Para inicios de la década del 30, el fútbol ya estaba encaminado a convertirse en el espectáculo deportivo de masas por excelencia del siglo XX. Sin embargo, jugarlo, tenía por entonces sus riesgos, ya que el balón contaba con un pico por el que se lo inflaba y que solía provocar lesiones en los cabezazos.

En Bellville hallaron la solución a este problema: una pelota con costuras internas y sin boca expuesta. El invento fue patentado en 1931 con el nombre de Superball.

En Rosario, Sirio Vacarezza, un ex jugador de la liga cordobesa, supo encontrarle la veta comercial. Su abuelo, un relojero suizo, había llegado en el siglo XIX a Carcarañá soñando "hacer la América" y ahora él, emprendía el camino inverso al Viejo Mundo con el mismo objetivo.

Con la licencia de la Superball en su bolsillo, él, la Nona, su esposa y sus dos hijos -Silvio y (Juan) Carlos- hicieron las maletas y cruzaron en Atlántico, para instalarse en la localidad de Lavagna, en Liguria. Era 1936, y allí don Sirio instaló la fábrica europea de la Superball Vis, con patente y capitales argentinos.

Con dos centenas de operarios, los nuevos balones comenzaron a ganar mercado y a rodar en el césped de los estadios europeos. La familia Vaccarezza llevaba un pasar desahogado, adaptados a la vida en la pequeña ciudad a orillas del Tirreno. Don Sirio viajaba por toda Europa, promocionando el producto.

La entrada en la guerra de Italia en junio de 1940 (con Francia ya ocupada), no amedrentó a los Vaccarezza: la propaganda oficial insistía en una guerra corta, de meses, y en Lavagna la vida seguía su curso normal: la guerra era algo que sucedía en los periódicos y la radio. Los jóvenes Vaccarezza siguieron asistiendo al colegio C Colombo y continuaban soñando, como adolescentes que eran, una vida recorriendo los mares.

En julio de 1943, los acontecimientos se dispararon: los aliados desembarcaron en Sicilia, y desde allí comenzaron a avanzar hacía el norte. El rey Víctor Manuel inició entonces conversaciones con los aliados, que determinaron la detención de Mussolini y finalmente la firma de un armisticio en septiembre. Lejos estaba aún el final de la guerra: Mussolini fue rescatado por los nazis y puesto al frente de una República títere al norte de Italia, los aliados quedaron detenidos en la línea Gustav. Lavagna quedó en zona fascista (de hecho bajo control del ejército nazi). La guerra irrumpió y se dibujó entonces en sus cielos.

Cuenta en sus memorias Silvio Vaccarezza que él y sus amigos estaban habituados a ver atravesar rumbo al Norte los cazas aliados, pero hubo una tarde que, después de un raid de reconocimiento, los aviones enfilaron hacia la ciudad y las bombas cayeron: la guerra los había alcanzado.

Para sortear la acechanza de muerte que representaban los bombardeos, la familia se mudó a una pequeña villa al Este de los Apeninos: Santa María del Taro. Allí la guerra de nuevo parecía alejarse, sin embargo no tuvieron en cuenta que las montañas eran zona de resistencia antifascista.

El 10 de julio de 1944, una patrulla alemana fue atacada por los partisanos, por lo que la Wehrmacht entró en el pueblo en busca de represalias. Así fueron detenidos los Vaccarezza.

De nada les sirvió su pasaporte de Argentina, que era un país neutral, ni la celeste y blanca en el frente de la casa. El oficial a cargo, el Capitán Zimmermann, andaba un poco flojo en geografía y pensaba que por el sólo hecho de ser americanos, eran enemigos del Reich. Sirio y su hijo mayor, Silvio, fueron acusados de espionaje (¡como estadounidenses!) y sentenciados a muerte. A Lina, la esposa, y al hijo menor, Carlos, los dejaron libres.

Silvio no olvidó en su vida aquellas horas: el encierro, los interrogatorios, la brutalidad de las torturas y las vejaciones sufridas.

Lina, en un acto de arrojo, (la desesperación hace nacer la fuerza que no se tiene), emprendió esa noche, junto a Carlos, el cruce de los Pirineos. Marcharon de noche 32 kilómetros en la montaña, violando el toque de queda, hasta la ciudad de Chiavari, en donde Lina contactó autoridades italianas fascistas que conocían a la familia. Como el Séptimo de Caballería, llegó al pueblo acompañada por policías italianos, que lograron sacar a Sirio y Silvio de la lista de prisioneros para el pelotón de fusilamiento. Fueron liberados poco antes de la hora estipulada para la ejecución. Los otros 18 detenidos no tuvieron la misma suerte.

Al regresar al hogar, descubrieron que había sido vandalizado. No les quedaba nada material, pero ¿podía importar? Estaban vivos y estaban juntos. Con un salvoconducto alemán para abandonar Italia, la familia se dirigió al norte, y ya con el respaldo del cónsul argentino en Ginebra, ingresaron a Suiza.

Regresaron al país en el Cabo de Hornos en junio de 1945, el primer barco que zarpó de Europa con rumbo a Buenos Aires después del fin de la guerra.

*Profesora de historia.

**Profesora de la Universidad de Buenos Aires e investigadora de Museo del Holocausto.