Pan-de-mia (una zapada)

CORO 1. Bea: Van a pasar de moda las mesas grandes, las vajillas cuantiosas, la pizza, las picadas para compartir, los asados, las botellas de litro, la palabra “familiar” (excepto en el noroeste argentino, donde seguirá designando a cierto ente sobrenatural); van a pasar de moda los vernissages, las bodas, los bautismos, los partidos, las manifestaciones, las protestas, los recitales, las obras de teatro, los colectivos en todo sentido, los ómnibus, las rutas, las manadas, las hordas. Van a seguir existiendo los cardúmenes, los enjambres, los racimos, las legiones, las constelaciones y el sistema solar.

Y los virus.

Me cuenta A. desde la Bahía de San Francisco, quizá desde alguna de las locaciones de Vértigo, que caminó por el Golden Gate Bridge cantando, caminando y cantando, como nunca antes; yo le digo que mis padres estuvieron ahí conmigo en el vientre de mi madre y que ‘gate’ significa portal. "El puente es un imán, cuando pasás por ahí algo cambia", me escribe. "Es transición, movimiento, desplazamiento... no depende de nosotros, nos traspasa, nos sucede, somos antenas. Cada uno transita sus caminos. La vida es esto, lo otro es ilusión. Capaz que la gente ahora se empieza a dar cuenta".

CORO 2. Adriana: Era la noche y entonces llegó la noticia que las escuelas no volverían a abrirse, que la pandemia y el miedo seguirían hasta principios de septiembre.

Recordé la sensación en las manos del trapo de piso, estrujado. El agua tibia chorreando en el piso limpio, las manos mojadas de líquido. Esa sensación de no acabar nunca y el cansancio que daba limpiar un piso. Añoranzas de vivir en un país tapizado por alfombras.

Tuve miedo. Busqué en las estampitas, en la fe, pero nada me sirvió. Entonces me fui a dormir, angustiada, con el pecho estrujado como un trapo de piso. Estiré el cuerpo. Traté de encontrar una cómoda posición para tolerar el insomnio y así me dormí.

Era ya otro día, cuando la sensación blanca y transparente me susurraba todavía al oído algo tan parecido a una música leve hecha con palabras. Indescifrables, impronunciables, pero era una charla amable y placentera que había venido a cubrirnos la intemperie. La voz de un hombre al que jamás conocí personalmente y que partió de este mundo hace ya un tiempo. Nunca estreché su mano, pero lo miraba como una esperanza. Eran años oscuros y él había abierto la librería más bella que tuvo mi ciudad al fondo de una galería que yo evitaba pisar de chica. Pensaba que allí habían asesinado al chico Blanco en el Rosariazo.

Salí de la cama envuelta en una gasa de sueño, una prolongación de magia. Todo el misterio podría haberse disipado al segundo sorbo de café sino hubiera sido porque una mujer, la mujer que ama a este hombre y lo cuida en la tierra, publicó en su muro virtual La niña que iluminó la noche de Ray Bradbury. Entonces vi, como en arco iris, el puente de las energías. La construcción de lo invisible.

Un mediodía la conocí en su casa, amable y generosa. Las reproducciones de los grabados de su padre volvieron conmigo de ese viaje.

Ahora el mundo ha parado. Hay miedo, incertidumbre.

Hemos vivido el amor, lo hemos conocido. Reaparece ahora en formas diferentes. Este hombre, que amaba a Coltrane y pudo descifrar la tristeza infinita de un muchacho asustado, sigue descifrando almas y protegiendo.

La tierra para. Las geografías humanas se desprenden como gajos, arrancados y dulces. Una savia blanca, sabia, como la leche fresca chorreando de la lengua rosada de un ternero, nos dibuja algo en los rostros. Creemos que son lágrimas sabiendo que ya nos hemos olvidado de llorar.

Hoy comienza otro día más de algo que no sabemos a dónde nos lleva porque nos ha cambiado la idea de futuro, de planes, de proyectos. Las rutinas quedaron alteradas y nuestra humildad y pequeñez al descubierto.

Yo recuerdo que ella me dijo en ese mediodía: “con él aprendí a mirar cine, a leer de otra manera”.

Entonces lo veo junto a ella, con un whisky en la mano, deslizando su mano por un libro, escuchando a Coltrane, desde la revolución de su monasterio.

El mar pasa por el costado del camino. Camino y de mi boca sale una modulación sonora que eleva el aire y se acopla al vuelo de una gaviota. Todavía estamos permitidos, los unos a los otros a seis pies de distancia.

CORO 3. Bea: Mi amiga E., mi compañera de casa, come de la limosna. Con sus más de 65 años, camina todos los días hasta lo de las monjas que le regalan una comida nutritiva y rica para su almuerzo, que calienta en casa en un tostador que le compré. Desde hace días, E. está aterrorizada por la posibilidad de una cuarentena total, que significaría para ella la muerte por inanición o bien ser detenida o devenir víctima de violencia armada estatal por buscar comida, como los alemanes y los aliados en el bombardeo de Dresde. Hoy le pedí que apagara la radio porque me ponían nerviosa las malas noticias. No quería oír más sobre los montones de cadáveres insepultables en Italia, como en los tiempos de la Peste Negra que evoca una película con magnífico humor de ese mismo color: El séptimo sello, de Ingmar Bergman, cuyo protagonista de lujo, Max Von Sydow, acaba de ponerse a bailar la danza macabra posta, justo en la víspera de tal repetición. Los antiguos gnósticos, a los cuales perteneció Philip K. Dick en su vida anterior como Tomás el evangelista apócrifo, decían que este mundo visible al que llamamos real es en realidad un estereoma, hoy diríamos un holograma o realidad virtual. Venía yo caminando alegremente al sol, pensando en esas cosas, negándoles a los esbirros del demiurgo el alimento de mi miedo, y llego y la encuentro a E. temblando de miedo en su remera azul que usó todo el verano, ese cuerpo chiquito que hoy no me animo a abrazar. Subo a mi propia parte de la casa y no va que me entra al guasáp la noticia falsa de la cuarentena total. Me la creo, se la cuento a Emilia, ella se desespera, me contagia el virus de su terror y empiezo a temblar yo. ¿Cuál es el peor escenario? Me imagino en cana por dromómana, por adicta a mis propios pasos, por no poder evitar salir a caminar al sol. Me imagino midiendo la celda oscura con mis pasos o intentando sestear en el duro lecho de cemento. Me entra otra noticia, la noticia de que la otra noticia era falsa. E. ya salió a buscar su comida y yo no paro de temblar. Tengo que calmarme. Salgo al jardín y me tomo un vaso de licor de mandarina al sol. Me dice mi sobrino por el guasáp que esa sola frase ya lo relaja. Salgo al sol del jardín que cultivé y me tomo en un vaso que me regaló mi madre lo último de licor de mandarina que compré en el Trocadero del Mercado Solidario dos inviernos atrás, cuando ella y mi gato estaban vivos. Lo bebo como agua mientras miro las flores del malvón, rojas, resplandeciendo al sol, mientras oigo enfrente cantar a los vecinos buenos, una pareja de más de 60 años, pintora ella, él con una voz profunda, en un dueto a capella: "No me arrepiento de este amor/ aunque me cueste el corazón/ amar es un milagro y yo te amé/ como nunca jamás lo imaginé. / Tiendo a arrancarme de tu piel/ de tu recuerdo de tu ayer/ yo siento que la vida se nos va/ y que el día de hoy no volverá".

Me tranquilizo, busco el teléfono, hago un video de mierda y lo borro, no sé cómo decirles cuánto los quiero, y pienso en los vecinos malos, ¿dónde estarán? Seguramente encerrados con sus provisiones en su paranoia. Aun sin ellos a la vista, los esbirros del demiurgo lo lograron de nuevo: obtuvieron el alimento de mi miedo. Vuelve E. con su comida y le digo que era una noticia falsa, que era todo mentira, que vamos a estar bien.

GRAND FINALE. Adriana: El amor es ese misterio que se teje en el mundo para cuidar.

Es bueno tener otro lugar a dónde ir.

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