De parto

Ella murió de parto, dijeron, cuando pregunté una vez, por ella, por mamá. No podía entender cómo algunos, casi todos los niños tenían mamá y yo no tenía, yo tenía la abuela, mi abuela plagada de ternura, de arroz con leche, de nanas sin fin, de canciones de cuna, de tardes y noches a mi lado, curándome todos los males que sentía. Pero abuela esquivaba el bulto y no quería hablar de mamá, ya de muy chica, yo me daba cuenta. Cada vez que le preguntaba cambiaba la conversación, me decía que no me preocupe, que ya iba a venir, que estaba de viaje, que había tenido un problema. Me mostraba fotos de cuando ella era muy joven, incluso de niña, ella era la mamá de mi mamá, esta abuela. Entonces es como que sabía muy bien toda la historia, pero de la muerte de mamá, nunca me quiso hablar, no sé si era para que yo no me sintiera culpable o qué.

Yo no tenía hermanos. Antes de mí había nacido ninguno, después de mí, tampoco. Mamá murió de parto, eso era lo que dijeron papá y la abuela. Papá parece que nunca más se enamoró, o no pudo, o no quiso volver a casarse. Algo por ahí tendría, como todos, pero bueno, se ve que no era nada ni tan serio ni tan formal como para llevarla a casa. Yo a veces lo veía solo y triste, lo encontraba a escondidas, revolviendo fotos viejas, tenía una mirada más gris que el fondo gris de sus propios ojos cuando las miraba, a veces pensaba que él se había quedado triste, triste, porque estaba solo, bah, solo no, estábamos yo y la abuela, siempre estuvimos juntos. El abuelo también había muerto hacía mucho, mucho, yo no lo conocí, lo conocí por fotos nomás, no estaba ya vivo cuando nací. Como mamá, que también estaba muerta y que sólo conocía a través de las fotos que me mostraban de ella. Es triste conocer la gente así, a veces pienso eso, no le conocés ni la voz, ni el olor, ni los humores, ni el brillo de los ojos, las fotos son papeles, nada más, retratos, por mejor que las hayan sacado siguen siendo fotos, nada más, nada menos; no son personas, nunca fueron personas.

Entonces, como te venía diciendo, lo veía a veces a papá, lo encontraba revolviendo a hurtadillas fotos viejas, las de mamá, las del casamiento, las del noviazgo, las de cuando fueron felices, y entonces, pobre hombre, la verdad, me daba mucha lástima, y entonces lo veía solo y lo sentía solo, y le encontraba en el fondo de sus ojos grises esa tristeza sin fin que lo acompañaba siempre, haciendo el fondo de sus ojos más grises que nunca, por la soledad, ¿vio?, porque no es bueno que el hombre esté solo, tampoco la mujer, están hechos para estar juntos, para pelearla juntos, para compartir esta vida juntos, tirando los dos del mismo carro, como dijo mi abuela, que no sabía tanto por ilustrada sino que sabía más bien por vieja, véase, la viejecita, y entonces lo encontraba tan melancólico y triste, tan impregnado de soledad hasta los tuétanos. Y después resulta que lo veía con el Facundo correr por el medio del campo, y entonces me daba cuenta de que él ya no estaba solo, de que él estaba con su mejor amigo, con su medio hermano, con su media sombra, con el eco de su voz, con ese compañero fiel de noches y días, ese mejor amigo increíble que había sabido ser su ovejero, su más fiel compañero, con el que salía a trabajar siempre, che, todos los días, y el que lo acompañaba siempre, con sol, con lluvia, con viento, con frío y con calor también.

Y veía un brillo en sus ojos grises cuando le chiflaba bien fuerte che, para que viniera dendelejos, trayendo lo que había que traer, arriando lo que hubiera que arriar, vacas, becerros, toros, ovejas, y el sonido de su ladrido se escuchaba desde lejos y era un lujo verlos venir a los dos, mi viejo a caballo y el ovejero al lado, los dos al galope unísono, los dos agitados, los dos a los gritos pelados, los dos laburando como locos, riendo también, divirtiéndose, como el papi siempre lo hacía, a pesar de todo, a pesar de la muerte de mamá, a pesar de no haberse enamorado nunca más, a pesar de no haber encontrado una compañera de ruta para lo que quedaba del resto del camino, a pesar de criarme a mí, tan solo, tan huérfano de amor, tan triste, tan melancólico, tan solo, tan solo que su sola alma parecía un buque inmenso naufragando en el medio del mar, y así y todo el viejo la remaba, pobre, sabía remarla, siempre laburando, siempre con una sonrisa, un chiste, una jodita, aunque el gris profundo del fondo de sus ojos dijera otra cosa, porque mamá se había muerto de parto, de parto, parto, justo cuando nací yo.

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