Un punto de encuentro para jóvenes que solo tenían pocas cosas en común: eran hijos e hijas de desaparecides, presos políticos y exiliados de la última dictadura y estaban enojados. Una lucha encadenada a sus viejes, a las Madres y Abuelas, pero también a la de familiares de víctimas de violencia institucional y, luego, a toda aquella que implicara ampliar derechos. Una nueva manera de manifestarse, con la denuncia como meta y con el arte como herramienta. Un canal de difusión. Una conducta de construcción colectiva. Una bandera para siempre. Eso fue y es Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, a lo largo de una historia que, a 25 años de su surgimiento, siguen escribiendo.

Sí. 25 años cumple H.I.J.O.S. este martes. 25 años pasaron de aquel campamento en Río Ceballos, Córdoba, en el que confluyeron unos cuantos hijos e hijas de militantes secuestrados, torturados, desaparecidos y sobrevivientes exiliados durante la última dictadura cívico militar y encontraron allí, en esa confluencia un espacio donde convertir sus historias individuales en una colectiva. “Allí pudimos colectivizar nuestra hijitud”, definió Claudia Bellingeri, de H.I.J.O.S. La Plata. Eva Arroyo fue la única miembro fundadora de H.I.J.O.S Jujuy que pudo viajar a ese encuentro. Pensaba encontrar allí a su hermana, Sofía, que a su vez empujaba H.I.J.O.S La Plata, pero ésta se perdió. “Se bajó en Carlos Paz. Fue hasta la oficina de Turismo para que le indicaran, si sabían, en dónde sería el campamento. Allí se enteró de que en la provincia circulaba un telegrama que advertía la “reunión de hijos de subversivos”.

Los jóvenes irreverentes

Un puñado de jóvenes que apenas sobrepasaban los 20 años confluyeron en un grito que resonó en el silencio de la impunidad noventosa, con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final implantadas por el alfonsinismo y los indultos de Carlos Menem. Y se sumaron a la lucha de memoria, verdad y justicia que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo habían tejido por décadas junto a los Familiares y a otros organismos como la APDH y la Liga Argentina por los Derechos Humanos.

“En lo individual, para muchos de nosotros no era una lucha nueva. Muchos acompañábamos a nuestras abuelas en su marcha así que era una lucha muy conocida, internalizada, propia. Pero al conformar H.I.J.O.S sabíamos que teníamos que aportar nuestra impronta particular y colectiva”, señaló Alejandra Santucho, que fundó la regional de Bahía Blanca con la que se sumó a la red nacional en 1996. Para Carlos Pisoni, que integra la regional Capital Federal desde hace 24 años de manera ininterrumpida, la agrupación aportó “una continuidad a ese movimiento que fundaron nuestras Madres y Abuelas”, pero también “nuevas prácticas”. “Trajo otro ritmo, más irreverente, más combativo tal vez --sumó Juane Basso--. Salir a la calle de nuevo en medio del sistema de impunidad instalado, con representaciones teatrales, murga, música, pintadas, mucho ruido contra el silencio, a escrachar a genocidas que andaban sueltos”. Él se integró a H.I.J.O.S Rosario, una de las regionales que parió la organización a nivel nacional en aquel campamento en las sierras cordobesas, unos meses después de aquel encuentro, en octubre del 95.

“Éramos la generación que le siguió a la de los desaparecides. Pero no se trataba de un pase de bandera”, puntualizó Julia Albarracín, de H.I.J.O.S Tucumán, que nació un año antes que la red nacional, en 1994 y la integró desde sus comienzos. Elia Fernández, de la regional de Salta, amplió: “H.I.J.O.S trajo a la lucha por los derechos humanos una mirada de reivindicación de la memoria de nuestros viejos. No nos bastaba saber que habían sido víctimas del terrorismo de Estado. Queríamos saber quiénes habían sido, por qué los habían desaparecido o asesinado, dónde habían militado, por qué luchaban”. “Las Madres y las Abuelas exigían que aparecieran los desaparecides con vida, pedían una explicación. Los H.I.J.O.S pedíamos juicio y castigo a los culpables”, concluyó.

Así, el surgimiento de la agrupación también significó un salto de la lucha de los derechos humanos hacia lo político. “Junto a las Madres y a las Abuelas, salimos a disputar políticamente los forjados ‘no te metás’, el ‘por algo será’, el ‘algo habrán hecho’”, argumentos que hasta entonces habían habilitado justificaciones a los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura cívico militar, remarcó María Cecilia Melián, de H.I.J.O.S Santiago del Estero. Arroyo remarcó el vínculo que “desde sus inicios” la agrupación tuvo con lo político. “Las discusiones que teníamos le aportaron una dinámica de organización de derechos humanos, no de organismo, una que se vinculaba más con esa generación de nuestros madres y padres. Arrastrábamos el deseo de aquel proyecto político de ellos cuando nos empezamos a juntar”, sostuvo.

A través de los H.I.J.O.S, el movimiento de derechos humanos comenzó a hablarle a la juventud “para la que se convirtió en una organización de referencia”, marcaron desde la regional Córdoba, integrada desde sus comienzos por María José Loto y Silvia Di Toffino, hijas de militantes desaparecidos, pero también por Martina Novillo, cuyos padres son ex presos políticos o Juan Dyzenchauz, que se sumó en 2015, poco después de la sentencia por los crímenes de la megacausa La Perla-Ribera-D2.

La esencia viva

En esa diversidad radica, según Pisoni, la “esencia viva” de la agrupación. “No somos algo estático, hay integrantes que pasaron por aquí un tiempo y se fueron, otros que se sumaron mucho después y algunos que permanecen desde sus comienzos. Con gente nueva, y sobre todo con una coyuntura política que cambió, se va reconfigurando”.

Si durante su surgimiento, el objetivo principal de H.I.J.O.S fue el “juicio y castigo” a los culpables del genocidio de la última dictadura reconfigurado en “si no hay justicia, que haya escrache” ante la imposibilidad de avanzar a nivel judicial, la nulidad de las leyes de impunidad lo cambió todo. La mayoría de les referentes coinciden en que llegada de los juicios marcó un punto de inflexión en las dinámicas de participación y organización militante hacia el interior de la agrupación. “Las organizaciones en las provincias se abocaron a ellos generando estrategias para su desarrollo tanto legales como operativas”, apuntó Albarracín, de Tucumán.

Así, a las tareas para que haya condena social a los genocidas, para que los ex centros clandestinos sean convertidos en sitios de memoria, para encontrar a les hermanes que apropiados durante la última dictadura y para que se conozca la historia de les desaparecides y de las agrupaciones políticas en las que militaron, les hijes se pusieron a estudiar abogacía, pero también comunicación. Como dice Basso, desde Rosario, el objetivo fue trabajar para que los juicios “no quedaran encerrados en cuatro paredes, para que sean verdaderamente públicos, para que sean hechos políticos y sociales”. Es que “la condena legal avanzaba, pero a la social había que seguir trabajándola”. En ese marco, resulta “especialmente importante que desde las escuelas se pueda asistir a los juicios, a los espacios de memoria”.

Políticas de Memoria, Verdad y Justicia

De todo, no obstante, lo fundamental fue la transformación de la lucha del movimiento de derechos humanos en políticas de Estado. Un cuarto de siglo en el que pasaron de gobiernos indiferentes a la lucha a “Néstor, Cristina y ahora Alberto, gobiernos que levantan nuestras banderas”, reflexionó Pisoni. Para la platense Bellingeri fue la “llegada de Néstor Kirchner y el pedido de perdón a las víctimas” durante la recuperación de la Esma y su entrega a los organismos de derechos humanos, así como la nulidad de las leyes de impunidad, el momento de reconfiguración de la agrupación. “La instalación de un nuevo paradigma”, sostuvo. El kirchnerismo fue, en un sentido amplio, el gobierno de los derechos humanos: hubo recuperación de ex centros clandestinos, reconocimiento a las víctimas, juicio y castigo, pero también militancia de los movimientos que pasó a trabajar en el Estado. “Eso también marca una reconfiguración. Porque cuando nacimos no planificamos cómo gestionar el Estado. Y hay compañeros haciéndolo desde el poder Legislativo y el Ejecutivo”. El ex integrante de H.I.J.O.S Eduardo De Pedro fue diputado durante el gobierno de Cristina Kirchner por el Frente para la Victoria, ocupó la Secretaría de la Presidencia durante el último año de ese Gobierno y hoy es ministro del Interior. 


Los escraches

Desde H.I.J.O.S Córdoba recuerdan que la primera vez que la agrupación se pronuncia públicamente fue en el año de su nacimiento “mediante una carta a la sociedad argentina” en la que se vincula “la historia personal con la historia colectiva de nuestro país. Dijimos hace 25 años ‘esto no nos pasó solo a nosotros/as, la sociedad argentina se debe hacer cargo de su historia’.

Luego vino la primera marcha, el 24 de marzo de 1996, justo a 20 años del golpe. Desde entonces, la bandera con las siglas en negro y sombra roja nunca falta en la manifestación anula en conmemoración de los 30 mil desaparecidos. Sin embargo, los hijos e hijas no se habían agrupado para marchar una vez al año nada más. “Éramos una agrupación de jóvenes rebeldes que surgió de manera disruptiva, contestataria. Todo lo que teníamos callado lo escupimos”, resumió Pisoni.

El escrache a genocidas que, por entonces, andaban todos sueltos e incorporados plenamente a la vida cotidiana, fue la marca distintiva de la agrupación. El primero, no obstante, fue en 1997, dos años después de su surgimiento, al “partero” de la Esma, Jorge Magnacco, que entonces era jefe del Sanatorio Mitre. Megáfono en mano, folletos explicativos, señalética y mucha pintura, los hijos y las hijas marcharon hacia el sanatorio y cantaron, narraron y gritaron los crímenes de Magnacco. Se cebaron y fueron hasta la casa, que quedaba a unas cuadras. Les siguieron muchísimos otros, todos memorables.


La sociedad no era la de hoy. Se les fueron sumando algunas agrupaciones de izquierda, pero, en general, la postura no fue abrazadora. “La sociedad estaba impuida en el individualismo de los ‘90, nos señalaban como hijos e hijas de subversivos, sobre todo cuando nos corrimos del lugar de ‘víctimas’ y actuábamos como activos militantes”, reconstruye Santucho, de Bahía Blanca. 

Para ellos, el escrache era “una herramienta de lucha estratégica y a la vez como una forma de exorcizar la indignación ante la impunidad de la que gozaban los genocidas”, agregó Melián, de H.I.J.O.S Santiago del Estero. A medida que se fueron sucediendo, nació el debate en torno de las acciones. “La respuesta fue violenta porque rompimos con la lógica pacífica, si se quiere, que venía imperando en las acciones de los otros organismos”, planteó Arroyo. 

“A nivel social, pero también hacia el interior del movimiento de derechos humanos”, postuló Basso. En ese sentido, Pisoni reconoció que “no interesaba mucho la adhesión o la empatía de la sociedad” durante los primeros tiempos. “Estábamos muy enojados con grandes sectores de esa sociedad que entendíamos había avalado la impunidad, porque seguían sucediéndose gobiernos que la sostenían”. Pero luego entendieron que la cosa no era en solitario. Empezaron a articular a nivel barrial en cada lugar adónde iban a escrachar, para sumar a las organizaciones del lugar, pero sobre todo a la comunidad. “Había que buscar adhesiones a nuestros reclamos y banderas para torcer la realidad”, reconoció.

Ese entretejido con otros y otras en la militancia enriqueció y amplió el círculo de acción de la agrupación. Así, “construimos memoria activa y popular ampliando el círculo de los que recuerdan, pero también de los que buscan accionar en el presente para no volver más a la sociedad que posibilitó los crímenes de nuestros padres y madres”, añadió Melián. Así, la pelea por el juicio y castigo a los genocidas del pasado se vincula permanentemente con aquella que reclama igual por los responsables de la violencia estatal del presente, con la reivindicación de la lucha feminista. Desde Córdoba, resumieron: “Entendemos los derechos humanos de manera integral y a todas las luchas como una sola”.