Las perspectivas de los investigadores

Coronavirus en Argentina: contagios que se desaceleran y una vacunación masiva que calienta motores

El incremento abrupto de casos se frenó y en el presente se advierte una leve tendencia a la baja. Las claves para comprender el comportamiento de la curva y la letalidad. La reflexión sobre el retorno a clases presenciales y la inmunización a escala.  físico Jorge Aliaga y la médica infectóloga Leda Guzzi
Imagen: NA

Los casos, que hacia mediados de diciembre se habían incrementado de una manera abrupta y a un ritmo vertiginoso, desde hace unos días se estancaron y, en algunos puntos del país, iniciaron una leve tendencia a la baja. El nuevo contexto epidemiológico, con un horizonte de millones de vacunas tan cercano, ilumina las esperanzas de algunos funcionarios. Desde la administración de Axel Kicillof, esta semana, se exhibieron “cautelosamente entusiasmados”. Las restricciones nocturnas y otras disposiciones en 118 municipios están dando sus frutos y eso no dejar de ser un alivio. El titular de la cartera sanitaria en Buenos Aires, Daniel Gollan, señaló que el objetivo de aquí en más es “empezar a bajar lo más rápido posible”. La cautela proviene de la experiencia: con este virus relajarse puede resultar riesgoso. Fernán Quirós, quien lidera ministerio de Salud en CABA, también afirmó que “los casos han descendido muy lentamente” y que, tras las fiestas de fin de año, las personas “habían vuelto a poner un poco de esfuerzo”. Eso, en definitiva, hizo que disminuyera la interacción social en la Ciudad.

En este marco, más allá del alivio momentáneo, ambas carteras sostienen que no es posible relajarse. ¿La razón? Empírica. Argentina promedia los 10 mil infectados por jornada y ello indica que aún se está muy lejos de achatar la curva de una manera decisiva. Página/12 rastreó las claves de la desaceleración actual de los infectados, la letalidad, las clases y la vacunación en marcha desde la óptica de especialistas que analizan datos y contextos. Y reflexionan sobre un país que ya se acerca a los 2 millones de infectados, cuyos fallecidos superan los 46 mil y los recuperados el millón y medio.

La propagación bajó un cambio

“Al 14 de diciembre teníamos un promedio semanal de 6.200 casos. Un mes después, el 16 de enero, teníamos 11.300 y en los últimos 7 días ese promedio disminuyó a, aproximadamente, 10.330. De alguna manera las cifras marcan cómo, durante el tiempo reciente, los casos se amesetaron”, señala Leda Guzzi, médica infectóloga de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI). Y describe cuáles podrían ser las razones del estancamiento: “Habían subido de modo abrupto como producto de los encuentros sociales de fin de año: las festividades marcadas por calendario pero también las fiestas clandestinas que se realizaron más allá del 1° de enero. Pienso que ahora la gente se reconcientizó, al tiempo que aumentaron los controles que se habían relajado. Esto ayuda mucho a ver cierta estabilidad con tendencia a la baja. Lo ideal sería que el número de infectados disminuya un poco más, para que la época de temperaturas frías nos agarre mejor parados”, sostiene la especialista.

“Esta curva tiene una forma distinta a la anterior. Subió de una manera mucho más rápida y no se estacionó en una meseta eterna que no baja nunca, sino que rápidamente comenzamos a ver un leve descenso. En esta oportunidad, me da la impresión que está disminuyendo, a ritmo gradual pero marcado”, apunta Jorge Aliaga, físico y exdecano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. La combinación explosiva, desde su óptica, sucedió en diciembre con el incremento de reuniones que transcurrieron en espacios cerrados. El comportamiento social, en esta línea, se combinó con el aumento de las temperaturas. 

“Le sigo poniendo una ficha al tema de las reuniones en lugares cerrados con mucho calor. La primavera colaboró porque al estar con mejor clima, estábamos más tiempo con encuentros al aire libre. En diciembre llegó el calor más intolerable y nos encerramos en sitios con aire acondicionado, un artefacto que no renueva el aire”, plantea el analista de datos. “Además, cuando enciende el aire muy poca gente deja alguna ventana abierta, porque justamente el objetivo es que el frío no se vaya sino que mantenga el ambiente a una buena temperatura”, completa.

Con ese criterio, ¿por qué, entonces, en enero disminuyeron los casos aunque el calor continúa? “Pienso que en enero cambió la dinámica de comportamiento: la gente sale más de vacaciones, los que no pudieron ir a la costa o algún lugar turístico, tratan de pasar sus días en quintas, en un patios con pileta, en parques”, plantea. Complementa su análisis con una línea adicional de abordaje vinculada al testeo. “También es cierto que, al menos en las regiones grandes, puede que estemos detectando mejor ahora que en agosto. Los casos que se confirman no son los que hay, sino los que vemos; la capacidad de detección desplegada influye en la cantidad de infectados que se ven”. “Es como si se cambiaran los anteojos”, ubica con una metáfora.

En este marco, la comprensión de los procesos de socialización y de los vínculos sociales que establecen los jóvenes en fiestas clandestinas no explica la dinámica general de la pandemia en territorio nacional. Por el contrario, tratar de entender un fenómeno tan complejo requiere de un esfuerzo mayor y obliga al relevamiento de diferentes variables. De hecho, según las mediciones que realiza Aliaga, los jóvenes no estarían contagiándose más en proporción a meses anteriores. 

“Hace unos días publiqué unos gráficos en los que mostraba cuánto se habían contagiado a lo largo de la pandemia los menores y mayores de 60 años en Buenos Aires, CABA, Córdoba y Santa Fe. En síntesis había una relación que explicaba que siempre los menores se infectaron más. Salvo en CABA, la proporción se había mantenido igual: si antes por cada infectado mayor de 60 años, se contagiaban 6 menores de esa edad, ahora también. En el único lugar en el que sube más la relación en favor de los menores de 60 es en la Ciudad”, enfatiza. 

Siguiendo con este razonamiento, continúa: “Eso puede ser por el testeo de viajantes que hace CABA y que hoy viajan más los más jóvenes. También puede ser porque se modificaron los comportamientos. La verdad es que no le podemos echar la culpa a las fiestas clandestinas que realizan los pibes así tan livianamente. Una cosa es el sitio en el que se infecta un joven sin síntomas y otra el sitio en el que contagia a su padre o a su abuelo”.

¿Más o menos letal?

Uno de los discursos que circuló es que la letalidad era más baja porque al contagiarse más la gente joven, los fallecidos a causa de la covid terminaban siendo menos. Guzzi lo aclara: “En la actualidad, la letalidad es baja porque todavía no llegamos al pico de contagios. Estamos en un nivel intermedio de casos si lo comparamos con otros momentos de máxima tensión que experimentamos meses atrás”. En esta línea, detalla: “La letalidad tuvo un ligero descenso durante los últimos meses, pasó de 2.7 a 2.5. Sin embargo hay que saber que esa tasa implica una foto de un momento y no explica el despliegue de la pandemia en el territorio. A lo que, en verdad, deberíamos prestar atención es a la mortalidad final de la enfermedad y ello solo lo podremos saber más adelante. Hasta aquí, la mortalidad indica que en el país hay 1.017 fallecidos por millón de habitantes. En el presente, no estamos entre los peores pero tampoco entre los mejores”, asume la infectóloga. Vale recordar que mientras la letalidad indica el número de fallecidos sobre el número de infectados, la mortalidad expresa el número de fallecidos en relación a la población total del país.

Para Guzzi, se suelen realizar hipótesis apresuradas para explicar la disminución de la letalidad. Se alude a que mejoró el cuidado intensivo de los pacientes y a que como el sistema cada vez está mejor preparado ninguno se quedó sin su unidad de terapia intensiva. Desde su perspectiva, “son datos que influyen pero hay más, hay que ver la película completa, ya que establecer una causalidad directa es mucho más complejo. Podemos caer en errores frecuentes”. Según la información consignada en el último reporte, el porcentaje de ocupación general de camas de terapia intensiva en el país es de 54,3% y el de AMBA es de 59,9 %.

Foto: Leandro Teysseire.

 

Clases presenciales: la ventilación como clave

La socióloga Sol Minoldo y el bioinformático Rodrigo Quiroga, ambos investigadores del Conicet, construyeron una perspectiva argumentada respecto al control epidemiológico posible en un regreso presencial a clases. Desde su punto de vista, el asunto no debe enfocarse tanto en la salud de los niños, sino en el incremento de la transmisión viral comunitaria que podría generarse con las escuelas. Aunque los más pequeños y los adolescentes no son “súpercontagiadores”, sí contagian de forma similar a los adultos. Pero, como suelen ser asintomáticos, se los testea menos.

Según los investigadores, existe evidencia de que las escuelas constituyen epicentros de contagio y son diseminadoras del Sars CoV-2 en naciones como Canadá, Reino Unido, Estados Unidos e Israel. Muchas instituciones, a lo largo de la pandemia, han cerrado sus puertas y vuelto a abrir de manera intermitente. Algunas, incluso, han apelado a modelos educativos mixtos, alternando presencialidad y virtualidad según los casos. En este marco plantean: “Por supuesto que cerrar escuelas tiene impacto económico y productivo, pero aumentar la transmisión comunitaria tiene impactos mucho mayores si obliga a otro tipo de restricciones debido a la saturación de la capacidad del sistema de salud”. Y rematan: “En términos del impacto sobre la pobreza, inequidad y deserción, se pueden tomar medidas mucho más convenientes como garantizar conectividad y computadoras a todos los alumnos, identificar deserciones para realizar apoyos o tutorías”.

En este marco, la ventilación de las aulas, el uso de barbijos y la puesta a punto de una logística que evite aglomeraciones en recreos y horarios de ingreso y egreso serán claves. Jorge Aliaga promueve la instalación de sensores de CO2 para medir la ventilación del aula, que en países como España y Estados Unidos tienen una gran difusión. “Estoy insistiendo mucho en que hay que prestar atención al tema de la ventilación en los espacios cerrados. Una manera de medir si el aire está muy respirado es calcular el nivel del dióxido de carbono”, propone Aliaga. Cuando las personas respiran emiten gotitas que quedan flotando en el aire, en las que puede haber virus y los individuos se pueden contagiar. Por ello, “cuanto más respirado esté el aire”, esto es, cuanto menos renovado esté, sube la probabilidad de infectarse. “El objetivo es garantizar que el aire se está renovando, medir cuánto sube el dióxido de carbono brinda una idea de cuánto se está acumulando y cuánto no se está renovando por el cambio de aire. En las aulas sería fundamental”, puntualiza el físico.

La apertura de los colegios a cualquier costo será riesgosa, advierten los especialistas: se hace difícil mantener la distancia social, la higiene de manos y superficies y, sobre todo, la ventilación necesaria. Los protocolos y las burbujas no se cumplen así como así, impican adecuación de infraestructura, dificultades logísticas que deben contemplarse y que, en muchos casos, no se están comprendiendo en su real dimensión. Al mismo tiempo, admiten que la vuelta a clases presenciales se configura una demanda social muy importante. 

La vacunación masiva calienta motores

Mientras que los casos se desaceleran y se discute la vuelta a clases presenciales, el panorama no es tan desolador porque los lotes de Sputnik –con millones de dosis– comenzarán a llegar la semana próxima. Además de los miembros del personal de salud –en especial aquellos que se encuentran a la vanguardia en la lucha contra el virus– tras la recomendación realizada por Anmat, podrán inmunizarse los mayores de 60 años, uno de los grupos que ha presentado los índices de mortalidad más preocupantes desde que inició la pandemia en Argentina y en el mundo. De hecho, Alberto Fernández, Ginés González García y Daniel Gollan recibieron las propias como muestra de confianza hacia las drogas que se inoculan y se inocularán en los cuerpos de los ciudadanos argentinos.

Además de la fórmula rusa, para marzo se esperan millones de dosis provenientes desde México: el Laboratorio Liomont está, en el presente, envasando la sustancia activa que produjo y envió la planta local de mAbxience (Grupo Insud, del empresario doméstico Hugo Sigman). Asimismo, se aguarda por el millón de dosis acordada con la empresa estatal china Sinopharm y los millones convenidos con la plataforma Covax administrada por la OMS. La inmunización masiva en el país calienta motores. El entusiasmo es tal que en la provincia de Buenos Aires, a través de la página dispuesta por el gobierno provincial, ya se anotaron más de un millón de personas a la espera de la asignación de un turno y de inyectarse la protección frente al Sars CoV-2. Falta mucho, pero falta menos.

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