La movilización de la CGT y la oposición al Gobierno
La ola sigue creciendo
La base social de trabajadores se mueve en laberínticos caminos buscando quién levante sus reclamos. El sindicalismo, a su manera, lo viene haciendo. Puede por sí mismo llenar la Plaza, ocupar las calles, y lo hará cuándo y cómo quiera.
Imagen: Leandro Teysseire

El 7 de marzo se produjo la inmensa movilización propiciada por la CGT, reforzada por las CTA, la CTEP y por infinidad de colectivos e individuos que saben que el único ámbito posible para modificar las políticas económicas de Cambiemos es la calle. La expectativa fallida sobre la fijación de la fecha del paro general (que el jueves pasado se fijó en el 6 de abril próximo) y una reyerta cerca del escenario dejó un justificado gusto amargo pero, peor aún, desdibujó el objetivo de la movilización. Debe quedar claro que la marcha es de oposición al gobierno conservador. Lo demás, es anécdota.

Si bien hubo una situación conflictiva, ello no debería invalidar un acto político de dimensiones –siendo éste casualmente el objetivo de la derecha–. La marcha era la misma, tanto cuando íbamos como cuando veníamos; los dirigentes no cambiaron entre las 15.00 y las 15.30 horas y, lamentablemente, las razones de la protesta siguen vigentes, por lo tanto todo continúa más o menos como estaba.

Si hubiera que hacer un esfuerzo por entender qué pasó en la marcha, deberían enunciarse varios factores. 

Lo primero que hay que decir es que una parte de la CGT respaldó a Cambiemos en la última elección y eso condiciona su estrategia política e, indirectamente, su estrategia sindical. En función de ese respaldo, la Central avanza, aunque a paso de elefante, desde el 29 de abril del año pasado en un proceso de despegue. Mientras tanto, obtiene recursos del gobierno, mal que le pese a quienes no están dentro de su fuero.

Cabe mencionarse las internas en la CGT que se traducen en un cuerpo colegiado de representatividad incompleta, que responde heterogéneamente al gobierno y que tiene menor efectividad en la conducción. 

La CGT sigue negociando recursos o beneficios del gobierno (no sólo económicos), aún a sabiendas de que se juega su capital callejero. Sabe también que lo que pesa es su capital propio, no el fluctuante. Es consciente que puede por sí misma llenar la Plaza, ocupar las calles, y lo hará cuándo y cómo quiera.

Hasta hoy sigue en negociaciones para conseguir que se liberen pagos a las obras sociales, carta que el Ministro de Trabajo sigue jugando en su estrategia de cooptación.

Si bien estuvimos todos, no hay que perder de vista que la marcha fue convocada por la CGT y acompañada por el resto ávido de cualquier conducción. 

El punto de llegada fue la Diagonal Sur, no la Plaza de Mayo que es el escenario político por excelencia. Sin embargo, se acercó varias cuadras respecto de la movilización del 29 de abril de 2016 que fue realizada en lejanos territorios de la Avenida Paseo Colón. Todo indica que la próxima recuperará la brújula que la llevará al lugar indicado.

La central representa a los trabajadores de diversos sectores, sindicalizados, formales, afiliados a obras sociales, que gozan de beneficios indirectos asociados a la filiación sindical. El público del 7 de marzo era ese núcleo y varios anillos circundantes de trabajadores (independientes, precarios, tercerizados, informales, cooperativistas, beneficiarios de planes) que están siendo perjudicados. No está demás aclarar que parte de esos “anillos circundantes” son acérrimos críticos e incluso detractores del sindicalismo. 

Muchos asistieron conscientes de que se estaba tomando prestado el espacio para pegarle al gobierno, no para fortalecer a la CGT. Incluso se marchaba a pesar de ella, imaginando que se contribuía con la unidad del movimiento obrero. A nadie le queda duda de que la CGT es el gran aglutinante de la clase obrera organizada y que el verdadero punto de inflexión estará en el momento en que le dé la espalda al gobierno. 

Se puede pensar que tiene sentido el enojo y la presión de los manifestantes no encuadrados que eran los que más presionaban. Los orgánicos de los sindicatos escucharon más los bombos que los discursos y luego del himno salieron, habiendo cumplido con las actividades del día. Los demás, habían dejado de pensar en la unidad del movimiento obrero, estaban convencidos de que “nada vale nada”, “que todos son iguales”, y otras yerbas difíciles de traducir a un lenguaje aceptable.

Si hay un sujeto que respondió, responde y responderá al PJ, ese es la CGT; por tanto, que simpatizantes de otros espacios (cuesta decir partidos) le pidan que fije un paro general le tiene sin cuidado. Tendrán que esperar, como ellos esperaron durante años sin tener cabida en el final del gobierno de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Son conservadores porque tienen mucho por conservar, como dice Juan Carlos Torre. No por casualidad, quienes más presionan por aumentar el nivel de protesta en la calle ya no tienen nada que perder.

También hay que deslindar analíticamente la política sindical de la política partidaria. Esto permitiría dilucidar que el problema está planteado por una base social –de centro izquierda– cuya representación gremial, social y política está vacante. Esa base social se mueve en laberínticos caminos buscando quien levante sus reclamos. El sindicalismo, a su manera, lo viene haciendo. ¿Y los legisladores? ¿Y los partidos?.

* Doctora. en Sociología. Directora de Realidad Económica. Presidenta del IADE.