Cuando un estadio se entrega al mercado por la emergencia sanitaria

La historia del Pacaembú, de escenario futbolístico a hospital de campaña 

La cancha de San Pablo donde se jugó el Mundial de 1950 y brilló Pelé en los '60 cumplió 80 años, y va camino a un proyecto que le sacará una tribuna para poner un edificio con comercios y cocheras.
El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus.El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus.El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus.El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus.El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus.
El estadio Pacaembú durante la pandemia de coronavirus. 

Es un estadio mítico donde nadie superó hasta hoy los 115 goles que marcó Pelé. Fue el escenario para una misa del Papa Benedicto XVI en 2007. Tiene en sus entrañas el célebre museo del fútbol desde 2008. En su campo de juego se levantó un hospital de campaña en plena pandemia que ahora está a punto de desmantelarse. 

Un grupo empresario que ganó su concesión por 35 años demolerá una de sus tribunas para construir un edificio comercial. Todo eso ha sido y será el célebre Pacaembú que en este 2020 de pesadilla cumplió ocho décadas de vida. Lo inauguró Getulio Vargas en 1940 y le bajó la persiana el alcalde actual de San Pablo, Bruno Covas, con un negocio discutible en detrimento del sistema sanitario. 

En nombre del progreso no siempre se respetan este tipo de templos donde se escribió la historia futbolera de una nación como Brasil. Ya no hay vuelta atrás. El poder político apuró su entrega a un consorcio privado que en dos años más le habrá reformado su cara casi por completo.

Con su fachada art decó que lo hace inconfundible, la asimetría de su tribuna “toboga” (tobogán) que será tirada abajo para dejarle paso a varios pisos con oficinas y restoranes, el Pacaembú se va despidiendo de sus últimas camas que alojaron pacientes con coronavirus. Este lunes será cerrado el hospital que se construyó sobre el campo de juego. El estadio ubicado en el barrio homónimo, con su arquitectura influida por el cubismo y constructivismo, de líneas rectas y también diseños esféricos, vivió su propia metamorfosis a lo largo de 80 años.

Su último músculo vivo que nos hace respirar fútbol es el museo. Pelé brilló en sus tardes paulistas pero es un recuerdo lejano. El 23 de octubre cumplirá la misma edad que el Pacaembú, cuyo nombre formal es Paulo Machado de Carvalho -en homenaje a un periodista que cubrió el Mundial 1958-, y que festejó su 80° aniversario el 28 de abril con un hospital sobre su césped. Casi una metáfora del destino que le espera desde que el consorcio Patrimonio SP, formado por el Fondo de Inversiones Savona y la constructora Progen, ganó una licitación en 2019 para darle otro destino.

En el museo de 6.900 metros cuadrados (ver aparte) que este cronista sugiere visitar, alecciona lo que se puede ver sobre el pasado racista brasileño de las primeras décadas del siglo XX. El presidente Jair Bolsonaro lo reverdeció cuando habló mal de las comunidades quilombolas habitadas por negros, mulatos y pardos. Como si buscara conectar la historia del moreno Leónidas, el presunto inventor del dribbling, con la de cualquier crack de la actualidad surgido de alguna favela. Los negros no podían jugar con los blancos y si lo hacían se arrojaban polvo de arroz sobre el cuerpo para disimular el color de su piel. El precario maquillaje les duraba poco. Al transpirar se les borroneaba su camuflada identidad racial.

Brasil fue el último país de América del Sur en abolir la esclavitud, el 13 de mayo de 1888. Esa decisión tardía influyó demasiado en las décadas siguientes. En 1907 la Liga Metropolitana de Deportes Atléticos de Río de Janeiro todavía prohibía la integración. Fue una marcha lenta hacia la emancipación definitiva.

En 2011 aquellos hinchas supuestamente aristocráticos del Fluminense todavía les tiraban polvo de arroz a los jugadores del Flamengo, casi un siglo después de los filigranas que hacía Leónidas sobre el pasto. Había una ley sobre la que descansaba el racismo, y clubes que no aceptaban futbolistas negros. Gremio de Porto Alegre fue uno de tantos. Fluminense otro. Los museos paulistas y el del fútbol entre ellos, conservan señales muy tangibles de esa discriminación. Las mujeres eran las otras marginadas: el fútbol femenino formaba parte de los espectáculos circenses como el de los hermanos Queirolo. Incluso en 1941 llegó a estar prohibido por la Policía del presidente Getulio Vargas como todos los demás deportes practicados por ellas. “Orden y organización, los imperativos exigidos por nuestras autoridades para la realización de los partidos entre mujeres”, dice un cartel en el museo del Pacaembú.

El 13 de mayo de 1914, Carlos Alberto, un mulato de pelo rizado, desafió los usos y costumbres de la época. Se calzó la camiseta del Flu y aún a sabiendas de que sería mirado con recelo, salió a la cancha a jugar como un blanco más. Con los años otros negros y negras siguieron el mismo camino. Rosa Parks fue la más célebre. El 1° de diciembre de 1955 se negó a cederle el asiento del colectivo a un blanco en la ciudad de Montgomery, Alabama. Con ese gesto puso un mojón en la historia de las luchas por los derechos civiles de EEUU.

Declarado patrimonio histórico en 1994, el Pacaembú que este lunes cerrará sus puertas como hospital de campaña para iniciar su obra concesionada, fue entregado al mercado por el prefecto Covas con la venia del gobernador paulista Joao Doria. Este último, un multimillonario de quien se descuenta que será candidato a presidente del país en las próximas elecciones, de aliado de Bolsonaro pasó a ser su principal adversario. Justificó que el Pacaembú era un lastre, y su ideario privatista lo llevó a pensar que debía ser entregado al mercado porque perdía 40 millones de reales cada cuatro años.

En ese palacio art decó jugaron como local los clubes más importantes de la ciudad. Corinthians, San Pablo, Palmeiras y hasta el mítico Santos de Pelé. Uno de los más grandes futbolistas de la historia, que brilló arriba de todos durante las décadas del '50, '60 y '70 tiene un récord imbatible. Convirtió en 119 partidos jugados en el Pacaembú la friolera de 115 goles. Hoy sigue transformado en una pieza de museo que recibe a los visitantes en el primer piso del estadio.

Cuando todavía acogía al fútbol oficial con regularidad, su capacidad colmada alcanzaba los 40.199 lugares. Fue sede del Mundial de 1950 que terminó en el Maracanazo de Uruguay. Pero la cancha se mantuvo invicta en ese torneo con un empate ante Suiza. No pudo repetir en la Copa del Mundo 2014, cuando ya había perdido el camino de la pretendida modernidad. Está ubicada en un barrio de clase media y media-alta, rodeada de verde y en una especie de olla que la mimetiza con el paisaje que la rodea. Puede que sean demasiados los escenarios futbolísticos que tiene San Pablo  -son 15-, un estado con poco más que la población de toda la Argentina (46 millones de personas). Pero el Pacaembú no merecía ese final, entre hospital de campaña improvisado que ahora se ganó para el mercado con un ambicioso proyecto inmobiliario a 35 años.

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