Los senderos de la terminal

Imagen: Analia Lopez

La iglesia quedaba lejos. En mi cuadra no retumbaban campanas. Vivíamos a la sombra de una atalaya que ostentaba un pararrayos a cambio de cruz o veleta, cuatro relojes con números romanos, señalaban los puntos cardinales. 

Temprano aprendí a leer las agujas que marcaban el tiempo, tarde entendí que el tiempo era yo. Mi familia viajaba en tren, era barato, seguro y con baños, la Terminal de ómnibus era un lugar de paseo para la gente del barrio, una parada más en la vuelta al perro que terminaba frente a las vidrieras de la Buena Vista. Pisar aquella estación consistía en lo mejor de la caminata, su hall de entrada era una mezcla de templo, cripta, museo. Su piso simulaba un tablero de ajedrez gigante, mi imaginación me había hecho creer que bajo el busto de Mariano Moreno descansaban sus restos, así lo pensé hasta que leí en un Billiken una frase de Cornelio Saavedra: "Hacía falta tanta agua, para apagar tanto fuego". 

Sobre los márgenes del portón de ingreso a las boleterías, lucían dos espejos rectangulares de grandes dimensiones colgados en una posición extraña, inclinados hacia el piso, reflejaban las piernas de los visitantes, no sus rostros, la fuerza del peregrino está en sus pies, el temor viaja en sus ojos, siempre es mejor no abortar partidas. En el trayecto había pausas tan esperadas como obligatorias, disfrutaba de la porción de pizza con jugo Jet en el bar de Bonano, soñaba con los juguetes de casa Norita, y completaba, en el kiosco de los Raschia, la colección de " mis animalitos”, cuentos para niños escritos por Oesterheld, en mi país siempre existió la vocación de hacer desaparecer fuegos revolucionarios bajo las frías aguas de la impunidad. 

Durante mi adolescencia, antes de recorrer como mochilero las rutas argentinas, conocí los distintos paisajes bajo el techo de aquel casco histórico, lo acercaban los paisanos en sus tonadas, vestimentas, costumbres y creencias. Pasábamos días enteros entre el bullicio de la gente, ruidos de motores y gritos de vendedores ambulantes. Allí percibí que la vida era un inmenso escenario, una película que no dejaba de rodar nunca, con tantos actores como seres humanos dispuestos a intervenir en ella, cada uno con su propio guión. 

En aquel lugar aprendí a no juzgar, a tratar de entender al otro y sus circunstancias, a admirar la destreza de su arte para lograr la anhelada subsistencia. 

El negro Ramón, apodado Canuto Cañete, lucía su eterno disfraz de colimba para pedir colaboración, una ayuda para volver a tiempo al cuartel de Regimiento militar de Azul. El tiburón, personaje que vagaba por el predio con un bolso de trabajo y un pantalón manchado con pintura interpretando su personaje de pintor de casas, gozaba de un poder hipnótico, inmovilizaba a la víctima con su mirada, la plasticidad de su mano derecha imitando un pincel acariciando una pared invisible y una voz acomodada solicitando una moneda para poder comprar un pasaje con destino a Casilda en donde debía pintar una mansión. El turco Elías perdía su audición total junto a la capacidad de emitir palabra alguna, doscientos metros a la redonda del establecimiento. Vendía alfajores desde su discapacidad actuada, no hablaba ni en el baño, lo que se dice un verdadero profesional. Cuentan que sólo una vez perdió la concentración, fue ante la voz de su amada gritando su nombre desde un andén. 

Todos buscaban la diaria apuntando a la inocencia y solidaridad de los pasajeros, sabían que lo lograrían más rápido desde la ficción que desde la caridad. Del grupo de jóvenes que estábamos aquella tarde, sentados, en la puerta de entrada, yo sólo lo vi venir. Un hombre alto, canoso, con algo de obispo en sus rasgos y sus manos adentro de los bolsillos de un sobretodo negro, cruzó el espacio caminando en diagonal como un alfil, pisando solamente las baldosas oscuras. "¿A quién de ustedes le gusta leer?", preguntó después de saludar. "Yo leo El Gráfico todas las semanas", respondí intentando ser gracioso. " Perfecto, es justo lo que ando buscando...un relator de fútbol", me contestó con amplia sonrisa. El hombre misterioso extrajo un libro de su bolsillo derecho, forrado con un papel verde y humilde, me lo cedió junto a un pedido, "por favor, abrí el texto al azar y leé en voz alta lo primero que aparezca frente a tus ojos". Confundido por la situación, sin saber qué obra estaba interpretando, leí el siguiente pasaje: “Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente". Interrumpió mi lectura casi gritando, ”suficiente, suficiente, ¡gracias!" emocionado y rejuvenecido, abandonó el lugar por una puerta lateral para no verlo ni olvidarlo jamás.

Volví a la Terminal después de muchos años, por primera vez sentí que la torre me observaba. Los cambios eran mutuos y visibles. Su flamante apariencia de shopping no impidió que debajo de las turbias aguas de mi memoria latiera, todavía, la imagen del viejo edificio. Los buscas, bohemios, locos y atorrantes sin caños ya no forman parte de su población. Muchos concurrentes sentirán el alivio de haberse librado de la escoria, para mi gusto el ambiente quedó escaso de poesía. 

Caminé por nuevos senderos bifurcados por decenas de comercios ubicados estratégicamente. Me reencontré con su esencia en las plataformas, allí se siguen celebrando las mismas ceremonias, entre los que llegan y los que se van no existe el lenguaje ceremonial, los sentimientos fluyen ahogando cualquier palabra. Me dejé llevar por una marea humana esclava de sus deseos, en el horizonte divisé un grupo de mujeres jóvenes que parecía vivir de cara a los vientos de la libertad. Me acerqué despacio, como siempre, y repetí la pregunta, ¿”a quién de ustedes le gusta leer?". Todas miraron y señalaron a Clarisa, "ella es locutora, lee cualquier cosa", agregó una amiga con cabellos teñidos de dos colores. Me alegré por su predisposición, hace rato que no leo nada nuevo, sólo me dedico a releer viejos textos. Para poder bañarme en el río de Heráclito, es necesario que las aguas renueven su canto con la fuerza de una nueva voz. "Precisamente una locutora es lo que ando buscando...", le dije sonriendo, extraje de mi mochila un ajado ejemplar de Ficciones y lo dejé al amparo de sus blancas manos. Antes de dejarme rejuvenecer al son de su diáfana voz, yo ya sabía que la vida es un volumen cíclico, circular, en donde la última página, suele ser la misma que la primera.

 

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