Opinión

Schopenhauer y los videojuegos

Los gamers del Dux en acción. Los gamers del Dux en acción. Los gamers del Dux en acción. Los gamers del Dux en acción. Los gamers del Dux en acción. 
Los gamers del Dux en acción.  

La idea de un nuevo fútbol se proyecta sobre el mundo. Se alimentó aun más por la virtualidad a que nos sometió la pandemia. Jugadores profesionales compran empresas de juegos electrónicos y se asocian con youtubers. También adquieren clubes reales como hizo el belga Thibaut Courtois, arquero del Real Madrid. Las dos vidas posibles, una tangible y otra que se respira desde una computadora o teléfono celular ya están mezcladas como en una ensalada con todos los ingredientes. ¿Llegará el día en que un futbolista irreal, sentado en el living de su casa, marque goles desde su comando en un arco que se pueda tocar?

Parece una película de ciencia ficción, pero no, la ficción llegó al fútbol hace tiempo. El problema de fondo no es que Courtois, su socio Borja Iglesias del Betis y DJMariio –un youtuber con varios millones de suscriptores– masifiquen los videojuegos que generan una gran dependencia. Ni siquiera que compren un club de tercer orden como el Inter de Madrid. Al fin de cuentas, en Europa los traspasos de equipos a manos de empresarios son una plaga. Ese es tema de otro debate. El problema principal es que se intente hacer creer que manejar una consola o mover muñequitos de madera como lo hacíamos los de mi generación en un metegol, es un deporte. Que eso consiste en una disciplina merecedora de competir en los Juegos Olímpicos.

Defensores de los e-sports los comparan con el ajedrez, automovilismo o motociclismo para buscar similitudes en la inacción de los cuerpos y abonar la tesis de que son un deporte. Una falacia. Si fuera así, proponemos que al querido metegol se sumen el TEG –en cualquiera de sus variantes-, la batalla naval y nuestro emblemático truco a los JJ.OO del futuro. Los propaladores de esta subjetividad virtual no perciben que detrás de los jueguitos electrónicos vienen otros juegos, los de apuestas. Un campo fértil para embusteros (Dante Panzeri dixit) que amplificaría la timba a niveles colosales, con la consiguiente proliferación de mafias, enjuagues de dinero y trampas como ya se comprobó en la mayoría de los deportes reales. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer decía en el siglo XIX aquello de que a veces “la razón es progresista y el progreso es reaccionario”. Es lógico ponerse a salvo de esta desvirtuación del juego. El juego que se practica en un ambiente propicio, por lo general al aire libre y con mucho más esfuerzo físico que un ligero movimiento de manos sobre una consola.

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