos a quienes su muerte podía importar, nunca se había planteado qué poner. Solo había concebido algo muy general, que a grandes trazos estaría destinado a que no se hicieran especulaciones raras con su muerte; a la vez, sería una pequeña atención para que no se sintieran demasiado perdidos, ¿quiénes?, ni siquiera tenía una idea muy clara de a quiénes se estaba dirigiendo. ¿Sobrinos, alumnos, los pocos amigos que quedaban de su generación?; era probable que cada uno la quisiera a su manera, y también que cada uno resolviera como mejor podía ese misterio que envuelve siempre a quien ha elegido su propia muerte. En cambio ella, esta vez, estaba del otro lado del misterio. Podía describir el momento preciso en el que supo, sin apelación, que ya no tenía ningún motivo para seguir viva. Porque siempre había sostenido que cada crujido en la noche, cada recuerdo, cada hombre que camina borrándose entre quienes lo rodean tenían un sentido oculto y en eso, en revelarlo para los otros, residía la justificación de su propia vida. Solo necesitaba tiempo y un papel o una pantalla o lo que venga sobre lo cual escribir. Eso había declarado alguna vez escrito con arrogancia. Pero en la terminal de Las Albricias se descubrió mirando idiotizada la hoja en blanco y las dos horas que tenía por delante no le produjeron otra cosa que terror. Fue en ese momento que, despiadadamente, la imagen de la vieja del vestuario se instaló ante ella, inmóvil, sentada en su cubículo, dejándose transcurrir sin el más leve indicio de vida. Ida la había estudiado con fascinación sábado tras sábado. ¿Cuántos años tenía ella entonces?, ¿veinticinco?, ¿treinta? No era dichosa, de eso se acordaba perfectamente. Todavía no había conocido al hombre que la avasallaría con su amor, no había terminado ni uno solo de los libros que en noches de insomnio soñaba con escribir, y le faltaban décadas para conocer a Renzo, quien había sabido curarla hasta tal punto de la desesperación que ella no se dio cuenta, o casi no le dolió cuando se dio cuenta de que en algún momento había dejado de experimentar esa vibración en la yema de los dedos que siempre había asociado al hambre de escribir. Nada vibraba --¿desde cuándo?-- porque se había esfumado en ella todo deseo de crear.

No era dichosa, lo recordaba muy bien, pero el deseo ardía en su cabeza y en su cuerpo. Y la convicción de que aun con el infortunio y con la soledad podría crear textos cargados de sentido la restañaba de toda soledad y de todo infortunio.

Fue desde esa suficiencia que Ida vigiló sin ninguna piedad a la vieja del vestuario. ¿Para qué vive? Eso se preguntaba sábado tras sábado observándola cada vez con más furia, como si la inmovilidad de la mujer sentada la amenazara de algún modo, incomprensible para ella. ¡Por qué no se mata de una buena vez! ¿Lo gritó? ¿Había sido tan demente, o tan soberbia, como para gritarle a la mujer esas palabras? ¿Tal vez se sentía Miguel Ángel golpeando la rodilla del Moisés? O había vislumbrado un avatar de su futuro en esa vieja sentada y quería desbaratarle de un solo golpe —como quien puede corregir el porvenir— aquel letargo que le parecía peor que la muerte. Fue en ese instante que, ante su estupor, la vieja se puso de pie. Examinó largamente a Ida desde un conocimiento que a ella le resultó incomprensible. ¡Imbécil!, gritó por fin, ¡tengo un volcán dentro de mí! ¿Eso dijo la vieja? ¿Realmente habían sucedido sus propias palabras y el grito de la mujer? A Ida le pareció entender que. ¿Qué? Se detuvo de pronto, muy agitada. Qué le estaba pasando. Sintió que vibraba, tironeada por frases que no acababan de cuajar, circulaba tanta vida dentro de ella que le hacía daño. Miró el papel, escrito con su letra despatarrada, se le cruzó que la mujer no debe gritar imbécil sino otra palabra aunque ella todavía no sabía cuál era. Ya la iba a encontrar. Tengo un volcán dentro de mí, canturreó una voz en su cabeza. Se rio. No: muy retórico, seguro que tendría que cambiarlo. Pero no ahora; estaba atravesada por varias indecisiones pero creía tener cierta idea de lo que quería hacer. Retrocedió hasta la página del encabezamiento y tachó con muchos trazos la expresión “Gente querida”. De reojo miró el banquito: ya tendría tiempo de llevarlo de nuevo a la cocina. Ahora, ebria de posibilidades, recorrió hacia adelante las hojas hasta encontrar las últimas palabras que había escrito. Lo hizo muy rápido. No quería correr el riesgo de que otra vez se le perdiera el hilo.


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