Cómo ser adolescente hoy en contextos religiosos

La doble moral

Gran parte de la marea feminista que agita por el aborto legal está compuesta por pibas. ¿Cómo es ser adolescente hoy si el dogma religioso aprieta las neuronas y no da la libertad de pensarse fuera de la monogamia, la reproducción obligatoria y el “para toda la vida”? Un grupo de chicas que recibe educación religiosa da su testimonio a Las12 sobre el entramado de relaciones que se tejen en las instituciones que no abrazan el pañuelo verde pero que también abortan o abusan sexualmente. Cómo es ser “la feminista” en grupos de chiques que no quieren ponerse el glitter de la revolución.  
Imagen: Jose Nico

Era una mañana fría de junio del 2018 cuando se trató el proyecto de ley por el aborto legal, seguro y gratuito en el Congreso. Milagros y Giuliana estaban con las caras llenas de glitter en los alrededores de la plaza, cantando las canciones que reclaman el derecho a decidir y desafían a las Iglesias que pretenden prohibirlo. Esperaban el resultado de la votación con la ansiedad propia de quienes entienden que lo que se discutía en la Cámara Baja podía cambiarles la vida.

En el colegio al que van las dos, todos los varones de su curso estaban en contra del proyecto y ellas habían discutido fuerte las últimas semanas. Unos metros más allá de las chicas que se agarraban fuerte de las manos, Majo estaba tapada con abrigo y cargada con la misma ansiedad y emoción. Era la única de su entorno social que se consideraba feminista.

Del otro lado del muro, de las vallas y las ideas, estaba Mercedes con los colores celestes, del brazo de su madre. Kilómetros más allá, en Córdoba, Catalina deseaba ir a la movilización y esperar en la vigilia, pero no pudo. Ella era la única a favor del proyecto en su Iglesia y procuraba no mencionarlo.

La lucha por el aborto legal y la marea feminista que la impuso logró colarse por todos los rincones. Ni los muros de los dogmas religiosos quedaron en pie, al contrario, están reblandecidos por la potencia de les adolescentes, que aun viviendo su espiritualidad no dejan de sentirse interpelades por el reclamo de otras formas de vida en las que el amor no es un mandato de reproducción y la sexualidad un pecado. Algunas se suman a la lucha, otras no. Ninguna queda indiferente.

ENTRE CLASES Y MANDATOS

A las siete de la mañana Giuliana se pone la pollera escocesa y las medias hasta la rodilla, el uniforme reglamentario. El pañuelo verde lo guarda antes de entrar, por si acaso. Camina las cuadras que separan su casa del colegio de curas del barrio de Recoleta al que asiste hace cinco años y donde sus padres la anotaron sin su consentimiento. “Iba a ir al Pellegrini y de repente tuve que tomar la comunión con un vestido blanco que me llegaba por la rodilla y aprender cantos y cosas que ni sabía y tampoco me interesaban” dice, con irritación, en la mesa de una cafetería. Mientras sus padres le compraban el vestidito de comunión, Giuliana se emborrachaba por primera vez con vodka y fernet; se daba los primeros besos e iba a bailar. Algo similar le pasó a Milagros, su mejor amiga, cuando su madre le contó que la anotaron en un colegio tradicional y religioso. Ya no asistiría más a un colegio laico y tenía que aprender los pecados capitales, entre tantas cosas más.

Majo iba al colegio Juan XXXIII, en San Isidro. A sus dieciséis, le dieron una charla de “sexualidad” en el colegio en la que primero dividían a mujeres y varones y a ellas les decían “tu virginidad es como una remera. A vos Dios te da esa remera y se la tenés que dar a alguien importante, porque sino, si se la das a alguien que no lo es y la mancha, por más que la laves ya no va a ser igual”. Ahora, con 22 años, cuenta que no tuvo una experiencia feliz en su colegio. Ella era la única que estaba a favor del aborto, que hablaba de machismo y defendía sus derechos. Una vez, sus compañeros (entre ellos un amigo) la manosearon en la clase. Cuando salió llorando a pedir ayuda a la directora, ella le dijo “sabe lo que pasa Freire: usted tiene que traer la pollera más larga”.

Tanto su colegio como el colegio Marín de San Isidro quedaron expuestos cuando se visibilizaron las denuncias de abuso del cura director del colegio, Cristian Gramlich, quien hasta la fecha sólo recibió como “castigo” la prohibición de ejercer el sacerdocio.

--¿Tenías conciencia de lo que estaba pasando?

--No, no la tenía. Yo siempre fui muy política. El feminismo me llegó tarde. En el colegio tenía que discutir cuestiones de clase, me peleaba con mis compañeros porque yo a los doce ya era de izquierda, los profesores se reían de mí. Yo me sentaba con los varones porque las chicas me trataban mal, yo era “la trola, la bardera”, por contestar y decir lo que pensaba. Yo siempre fui peronista, en mi familia se habla mucho de política.

--¿No había ningún tipo de enseñanza sobre sexualidad y cuidados?

--Nada, cero. Mi mamá desde chica me dio educación sexual, me enseñó sobre consentimiento y cuidados. En el colegio no daban ESI y siguen sin cumplir la ley. Cuando yo tenía seis años comenzaron los abusos en el colegio de parte del cura. Hoy hay más redes, organizaciones para accionar. En el colegio reproducían el status quo del silencio. Yo en las clases de catequesis levantaba la mano y decía “¿Por qué un pedófilo puede comulgar y mis papás que se separaron no?”

Un día, a Majo la llamó por teléfono una de las chicas que se llamaban “pro vidas” que le gritaba “puta” y “feminazi” en los pasillos. “Hola Majo, tanto tiempo. Mirá, quedé embarazada y te quería preguntar si me podés conseguir Misoprostol”, le dijo. Majo cuenta que le dio una sensación amarga, de bronca por la hipocresía, pero decidió ayudarla.

En el colegio de Giuliana y Milagros les dieron un libro que se llama “Saber Amar”, que hablaba de sexualidad desde el punto de vista religioso. “No hablaba nada de métodos anticonceptivos, sólo de ciclo menstrual y del uso del preservativo” dice Giuliana. “Los pibes de nuestra edad no saben ponerse un forro y están en quinto año”.

--Tampoco explicaron que es el consentimiento--suma Milagros.

--¿Y cómo aprendían?

-Con experiencia, entre nosotras nos pasábamos información o la buscábamos.

Además cuentan que tienen que estar firme cuando sus parejas sexuales no quieren ponerse preservativo, ya que recurren a la clásica excusa de pérdida de placer para no usarlo. Mientras las dos amigas descubrían los avatares de las relaciones y su propia individualidad, Catalina lidiaba con la suya y los efectos que su personalidad provocaba en la Iglesia.

LA HIJA DEL PASTOR

A Catalina siempre la conocieron como “la hija del pastor”. Ella nació y creció en el seno de una familia protestante de la rama metodista. Cuando tenía 16 años se anotó en un colegio pupilo de señoritas para salir de su entorno religioso.

Ella encontró que la lucha feminista reflejaba las cosas que ella defendía dentro de su entorno religioso. “En mi Iglesia no podés ni pintarte las uñas. No podés usar aritos. Si te ven con un chico de la mano o muy cerca uno del otro, los separan”, cuenta. A ella la señalaron cuando comenzó a diferenciarse de las costumbres y a estar en desacuerdo con las prohibiciones que planteaban. Su rutina siempre fue similar en su adolescencia: secundaria metodista, estudio de la biblia, culto de oración los martes y templo los sábados. A su Iglesia le costaba mantenerse a tono con los debates que comenzaban a tener lxs jóvenes de la congregación, que experimentaban cambios en sus cuerpos y en su sexualidad. “Prefieren no hablar de esos temas. Se predica la virginidad, pero no se habla abiertamente de sexualidad. Cuando tuve mi primera menstruación, mi mamá me explicó rápido qué era y el resto lo tuve que averiguar yo” dice Catalina.

En la televisión se hablaba de femicidios, de violencia de género, de desigualdad, pero en su entorno todo seguía igual. La supremacía del hombre sobre la mujer era una realidad tácita en la congregación; las mujeres se dedicaban a las tareas de cuidado y limpieza y los hombres a interpretar la Biblia. Las cosas no fueron muy distintas en el colegio pupilo. “Tenías que estar acostumbrada. Al principio era muy complicado que te controlen, estar lejos de tu familia, pero sobrevivís”, cuenta.

--¿Tenías pareja en ese momento?

-Novio no llegué a tener, pero sí tuve onda con chicos. En el internado si querías salir a darte un beso tenías que esconderte detrás de los árboles. Ese lugar tenía un terreno muy amplio. Nosotras teníamos horarios para todo, terminábamos de cenar a las siete de la tarde, cuando ya estaba medio oscuro, y era como encontrarse en un punto o esconderte atrás de un árbol y hacer lo que puedas.

- ¿Vivías con culpa tu sexualidad?

-Con culpa, sí. Por ejemplo, estamos con mi novio y queremos hacer algo y me viene la culpa de que no puedo hacer esto porque Dios me está mirando. Ahora en mi facultad no es tan así, tengo que estar a las 22:30 en el hogar del campus. Pero si estás con tu novio y hay mucho afecto físico, toman alguna medida.

De niñas se inculcaba el valor ancestral de la virginidad; los mitos de la puta y la virginal, la buena y la mala. Para Catalina, la virginidad era un mandato que se le inculcó de niña y que continúa sosteniendo, aunque cuesta. “Es difícil. Tenés la presión de mi religión y te pesa. La gente se entera y te miran mal, te pueden hasta echar de la iglesia”, explica.

DEL OTRO LADO

Mercedes tiene 25 años. Es egresada de la Universidad Católica Argentina; fue alumna ejemplar en el colegio Buen Ayre de San Isidro. Tiene nueve hermanos y hermanas y cree en Dios. Los domingos va a misa con sus padres y reza todas las noches. Tiene seis hermanos y cuatro hermanas. Su madre estaba a cargo de las tareas de cuidado y crianza y a partir del cuarto hijo dejó su trabajo como enfermera. Cuando Mercedes tenía once años, su madre la sacó del colegio a la hora del almuerzo para explicarle los cambios en su cuerpo, hablarle de menstruación y de cuidados. “Mis amigas le preguntaban a mi mamá de esas cosas. Ella era enfermera, se dedicó mucho tiempo a enseñar a las mujeres a reconocer la fertilidad de su ciclo; yo de hecho descubrí un problema hormonal que tenía gracias a eso”. En el colegio de Mercedes se daban unos talleres anuales que se llamaban “Protege tu corazón”. Se les notificaba a todos los padres y se les recomendaba hablar con sus hijos del tema ya que regresarían con preguntas. Eso sí: si no estaban de acuerdo con que sus hijos tengan ese taller, podían no participar. En el taller se hablaba de respeto, de afectividad, pero no de métodos anticonceptivos. Era un espacio más para hablar de relaciones.

--El consentimiento y el respeto lo dábamos por sabido. A mí nunca nadie tuvo que venir a decirme “che, que un chico te toque el culo está mal”. Los métodos anticonceptivos los vimos cuando estábamos terminando el colegio, aprendimos cómo funciona cada uno y sus efectos secundarios. Sí tuvimos un taller en la clase de biología.

- ¿Estás a favor de la ESI?

- No, pero porque creo en la libertad de enseñanza. Me parece fuerte que el Estado te obligue qué se les enseña a tus hijos. Mirá si mañana cambia el gobierno y te obliga a vos qué educación darle. Además, hoy existe Google, también lo pueden buscar. La mejor manera de dar educación sexual es dando mejor educación en un nivel mucho más básico. Uno de cada cuatro argentinos que termina la secundaria no comprende textos, entonces, ¿cómo les vas a enseñar cómo funciona su cuerpo? Para mí la sexualidad no es solamente información, información puede abundar, pero al final del día estás hablando de valores. A veces siento que lo hablamos con tanta liviandad que perdemos el foco. La verdad que a nadie le parece muy bueno que una chica de 15 años esté iniciándose sexualmente cuando lo que tiene que hacer es terminar el colegio.

Desde un primer momento, Milagros y Giuliana se sintieron marginadas. Su ideología política no coincidía con las de sus compañeros: ellas hablaban de política, de marginalidad y no encontraban espacio para el debate. Durante la misa, ellas se quedan calladas. No cantan ni rezan. Durante una clase de Catequesis, mientras discutían sobre el aborto, el profesor dijo que no era tan importante legalizarlo, y agregó: “hay más mujeres que se mueren por operaciones estéticas”. Giuliana cuenta que en clase siempre discuten con sus compañerxs, que se envalentonan y el debate es intenso. Sus compañeros varones están en contra del aborto y les dicen que cierren las piernas. Algunos cambiaron de opinión luego de que ambas hayan dado una fuerte discusión. Tuvieron un profesor de sociología que les hacía leer el diario, abría debates y les hacía pensar distintos temas desde una perspectiva diferente. “Él era la nafta y nosotros el fuego. Pero no duró mucho en su cargo”, dice.

Milagros está en quinto año. Es abiertamente bisexual y se lo comunicó a su familia. Pero aún así, se le complica en un colegio religioso donde el conservadurismo y la homofobia persisten.

“Tenemos un compañero gay pero que nunca lo va a decir. A mí quizás me miran mal pero no me importa. Mi familia lo sabe, mi mamá lo acepta. No es problema de mis compañerxs lo que hago en la cama, ni lo hablo con el resto. La información sobre sexo que nos dieron era súper heteronormativa. Yo no sabía que con las mujeres te tenés que cuidar con un campo de látex y ahora lo sé, aunque no sé cómo se pone”.

Catalina vio de primera mano cómo los mandatos de su religión alejaron a sus amigues. “Tengo una amiga lesbiana, otra bisexual y un amigue queer. Eran metodistas, mi amigue queer dejó de creer en Dios porque decía que, si ya no creía en Dios, su sexualidad no era pecado. Mis tres amigues dejaron de ser protestantes. Si yo fuese lesbiana o bisexual mi papá podría perder su trabajo como pastor”, cuenta.

SOBRE EL FEMINISMO

Tanto Giuliana y Milagros leen sobre feminismo y datos sobre el aborto legal. Leen sobre todo a través de las redes sociales. Ellas empezaron a incursionar en la lectura feminista en 2017. Antes, pensaban muy distinto. “Yo en 2016 era provida. Me enteré qué era el aborto y en el 2017 empecé a informarme más y reafirmé mi postura a favor” dice Milagros.

Mercedes, en cambio, dice no sentirse representada por el feminismo: “No me siento identificada porque engloba muchas cosas que yo no creo. No estoy de acuerdo con el aborto y el feminismo está super ligado a ese tema. Además, cuando a mí me hablan de patriarcado yo no veo que ni mi papá ni mis hermanos me opriman. No te digo que no exista violencia, pero la violencia está en todas partes y está mal en sí. Sí me parece genial cuando en la televisión se deja de cosificar a la mujer como si fuera un objeto sexual.

--¿Cómo viviste el debate por la legalización de aborto?

--Me dio alivio que no se haya aprobado el proyecto, pero me dejó una sensación amarga de que estuvimos con una grieta. El presidente lo puso como “demos este debate para no hablar del tema económico”. No avanzamos en nada porque no hicimos nada mejor. No salió la ley y me pone muy contenta de que muchos chicos no van a morir en un hospital público pago con impuestos, pero no hicimos nada para mejorar la salud de la mujer.

--¿Qué opinas del aborto por causales?

--Mirá, en el caso de riesgo de muerte materna te cuento que mi hermana estuvo en esa situación. Estaba embarazada y en el tercer mes se le descubrió un quiste y tenía cáncer de mama. Ella tuvo unos médicos que desde el primer día le dijeron “estamos para cuidar a los dos” y gracias a Dios existe mucha medicina para cuidar a los dos.

--¿Y en el caso de una violación? Ejemplo, el caso de Salta (la niña que fue abusada y se le negó el derecho a una interrupción legal del embarazo).

--Sé que es una causal complicada. Nunca estuve en ese lugar. Trato de empatizar con la víctima, pero no puedo dejar de pensar que también son dos corazones que están latiendo y en ese sentido no puedo hacer oídos sordos a eso.

Es febrero y Catalina sigue sus estudios en la universidad protestante a la que asiste. Espera recibirse e irse del país. Quiere estudiar diseño y poder vivir más libre. Aún no decide si irse o no de la Iglesia, pero ella y su novio lo están pensando seriamente.

Majo es estudiante de derecho en la UBA, es feminista y militante peronista. Se la puede encontrar en las marchas y en las luchas, siempre con convicción.

Milagros y Giuliana ya terminaron el colegio. Les queda vivir nuevas etapas, conocerse y conocer. Siguen yendo a las marchas y siendo feministas. rituales del fin de una etapa. Ambas saben que quieren hacer después. Milagros quiere ser astróloga y actriz. Giuliana quiere estudiar ciencias políticas en la UBA. “Faltan mujeres en la política”, dice y sonríe. 

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