Miedo es otra cosa

Imagen: NA

Saliste desorbitada, como en ese letargo que te dan los últimos minutos de algunas drogas en sangre, pero esta vez estás limpia. Pudiste dormir bien y profundo. Quizás fue por eso que te levantaste con ganas de salir, tan decidida y extrañada de vos misma.

Cruzás la calle. Las bocanadas de aire fresco te oxigenan, te aclaran los sentidos, te despabilan a medida que avanzás por la vereda. Los primeros días de otoño son tus preferidos: los colores ocre, la mañana fresca, la piel de gallina. Sabés que no vas lejos con la bolsa ecológica en la mano, aunque hoy quisieras que el supermercado chino esté a dos o tres cuadras más de distancia para que esta claridad dure un poco más.

Llevás seis días sin salir ni a sacar la basura. Eso pidieron en la televisión y vos acataste la orden. Te gusta hacer las cosas correctas, las esperadas. Los caminos alternativos te dan miedo, te desafían demasiado las energías que cargás diariamente, te empujan a una incertidumbre demoledora. Como cuando ese amigo te ofreció trabajo en la playa en unas vacaciones en la costa y, aunque te brillaron los ojos como nunca antes, preferiste decir que no porque ibas a empezar una carrera universitaria que dejarías seis meses después. Todavía recordás esa playa y te imaginás caminándola descalza, inventás qué hubiera sido y te preguntás si tu piel estaría más bronceada, si tu pelo estaría más revuelto.

Andás hoy con un aire sorpresivamente altanero. Te cruzás con poca gente y no te importa. En otro momento hubiese sido un alivio fundamental para emprender tu salida. Tu caminar se vuelve firme, te sentís segura. Contrario a lo que esperabas, esta situación mundial no te da miedo. “Miedo es otra cosa” pensás, mientras pasás por un local de ropa cerrado y te mirás el flequillo en el reflejo de la vidriera. El barbijo te deforma las orejas. Te acordás del Petiso Orejudo, ese asesino serial que terminó en la cárcel del fin del mundo, según viste en un documental de canal Encuentro y te reís sin que nadie lo note. También te das cuenta de que ahora podés hablar sola por la calle y volvés a sonreír.

Después retomás el pensamiento recurrente: el miedo. No te horroriza el paso del tiempo porque sabés de la inminencia de la muerte en cada rincón, esperándote, no importa cuándo ni dónde. “Igual que a todo el mundo, sólo que el resto prefiere no ver”, le dijiste a Alicia en una sesión y ella no respondió nada pero te parece haber notado que achicó un poco los ojos como tratando de entender.

Percibís la muerte cerca porque creés que vivís al borde. Ya conocés muy bien el show: arranca desde el corazón, como todo lo trascendental de la vida. Sentís que late a velocidades incontrolables y fantaseás con el pecho que estalla en pedazos. Te sudan las manos –con ese hormigueo en el pulgar y el índice tan inconfundible– y te tiemblan. Mirarlas fijamente es saberte sin control. La boca seca, sin saliva, sin palabras. Puede que lleguen mareos y la vista se desordene. Se pierden la claridad y los bordes. Todo se vuelve difuso y, al mismo tiempo, es lo menos grave. No importa si justo estás en el colectivo yendo a visitar a una amiga, en un avión por concretar tus vacaciones, en el aula de la facultad, en esa sala de teatro de un subsuelo bohemio, en el recital de tu banda preferida, en los sueños que te llevan a lugares indeseables sin recuerdo. Lo que realmente te aterra es la inminencia del peligro: algo terrible está por ocurrir, lo creés firmemente. No tenés idea qué. No importa. Te inunda el miedo, te ahoga. Hay olor a muerte en el aire.

Tu mamá sostiene que esto pasa porque te encanta llamar la atención. Que cada cosa que hacés en la vida es para que el resto del mundo esté pendiente de vos y lo que ahora Alicia llama pánico, en realidad, no es nada. Escuchaste esa idea repetida tantos años que te la creíste, palabra por palabra, sin variaciones. Supiste llevarla escondida como un corpiño gastado y cómodo que amás usar pero rogás que nadie note, hasta que la terapia llegó a tu vida y, con ella, la muerte del discurso materno como verdad indiscutida. Al final, algo siempre muere.

Hoy saliste airosa y te gusta. Andás con el miedo adentro pero dormido. Ese es tu virus sin vacuna, sin retroviral. Percibís en los ojos ajenos el terror y te divierte porque esta vez no es tuyo, porque hoy tu cuerpo se desliza laxo y liviano por la vereda y podés escuchar el sonido de los pájaros y ver las variaciones de la luz en las copas de los árboles. Siempre te obsesionaron los detalles.

Salís del chino con la bolsa llena de antojos y una posible cena. La vecina del noveno te cruza y no sabés si te sonríe, lo sospechás por sus ojos. Llegás a la esquina de tu casa y empezás a sentir la espesura de lo inevitable: estás a pasos, otra vez, de reanudar el encierro.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ