La era de la indignaditis

Como si quisiéramos vernos buenos y comprometidos con todos los males de la tierra, hemos desarrollado una enorme, infinita, incalculable capacidad para ofendernos e indignarnos. El síntoma más evidente es la sobreactuación. La indignaditis ha llegado para quedarse.

La ablación de clítoris en Indonesia, un japonés que maltrata perritos o un norteamericano que le pega a la esposa, todo vale para indignarse. Incluso las bases de un concurso literario o la asquerosa tapa de una siempre asquerosa revista nos ofenden, sin matices, sin claroscuros. Parecemos nacidos de repollos, inocentes e ignorantes de habitar un mundo cruel que en su historial tiene una larga lista de guerras, genocidios y tutti gli fiocchi.

La tapa de un disco viejo nos indigna. Una publicidad televisiva nos indigna. Un chiste sobre tetas o culos nos ofende y nos indigna casi tanto (o aún más) que el hambre en el mundo. Somos como esos nenes que se largan a llorar cuando le dicen orejón, pero nosotros nos largamos a lloriquear también cuando le dicen orejón a otro.

Me pregunto cuándo nos volvimos tan flojos y por qué confundimos esos berrinches con conciencia social, con búsqueda de justicia. La indignaditis es un berrinche más bien de clase media, de burgueses, de gente que tiene lo necesario. No es el grito del pobre por comer. Es el grito del que a pesar de todo está cómodo y a esa comodidad quiere agregarle un poco de conciencia social. Total, el énfasis es gratis.

La indignación moderna nace del libro “¡Indignaos!” de Stéphane Hessel. Hessel, europeo al fin, y parte de un mundo gordo y satisfecho, incitaba a los jóvenes a manifestar su desacuerdo con el rumbo del mundo. No les estaba pidiendo cambiar el mundo. No pedía una revolución. Ni él ni sus lectores querían abandonar ese mundo gordo. Era un pataleo, como para llamar la atención y luego volver a la poltrona, tal como sucedió.

Esa indignaditis derivó en una práctica que parece moral pero es pura moralina y que siempre se aplica a los otros, rara vez a uno mismo. Ya ni siquiera es indignarse con el poder, como sugería Hessel, sino con el contemporáneo, y por tonterías que hoy son noticia y mañana no importarán, o con alguien que canta una canción irreverente, o con alguien que hace un chiste sobre tetas.

Y ni hablar de lo indignante que nos resulta que alguien opine diferente. ¡Esa sí es una indignidad! La gente ya no habla y actúa como se le da la recalcada gana, ya no hace los chistes que desearía hacer o canta las canciones que desearía cantar, sino que hace y dice aquello que no ofende a los indignaditos.

Si todo es indignante, nada es indignante. Da lo mismo un perrito rengo o una ballena muerta en Japón que un pibe que no come. La sobreactuación nos pone en esa confusa trinchera. Algo anda mal si un pibe pidiendo limosna indigna menos que los chistes verdes de Olmedo, la letra de una canción o la edición de las memorias de Woody Allen.

Qué cerca estamos de ese personaje de Capusotto que se pregunta, indignado: “¿Y Barenboim, dónde está Barenboim?”. Es indignante que Barenboim no esté indignándose con nosotros por algo, por cualquier cosa.

Y no termina acá. De la indignaditis saltamos a integrar un colectivo. Toda injusticia, por nimia que sea, por efímera, tendrá su colectivo combatiéndola y sobreactuando indignación. Toda ballena japonesa tendrá su colectivo. Dónde está Borenboim que no sale a defender a las ballenas, ¿eh? Qué me importa a mí una ballena más o menos, ¡y menos si es una ballena japonesa! ¡Y menos si a nuestro alrededor hay hambre!

Y en una ley de compensaciones, más tonta la causa, más grande la indignación. Ni hablar de cuando el asunto que nos ofende roza el racismo, la ecología o asuntos de género. Y digo roza porque a veces son ideas confusas, difíciles de medir, noticias viejas, falsas o simples tonterías humanas. Ahí la indignaditis roza lo teatral. ¡Tumben la estatua de ese hombre que en el siglo XVIII tuvo un hijo con una esclava y no lo reconoció! ¡Qué carajo me importa! Qué carajo me importa si la mitad de los pibes de este país son pobres y tienen hambre.

Debe ser una forma de victimizarse. El mundo me hace daño (no a mí directamente sino a alguien semejante) y me indigno. Joden a un negro, a un gordo, a una ballena y es como si me estuvieran jodiendo a mí y a mis convicciones. Es nuestra forma de pertenecer al mundo globalizado, la de víctimas, ya que no somos ni una multinacional ni artistas internacionales. Mientras, el poder globalizado (algo que sí debería indignarnos), sigue adelante como si nada.

Y no estoy diciendo que detrás de esos hechos no haya verdaderas injusticias. Existen, pero están lejos de ser batallas nuestras. Nuestras batallas están apenas saliendo a la calle. Nuestras “ballenas” heridas están entre nosotros.

La indignaditis ha llegado para reemplazar la militancia, a las ganas de prenderle fuego a todo, de cambiar el mundo. Se conforma con tumbar una estatua o que la revista Caras pida disculpas y ponga una tapa políticamente correcta hasta que vuelva a las andadas.

Si alguien domina nuestra indignación nos domina a nosotros. El indignado es ganado fácil. Pergolini, la Canosa o la revista Caras podrían indignarnos todos los días, entretenernos y hacernos gastar nuestra capacidad de acción. Vean a esos giles que protestan en el obelisco en plan “tres por uno”. Ya que están se indignan por la cuarentena, por la reforma judicial y porque Alberto canta rock nacional y no Arjona. Qué feo parecerse a ellos…

Claro que uno se indigna también en nombre de la verdad o de lo que cree la verdad. Pero pareciera que la verdad, si no es sobreactuada, no es verdad. Y en ese apuro confundimos las luchas propias, a los compañeros de luchas, porque nos aliamos con cualquier ballena tuerta y nos enojamos como nenes orejones con injusticias viejas, lejanas, imprecisas.

Afuera, ahí nomás, hay hambre, guerras, pobres, negros que se ahogan en el Mediterráneo, filas de miserables abandonando sus países en busca de un lugar donde no morir, y muchísimo más. Hay que elegir bien las batallas. La energía y la capacidad de participación política no es infinita.

Si el mundo se volvió una aldea, no es necesario indignarse por cada cosa que sucede en el culo del mundo, y menos por tonterías que no podemos remediar o que apenas importan. Mejor intentar adecentar la aldea para ver si así se puede comenzar a adecentar el mundo.

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