Pedro Aznar, uno de de los más reconocidos músicos populares de la Argentina, cumplió 61 años y lo festejó con un show por streaming, rodeado de músicos amigos que se sumaron desde sus hogares. 

La frutilla del postre fue un regalo muy especial: la versión coral de "A cada hombre, a cada mujer", que, bajo la direccción de Lito Vitale, interpretaron Charly García, Ramiro Gallo, David Lebón, Carlos Vives, Adriana Varela, Jairo, Pablo Milanés, Sandra Mihanovich, Eve Aznar, Victor Heredia, Fabiana Cantilo, Chico Cesar, Andres Beeuwsaert, Manuel García, Suna Rocha, Nano Stern, Teresa Parodi, Nito Mestre, Juan Carlos Baglietto, Roxana Amed, Piñón Fijo, Eruca Sativa, Lito Epumer, Cristian Judurcha, Soledad, Eva Ayllón, Hilda Lizarazu, Abel Pintos y Joan Manuel Serrat.

 “Hola, Pureta. ¡Feliz cumpleaños! Llamame, así escuchamos algo. Bueno, te quiero mucho”, dice Charly García en el comienzo del video. El saludo final estuvo a cargo de Joan Manuel Serrat: “Mi querido y admirado amigo, ¡qué bien que cumplas años!. Es una certeza de que estamos vivos para alegría tuya, para alegría mía y para alegría de todos los que te quieren. Un fuerte abrazo, Pedro”.

Aznar, nacido en 1959, y miembro de Serú Girán entre 1978 y 1982 junto con Charly García, David Lebón y Oscar Moro, trabajó luego con el guitarrista norteamericano Pat Metheny y está abocado hace más de 25 años a su carrera solista. 

El propio músico había adelantado que festejaría su cumpleaños desde su casa. Tocó covers por streaming: "Get the party started", de Linda Perry; "Start me up", de The Rolling Stones; "Bluebird", de Paul McCartney; "Jesus to a child", de George Michael; "No soy un extraño", de Charly García; "Space Oddity", de David Bowie; y "Ordinary World", de Duran Duran, entre otros temas.

Antes de ser sorprendido por el homenaje de los otros músicos tocando el tema de Serú Girán, Aznar leyó un poema suyo, a modo de inventario.

APRENDÍ

Aquí estoy, casi treinta años después

de los cuarenta más que me daba

ni imaginando lo rápido que pasarían

Ahora pido treinta más

porque el viaje lo vale

a pesar de las noches de insomnio

las pequeñas y grandes decepciones

las pinzas del dentista

y el reggaetón.

Me preguntaba si habría aprendido algo para ese “entonces”

que resulta ser hoy

y me respondo que algo sí.

Aprendí que vivir con miedo

escondiendo el corazón

o pendiente de agradar

es la mayor traición a la verdadera esencia;

que aunque el esfuerzo por tomar el camino más largo

y difícil

sea agotador

es mucho mejor que morder el anzuelo

de lo que te hipoteca el alma.

Aprendí que el amor no puede todo

y que por mucho que se ame

a veces hay que decir basta y cerrar la puerta

de lo que no hace crecer

o de lo que lastima;

que la pasión que uno trajo al mundo

es para darla a manos llenas a los otros

porque ahí está el brillo del espíritu

en su plenitud

y que el que lo ostenta como lustre

de su ego

no entendió a qué vino.

Estos años trajeron angustias y desasosiegos,

claro,

aunque debo admitir que fueron menos

que las alegrías

y que se alimentaron, siempre,

de mi miopía,

de los árboles que me tapaban el bosque.

Aprendí a ser solo

y a estar solo,

que no son lo mismo.

Estoy solo desde que se fueron mis viejos,

esa ancla bendita

que lo hace a uno sentir

que la gravedad es suficiente para mantener los pies

sobre la tierra.

Soy solo ante mí

y ante Dios

(no importa cómo lo describa o sienta

porque también cambió cómo lo veo y vivo)

y esa soledad de vivirme

queriéndome

(aunque siempre me reproche algo

y me esté exigiendo cambios)

me abre al otro

a quien no se puede ver

cuando se está en guerra

con uno mismo.

Aprendí que somos un puñado de aprendices

en todo

pero que cuando tendemos la mano

todo se multiplica para bien;

que las convicciones hay que defenderlas con orgullo

siempre y cuando hayamos revisado

que aspiren al bienestar de todos.