Adelanto de Tres golpes en la ventana, el nuevo libro de Edgardo Esteban

Un disparo en la noche

El drama de la historia reciente de la Argentina, entre el Cordobazo y el regreso de Perón en 1972, atraviesa la novela autobiográfica del director del Museo Malvinas y autor de Iluminados por el fuego, que publica Grupo Editorial Sur.
Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972.Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972.Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972.Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972.Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972.
Joaquín Estevan, en una imagen de mayo de 1972. 

Joaquín mira impávido “La Escopeta”, el programa de humor de Hugo Moser, en donde trabajan Olinda Bozán, Perla Caron, Ulises Dumont y las hermanas Pons. Aunque quiere reírse, esta vez se divierte poco. Molesta y quejosa por la panza, Rubí intenta dormir. En el borde de la cama, sus hijos siguen despiertos: Eva se chupa el dedo y abraza a su muñeca y Floreal juega con su pesado autito Duravit.

De pronto, unos golpes en la puerta perturban la tranquilidad. Joaquín salta como un resorte.

Se sienta apoyando la cabeza en el respaldo. Duda en atender a esa hora de la noche a la extraña visita. Siente un mal presagio, pero sabe que desde afuera se escucha el televisor.

— Puede ser mi viejo que trae al nene —inquieta por los golpes, Rubí habla debajo de la frazada—. Si es Lalo, que entre rápido y no tome frío. Después nos vuelve locos con el dolor de oído.

Joaquín se levanta, a través del vidrio empañado trata de observar por la ventana si está estacionado el Di Tella de su suegro. La luz de mercurio colgada en el poste de la esquina por la fuerza del viento se balancea de un lado al otro y dificulta la visión.

Golpean de nuevo, esta vez con más fuerza. La extraña visita parece apurada. Joaquín se pone el pantalón manchado con brea que aún está sobre la cómoda y con la camiseta blanca sale de la pieza. Floreal corre detrás y, como jugando una carrera, logra llegar a la puerta antes que su papá, al mismo tiempo que, por tercera vez, golpean.

— ¡Esperá, Rulito, no abras! ¡Es peligroso! —Pero es tarde, Floreal la abre y se ríe por ganarle a su papá.

— ¡Hola, Joaquín!

Padre e hijo se quedan paralizados al no ver al viejo Leguizamón. Es Tito Corteza, el hombre más poderoso del Peronismo de la zona. Se refleja en su cara mojada la tenue luz de la lamparita de 40 watts que está colgada sobre la puerta de acceso al pequeño departamento de tres ambientes. A mitad de la escalera, está Pedro Martínez, que se esconde protegido por la oscuridad de la noche. Es el presidente del PJ local y candidato seguro a intendente de Morón en las próximas elecciones. Porta en su mano derecha un revólver calibre 38.

Sin pedir permiso, Tito Corteza entra al comedor de paredes salpicadas de color verde que está pegado a la cocina y al cuarto matrimonial.

Rubi y Lalo, fotografiados en 1965.

Rubí supone que Joaquín está hablando con su suegro, escuchando las quejas por el comportamiento de su hijo Lalo. Cambia de canal y pone “Hollywood en Castellano”, están proyectando “Los Siete Magníficos”, protagonizada por Yul Brynner, Steve McQueen y Charles Bronson. No le gustan las películas de vaqueros. Está molesta por la panza y se acuesta de costado para intentar dormir. Escucha de lejos una discusión y no es la voz de su padre. Se inquieta, siente que no es el momento ideal para tener una reunión para hablar de política y menos a esa hora.

— ¡Pasá! Bueno, ya entraste —Para Joaquín ese hombre que lo duplica en edad no es un extraño, lo conoce bien. Intenta dar un abrazo de compromiso, pero el visitante lo rechaza.

Joaquín alza a Floreal y lo pone sobre la mesa. Tito, como si estuviera ebrio, tambalea y tropieza con la pata de madera de una silla y se sienta. Abajo de la campera negra, a la altura de la cintura sobresale un bulto. Parece un arma.

— Tigre, vengo a molestarte cinco minutitos. Necesito que hablemos.

En la mesa aún están los platos con restos del pollo y un vaso con vino, Joaquín los lleva a la cocina. Evita sale del cuarto, corre descalza hacia su papá. El extraño es indiferente y ni la mira.

— Vengo a pedirte un favor, necesito que me consigas una reunión con el doctor Raúl Matera. La hija de Pedro tiene puntadas en la cabeza, los médicos no le pueden diagnosticar con claridad qué tiene. ¿Me lo llamás al doctorcito así la atiende él? —El visitante apoya los codos sobre la mesa. Joaquín escucha sin dar respuesta, sabe que esa presencia está por otros motivos.

— ¿Qué querés, en serio? Para pedirme eso no hacía falta que vinieras a mi casa a esta hora. Me llamabas y listo.

— La verdad, vengo por lo que ya sabés, pelotudo. ¡Sos un pendejo de mierda! Te querés llevar a todos por delante y con nosotros no se juega —el extraño reacciona, se para, grita y lo señala amenazante.

Floreal y Evita se asustan. Sin entender lo que sucede se aferran a la pierna de su papá.

Joaquín no puede frenarlo. Al mismo tiempo, intenta sacar del lugar a sus hijos. El visitante lo toma del hombro, forcejean y el tipo le tira un manotazo.

— ¡Papito! —Eva está aterrorizada, se resiste a alejarse de su papá.

— ¡Te cortaste solo, gil de cuarta! ¡Te atreviste a jodernos con esos volantes de mierda. Vos no sabés con quién te metiste —El llanto de Eva desespera a Joaquín, pero al visitante no le importan las quejas de la nena, sigue con el apriete a su rival.

— ¡Tito, callate! ¿Cómo venís a mi casa y te atrevés a decirme estas cosas? ¡Estás loco! A vos te calentaron la cabeza con esas mentiras. ¡Andate ya mismo! ¡No te permito un insulto más! Tomatelás, antes de que te saque a patadas en el culo.

— ¡Papito, tengo miedo! ¡El señor es malo! —Evita no entiende pero no le prestan atención.

— ¡Measte fuera del tarro! ¡Sos un bocón! —Ambos forcejean en el pequeño living.

— Tito, estás en mi casa, respetá a mi familia. ¡Rajá! No te lo voy a perdonar esto —Joaquín empuja al visitante, lo lleva hacia la puerta.

— ¡Pelotudo de mierda, te mandaste una gran cagada! ¡Nos escrachaste y ahora la vas a pagar caro! —enfurecido, rojo de ira, cuando habla le sale baba blanca de la boca.

— ¡El problema son ustedes y el autoritarismo partidario! ¡La militancia no soporta más a los patoteros y los aprietes de los gerontes que se creen los dueños del partido! —Joaquín lo empuja de nuevo para que salga de su casa. Por un instante, frena su impulso, mira a su hija, no sabe cómo contenerla y, a la vez, quiere sacarse el problema de encima. Pero el hombre le lanza una patada certera que precipita todo—. ¡La concha de tu madre! ¡Hijo de mil putas! ¿No ves que están las criaturas?

— ¡Con nosotros no jodés, pendejo! ¡La vas a pagar! Te vamos a dar una lección para que entiendas quién manda en Morón. Nadie mea fuera del plato y menos vos, pibe. Vamos afuera. ¡Salí ya!

En medio del forcejeo entre los dos, aparece desde las sombras de las escaleras Pedro Martínez, que también agarra a Joaquín y se suma al intento de bajarlo a la calle. Todo ocurre en un segundo, tiran sillas, la mesa choca contra la pared.

— ¡Vos venís, te vamos a dar una lección!

Evita se queda paralizada en la inmensa soledad de ese pequeño cuarto, Floreal corre a buscar la ayuda de su madre.

— ¡Mami, se lo quieren llevar a papá! —le advierte a Rubí que se incorpora en la cama alarmada.

— ¿Quién quiere llevarse a tu papá? —Se pone apresurada el deshabillé y sin atárselo sale al comedor—. ¿Qué pasa, amor? —Como si fuera en cámara lenta, escucha un disparo, ese segundo se convierte en una eternidad. No entiende lo que está pasando. No sabe si gritarles a esos extraños que forcejean con su compañero. De repente, ve que él está sangrando. Por un instante se queda paralizada. Cierra los ojos, es una pesadilla, es imposible que sea real lo que está pasando. Tiembla de espanto y al mismo tiempo siente frío. Corre hacia Joaquín, tomándose la panza.

— ¡Paren! ¡Paren! ¡No discutan más!

La bala calibre treinta y ocho recortada le pegó a Joaquín en el abdomen. Por segunda vez, Pedro Martínez apunta y aprieta el percutor. Ese disparo pasa a centímetros de la cabeza de Eva y se incrusta en los azulejos del baño.

— ¡Estás loco, disparaste! —Joaquín siente en la carne blanda el orificio que le dejó la bala. Busca con su mano derecha la herida, mientras la camiseta blanca comienza a cambiar de color—. ¡Hijos de puta, me quemaron! ¡Vinieron a matarme a mi propia casa adelante de mis hijos!

Joaquín se aferra a los visitantes para impedir que huyan. Con la mano ensangrentada toma del brazo a Tito Corteza. Ya no tiene fuerzas. Aún con el arma en la mano, Martínez lo empuja y Joaquín cae. Los dos hombres salen presurosos y descienden saltando los escalones.

Joaquín se levanta, trata de seguirlos pero sus piernas se acalambran y no le responden.

— ¡Amor! ¡Ay, Dios! —Rubí lo abraza, lo sostiene sin entender todavía qué pasó. Con la mano intenta apretar la herida, cubrir esa mancha de sangre que aumenta.

En la calle, alertado por los gritos y los disparos, llega el Ruso, el vecino de al lado. Sostiene un palo, intenta detener a los delincuentes en medio de la huida. Pero lo desplazan con un empujón, sin dejarle la posibilidad de reaccionar.

Pedro Martínez gatilla su arma apuntando a la cabeza del Ruso, pero esta vez la bala no sale.

Junto al otro cómplice, corren hasta la esquina, los esperan dos integrantes más de la Agrupación que están agazapados en un Chevrolet color azul, con el motor encendido. El bramido del auto se escucha cuando dobla en la esquina, cuando agarra la Gaona. Pedro Martínez y Tito Corteza cumplieron su objetivo, con una bala bang bang hieren de muerte a Joaquín. Ahora protegidos por la oscuridad de la noche, huyen como ratas con rumbo desconocido.


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