ENTREVISTA A AVITAL RONELL
Me quejo, luego existo
La llamada “dama de la deconstrucción” –apodada así por haber introducido a Derrida al público anglosajón– se ha dedicado a estudiar el sida, la música electrónica, el crack, el racismo y los exámenes como métodos de tortura. De paso por Buenos Aires, la filósofa Avital Ronell respondió sobre su última obsesión teórica: la queja, desde el gemido hasta la protesta organizada, y aquí cuenta por qué se la puede considerar como la más letal de las armas queer.
Imagen: Sebastián Freire

En 1983, publicó uno de los primeros estudios críticos sobre el sida (Reinas de la noche), y en 1992, uno sobre la brutalidad policial contra las minorías raciales por el caso de Rodney King (paradigmático episodio de violencia institucional en Estados Unidos). Nacida en Praga, educada en Estados Unidos, enseñó junto a Jean-Luc Nancy, Judith Butler y Slavoj Zizek 

La llaman la “dama de la deconstrucción” porque fue quien introdujo a Derrida en tierras anglosajonas traduciendo Ante la ley y La ley del género. Sus libros combinan la lectura heideggeriana con licencias pop; ella misma –sus chistes negros para hablar de los modos de dominación contemporáneos, su prosa que cruza alta teoría con conversación callejera, sus remeras con personajes de comic- no encaja con la contracturada imagen de la Academia. 

Ha estudiado la historia de la estupidez y su peso político (en Stupidity), también la Guerra el Golfo, el sida, la música electrónica, el divorcio y cómo los rumores pueden devenir armas mortales. The Test Drive (2005) habla del testeo en relación a la tortura: desde los experimentos científicos hasta las pruebas de amor, pasando por los tests de drogas, VIH y pruebas de embarazo. Ahora, la Untref acaba de editar (con traducción de Mariano López Seoane) Crack wars: literatura, adicción y manía, libro en el que Ronell expande el concepto de lo “psicoactivo” para describir el presente como una contemporaneidad narcótica. Habla de los discursos de pánico moral relacionados (no solo) con las drogas y de los efectos estimulantes de la literatura: como antidepresivo, envenenamiento mimético, alucinógeno o salida de emergencia.

¡Ay!

En su visita por Buenos Aires Avital Ronell dio una conferencia sobre el que ahora es su principal objeto de desvelo: la queja, un territorio poco explorado y hasta degradado, según dice, por la historia de la filosofía: “Tengo interés por todo aquello que es ‘rebajado’ como discurso femenino o afeminado. En la queja está la expresión de una injusticia. La queja no es el modo con el que se expresan los poderosos. Desde el gemido gutural a la protesta organizada, todos esos tipos de emisiones, que no están asociados con la autoridad, sino a una insatisfacción, hablan de una falta. La queja no tiene la elegancia de ciertos tipos de discurso que sí son muy escuchados”.

¿Cuál sería hoy la madre de todas las quejas?

–La queja tiene todo que ver con la maternidad, la matriz y todas las derivaciones de lo maternal, que en literatura y en filosofía es usualmente lo irrepresentable. La queja es algo que no permite que la madre de todas las quejas se muestre, se presente, pero eso -lo primigenio- que está en el fondo del asunto es lo que lo hace inaguantable. La queja se sostiene sobre algo que evita ser dicho, pronunciado, y es atemporal. 

¿Por ejemplo?

–Una novela americana famosa como la de Philip Roth, El lamento de Portnoy, es obscena, pornográfica, racista, se queja acerca de todo, y solo muy en el margen podés encontrar que lo que no se puede decir, ese impronunciable dolor que tiene que ver con el Holocausto. Pero la queja en la novela es graciosa, divertida, descartable, hasta esta feminizada, es queer. 

Ha dicho que la queja es siempre bastante queer, ¿por qué?

–Porque los hombres de verdad no se quejan. La queja aparece casi siempre como expresión muy feminista y muy queer de descontento, el dato de que uno es un inadaptado. A alguien con autoridad no lo vas a encontrar quejándose o prefiere morir antes que quejarse.

¿Quiere decir que los poderosos no se quejan?

–No es tan lineal. Me impactan también esas personas que están en las peores situaciones, pasándola muy mal, y cuando les pregunto algo como “¿Te puedo ayudar? ¿Cómo estás?”, responden: “No me puedo quejar”. ¿Qué significa eso? ¿Reprimen la queja? ¿Quién no los deja quejarse? ¿Prefieren no hacerlo? Me pregunto cuál es la elegancia de renunciar a la queja. Entonces, pienso: ¿quién tiene el derecho de quejarse? Por un lado odio a la gente que se queja todo el tiempo, los quejidos de parte de los privilegiados. Por otro lado, me impactan aquellos que no se quejan: ¿no tienen nada en su infancia que los esté matando? ¿Tampoco se quejan de lo que les pasa a otros? ¿Son idiotas de derecha? 

¿Qué significa hoy estudiar la historia de la queja? 

–Mucho del trabajo que yo hago viene de las indicaciones de Walter Benjamin, que dicen que uno tiene el derecho a agarrase de aquello que toque sus fibras. Así que cualquier cosa que me enerve, o me enoje, o sienta que no lo puedo manejar termino convirtiéndolo en un estudio filosófico. Una de las cosas que me llevaron al estudio de la queja fue que mi madre siempre se quejaba de mí. Hay una pista de la queja que tiene que ver con esta historia relacionada con mi Superyo y de la que no puedo escapar. 

Dijo también que el triunfo de Donald Trump es el resultado de una gran queja que salió muy mal. 

–Cuando empecé a trabajar con la queja pensaba cómo una lamentación y se puede ir transformando en protesta. Trump es una queja de aquellos racistas, homofóbicos, transfóbicos que se han sentido atrapados en la camisa de fuerza de la corrección política. Los votantes de Trump se sentían presos de una mordaza y se tuvieron que “comportar” durante mucho tiempo. 

¿Una camisa de fuerza que estalló?

–Hay que decir que Obama creó muchos de los mecanismos por medio de los cuales se empezó a deportar gente. Pero dejemos eso de lado. El fin del mandato de Obama, el fin de lo que Obama simbólicamente por lo menos intentaba mantener a raya, dio paso a una explosión. Eso fue parte de una queja sofocante. De repente las parejas del mismo sexo habían empezado a casarse y, claro, ellos se habrán desesperado: “¡¿Qué pasa con nuestros malditos valores?!”. Todo esto fue alimentando una máquina de la queja que fue encendida finalmente. 

Judith Butler publicó un texto en este mismo suplemento sobre eso: le sorprendía cómo no lo habían visto venir.

–Judith es lo suficientemente paranoica, tanto como yo, como para haberlo visto venir, y ya lo vimos también en otras épocas. Tal vez estuvimos muy influidos por cierto tipo de narrativas como la del periodismo que nos decían “es imposible”. Es un regreso de la lengua fascista. Hemos visto volver cierta retórica, hasta los símbolos de la esvástica. No es nuevo, es viejo, Trump tiene un pasado, un fondo, alemán. Que su familia haya sido alemana no es algo para ignorar. Cómo Alemania retorna en momentos de terribles ansiedades políticas es algo que trato de interpretar en muchos de mis trabajos. Pero supongo que nosotros no fuimos conscientes de lo miserable que ellos se sentían. Esta ha sido la historia de una queja que salió muy mal, sí. Para Nietzsche el resentimiento era lo que conducía la historia. Un sentimiento muy poderoso, motor por ejemplo del Cristianismo. Si bien existe un costado resentido y narcisista en la queja, también existe una respuesta responsable a eso, a ese costado resentido.

¿Cómo hacer para que la queja no muera en el lamento y pase a una acción organizada? 

–Una mujer que fue detenida aquí después del 8 de marzo me contaba que los policías las hacían callar como diciendo “basta, esas son quejas menores”. La queja es algo históricamente desacreditado, minimizado. La queja tiene que ver con un lenguaje no autorizado o comportamientos que no son escuchados ni tenidos en cuenta. Me interesa como la gente que se queja es avergonzada, empequeñecida, “feminizada” por otros. O los hombres que no se quejan pero escuchan, absorben, se comprometen con cierto tipo de escritura, son reducidos a quejosos menores. La queja tiene valor en sí misma creo. Quiero decir: ¡aumentemos las quejas, el volumen de las quejas, salgamos a quejarnos más! Yo pasé mucho tiempo viviendo en Francia y allí vi que tienen una especie de honor cívico, un deber de quejarse e ir a las calles, que no está presente en las sociedades angloamericanas. Creo que acá en Argentina sí tienen mucho de eso.