LECTURAS

Lo lejos es una idea que no está

1

Entré sin temor por la puerta principal porque era lo acordado. La casa estaba en obras y había una delgada capa de polvo en la superficie del piso. La luz del baño permanecía encendida y debí guiarme por las huellas que pasaban por delante del sillón cubierto con una sábana. La línea de luz parecía el camino cuando la tarde ya era noche y no había sonidos en la casa. Mi orientación consistía en seguir las marcas de los pies descalzos hasta una pequeña habitación aislada del desorden de los pintores. Todo era elegante con galerías rodeadas de columnas coloniales blancas y rugosas, engordadas en su mitad, que nacían de cerámicos frescos. Un parque no muy extenso rodeaba y en él una pileta de natación se oscurecía en la tarde tormentosa. Macetones con abigarradas colas de zorro violetas y blancas entrecruzaban lo más simple de cualquier serranía con la plata lustrada y el bacará de las vitrinas. Todo era relumbre en medio de cada relámpago por ahora silencioso y por lo tanto distante. Un amarillo -naranja y rojo- se colaba antes de la cerrazón desde un rayo de luz por entre los nubarrones, directo contra la tarde voluptuosa de tormenta y su olor a tierra mojada y a viento frío.

La casa parecía el dibujo de un arquitecto todavía desplegado sobre el tablero.

Comienzo de nuevo

Capítulo 1

La casa adquirió un color amarillento de infancia y también de disolución. La cobardía se hacía presente en el ligero temblor de las hojas de los árboles antes de la tormenta y crecía la vaguedad en los objetos cuando el viento del sur, como una lengua atrapadora, arrastraba y sacudía lleno de fuerza.

Capítulo 1. (Otra vez)

Yo amaba la ciudad pero tenía problemas. La forma de hablar de sus habitantes me producía una confusión en el entendimiento de cómo eran las cosas que obnubilaba mi conciencia. Nunca podía saber cuando era cierto lo que se decía y cuando era broma. Optaba forzadamente por la broma. Era probable que la realidad no existiese. Lo real era lo que yo sentía y lo que estaba ahí, no mucho mas. Cosas comunes como el acento cordobés, su modulación, su musicalidad. Resultaba un pegote bastante torpe con lo risueño. La hilaridad. La anestesia. También el miedo. Una especie de protóxido de nitrógeno del habla. Bueno, yo chocaba contra eso. Sentía temor, me daba risa y a la vez algo de dolor por no poder aceptar la expresa invitación a la pertenencia de aquella forma. En fin, algo irresuelto.

Con el pelo apenas húmedo, de espaldas, se quitó la salida de baño y al girar me miró con aquella mirada de siempre y en medio de una sonrisa se recostó en la cama tomando el cinto casi sedoso y colmada de decisiones me dejó besarla hasta adentro de los límites de la boca y seguí, seguí por su cuerpo llenándolo de brillo. La noche comenzaba a hacerse alta y el frente de tormenta daba una línea oscura y neta que no podía verse. Cuando los árboles resollaban me deslicé hasta la entrepierna que se ofrecía fresca como la lluvia que acurrucaba todas las cosas. El agotamiento de las sensaciones humanas dejaba un lugar para el sentimiento que se desasía en ayes y contorciones inequívocas para que alguien que proviniera del fondo de la historia no dudara y supiera de qué se trataba. La tormenta, sus relámpagos, iluminaban y reflejaban el placer con nitidez. Las ventanas se sacudían por el viento y algún sonido de puerta o postigo despertaba la inquietud que se apagaba de inmediato debajo o arriba de las sábanas. Luego de un tiempo, ese tiempo difícil de medir y que tal vez encarnaba aunque no lo fuese, el presente, permití que subiera a mi cintura montándome para tomar indudable y con fuerza, en medio del movimiento apretado y hondo, hondo como el fondo del mar y apretado por la fuerza de sus muslos, el cinto, el cinturón de la salida de baño que con sus manos lo pasó por debajo de mi cuello y comenzó a ceñirlo de a poco. La fuerza se desplegó potente como su mirada que, entre el abrir y cerrar, en medio del placer en el que aparecían y desaparecían los ojos, dejaban ver apenas su malicia. Sin embargo Ella era la que me quería, yo lo podía sentir en medio de la confusión que iba dejando sólo el instinto de lo que se agitaba entre las piernas. Lo satinado de la tela favorecía el ahogo cuando algo se fragmentaba en su pelvis y llegaba hasta lo máximo. Borrosamente comencé a sentir que entre galopar y volar existía algo parecido a la nada y al todo. El aire solo era viento y la distancia una armonía que no separaba sino que unía los extremos de la felicidad. Galopar era caminar sobre el agua, era saltar de estrella en estrella y no sentir el sobresalto, el galope era la comunión con el alma del caballo, con su carácter, con su historia más secreta, con su armonía. Era un archivo que se transmitía a la entrepierna y penetraba a lo salvaje por lo cifrado y por lo más suave, allí adonde estaba exactamente. Constituía un lenguaje ancestral y limítrofe con lo centáurico que confundía y tendía al agotamiento de la conciencia. Galopar era oír el sonido de la tierra hecha bombo, de la tierra caja, del planeta hecho música. Galopar era moverse en sincronía, era resonar en movimiento, era soltar los puntos de apoyo y dejarlos en medio de la animalidad. Era dejarse ir para siempre y caminar como un dios. Era evitar el dolor. Era una de las formas de la perfección. Era el deseo inevitable de avanzar hacia la luz y de formar parte de ella. Galopar, así, era amar y morir al mismo tiempo.

2

Un caballo de río que para protegerse del sol transpira sangre será – de hecho lo es - un hipopótamo. Tal vez muchas cosas más, pero innecesarias para este caso.

La brisa que moverá las hojas de los ginko bilobas en las sierras de Córdoba – alguien se ocupó de hacerlos crecer, cuatro o cinco, al costado del río- así como la quietud que se desplomará con el sol de la siesta sobre esas mismas hojas tendrán causas imperceptibles o casi imperceptibles. Lo que uno hará o dejará de hacer en relación con los hipopótamos y los árboles se convertirá también en imperceptible si es atravesado por el tiempo. Sin embargo hay un límite técnico. No se puede capturar todo aunque le imprimamos la máxima velocidad, el tiempo se escapará transformado en un Dios inalcanzable y nos quedaremos solamente con fragmentos de la realidad. Estamos atrapados y no sabemos que no vemos. No vemos dos veces, una ceguera por cada ojo y una ceguera de la intención y otra de la posibilidad. Deberíamos comprender que una doble negación puede generar una afirmación aunque no nos guste.

La brisa moverá las hojas y lo imperceptible nos hará sospechar de la penumbra. Detrás de una realidad hay otra realidad que no se deja ver. Romper la primera nos dejaría ante lo incomprensible y la locura. Lo sé, esa segunda realidad necesita de la construcción de una segunda conciencia. Buscar detrás de lo visible es un riesgo, podríamos hallarnos a nosotros mismos mirando la misma oscuridad desde el otro lado. ¡La doble negación! Es una tarea difícil y requiere de una extraña valentía. Hay que entrar en lo imperceptible.

3

Esta es una historia que se contará a través de una filmación. Una película. Porque lo que se escriba en la máquina y que después pase al papel, simplemente, se transformará en una secuencia de imágenes para la percepción del lector. ¿A qué demorarse? Aparecerán y desaparecerán visiones dominando la cosa y después todo se irá disolviendo con el tiempo y reduciendo a ideas hechas fotografías o fotogramas. Las imágenes se alejarán y se pondrán amarillentas. O tal vez debido al tiempo transcurrido nacerán amarillentas, en fin. Las cosas que se contarán pertenecerán al pasado. Un pasado que se estirará hasta este presente y no querrá dejarlo ir.

Uno podrá ver o mirar. Si uno ve, verá lo que se halle adelante de los ojos. Si mira, todo pasará por la imaginación y por el tamiz del cerebro. Uno, por ejemplo, verá perros en la vereda pero mirará hipopótamos.

La impureza del pensamiento, la pesadez verdadera o falsa de la imagen y la belleza de un recuerdo o de una palabra transcurrirán naturalmente. La gente en esta historia verá perros, vale insistir, pero siempre estará mirando hipopótamos.

La película tendrá color amarillo y habrá, lo sabemos, ginkos bilobas a los costados del río.

Habrá un río, un río pequeño de las sierras.

Ese amarillo otorgará un espacio, una ventaja. Conseguirá adelantarse al azul del conocimiento. Con un simple y vago amarillo, al menos en el inicio, obtendré la delantera porque parece mejor entrar en esta realidad por el costado de su derrumbe.

Se desarrollará también, como algo necesario, una tormenta que avanzará desde el sur.

Una película, lo sospecho seriamente, no podrá ser viable de esta manera, o sí, pero irreal y la propuesta será criticada por mis ayudantes – no lo había dicho pero he de conseguir ayudantes- y eso, posiblemente, me hará perder dominio de la situación. Un director no puede hacer lo que se le antoja. Debe tener razones que se sostengan por sí mismas. Por ejemplo, la iluminación que deberá estar dominada por la vaguedad.

Yo seré el director.

La cuarta pared en el cine está según desde donde enfoque la cámara, esto está claro. En el teatro siempre ahí adelante, en el público sentado. Bien, como director debo forzar un corrimiento de esa cuarta pared hasta el fondo, hasta la espalda del último espectador. Quiero llevar adelante una especie de secuestro o deglución de las voluntades pasivas para involucrarlas en la acción sin miramientos. En realidad creo que resultará un alivio para los que estén mirando porque tendrán la excusa de que “involuntariamente” se vieron compelidos a participar. El miedo seguirá haciendo estragos, sin embargo la cooperación victimizada debería crecer.

La escena principal ocurrirá al comienzo de la noche y la noche, en su inicio, lucirá zonas poco definidas que me permitirán otorgar cualidades a los colores que en realidad no les serán propias.

La tormenta se acercará lentamente.

Ella galopará al final de la tarde rumbo al río adonde refrescará el caballo. Con sus manos mojará el animal y después caminará hacia la casa cuando la noche entre los árboles agrande su silencio. El silencio de Ella y el silencio del animal metiéndose en la oscuridad de la arboleda proveerán la quietud compensatoria, necesaria, del galope.

Ella será la del galope.

La infancia -la sensación de infancia- que producirá el amarillo del ginko biloba en el otoño, al costado del río, deberá provocar deducciones sobre la belleza de un pasado luminoso pero también sobre su disolución y la cobardía. (esta idea tendrá que sobrevolar, indefectiblemente, la atmósfera de lo que se filme).

Fragmento del libro Hipopótamos.

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