Aun si Vladimir Putin fuera un ejemplo de democracia y respeto a los derechos humanos, su tesis y probablemente su accionar al invadir Ucrania sería el que se desarrolla ante los ojos azorados de casi todos, dadas las percepciones rusas respecto a la conducta de la OTAN y EE. UU. al encerrar a Rusia.

Christopher Clark, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, en su libro “Sonámbulos: como fue Europa a la guerra en 1914”, utiliza como herramienta analítica la forma de pensar (“mind set”) de serbios y otros partícipes del proceso. Publicado en castellano por Galaxia Gutenberg, fue un éxito editorial mundial. Título en inglés: “Sleepwalkers”. Clark es el profesor “senior”, v.g. Regius, de Historia Moderna de la Universidad de Cambridge. Ostenta numerosos premios británicos, alemanes y franceses, además de haber sido condecorado por Isabel II en 2015 como Knight Bachelor. Ahora es Sir Christopher Clark.

En la guerra desatada el jueves, los medios europeos y estadounidenses prefieren el relato que emana del establishment  de EE.UU. desde el desmembramiento de la URSS entre 1988 y 1991. Al hacerlo en años subsiguientes han dejado de lado esta categoría junto con la historia. 

Página/12, según se lee en las notas del 22 y 24 de febrero de Dominique Galeano, Eduardo Febbro y Atilio Boron, proporciona a sus lectores un análisis menos sesgado. A lo explicado por ellos hay que agregar elementos que comienzan con la anexión de Ucrania y Crimea por Catalina la Grande en 1783, además de las cuatro invasiones no provocadas por Occidente de Rusia desde el siglo XVIII.

La historia revela que Rusia gobernó Ucrania y Crimea desde 1783 y que elementos de la población ucraniana se aliaron a Hitler, algo que rusos como Putin, que sacó el tema en sus discursos previos a la invasión, no olvidan.

Las invasiones que explican el pavor ruso al embolsamiento o cerco fueron:

  • La sueca, 1708-9, por Carlos XII, que fue derrotado por Pedro el Grande.
  • La francesa, que encabezó Napoleón en 1812 y terminó con cientos de miles de muertos y su abdicación.
  • La de 1853-56, que terminó con la caída de Sebastopol y la derrota rusa por una coalición integrada por Francia, el Reino Unido, el Imperio Otomano y el reino de Cerdeña-Piamonte.
  • La de Hitler en 1941, que terminó con la URSS entrando en Berlín en 1945.

Estas invasiones terminaron con los rusos llevándose puestos tres imperios: el sueco, el napoleónico y el de Hitler.

El imperio soviético, con su cinturón de países satélites entre Europa Occidental y la URSS, además de crudo imperialismo ideológico territorial, puede ser visto como causado por el deseo/necesidad de protegerse de Occidente con aliados.

Durante el proceso de desmembramiento de la URSS (1988-91) el presidente George H. Bush (padre) y su secretario de Estado James Baker prometieron en conversaciones y correspondencia a Mikhail Gorbachev, entonces líder del imperio que se desmoronaba, que “no se avanzaría ni una pulgada hacia el Este si Gorbachev aceptaba la reunificación alemana”. 

Hans-Dietrich Genscher, el ministro de Relaciones Exteriores alemán cuando Heinrich Kohl era Canciller federal, dió reiteradas seguridades a los rusos. Margaret Thatcher se sumó, asegurándole a Gorbachev que “no se hará nada que mine la seguridad rusa”. Su sucesor, John Major, repitió las seguridades otorgadas por Bush, Baker y Thatcher.

El presidente Bill Clinton y su secretaria de estado, significativamente de origen checo, procedieron a ignorar estas promesas. Comenzaron a invitar a países recientemente salidos de la órbita rusa a ingresar a la OTAN. George W. Bush (hijo) coronó el proceso.

Pasaron a integrar la OTAN, a partir de 1999, Polonia, la República Checa y Hungría. En 2004 se agregaron Estonia, Lituania y Letonia, Eslovaquia, Bulgaria y Georgia. A Ucrania se la invitó en 2008 pero se retiró la invitación en rara muestra de sensibilidad histórica. En conjunto, forman un doble cinturón, que la forma de pensar rusa, repite Putin, dada la experiencia histórica rusa, pone en peligro su seguridad, así como su existencia como nación.

La impotencia militar de occidente queda patente. Rusia mueve 160.000 efectivos. La OTAN, aun con los recientemente anunciados refuerzos de 8400 tropas, no suma más de 14.000 efectivos. Los doce enormes portaviones nucleares de EE. UU. que insumieron diez mil millones de dólares promedio cada uno, demuestran sus limitaciones. Estas restricciones militares llevan a un ostentoso despliegue de sanciones de dudosa implementación, e históricamente, nulo efecto.

Alemania necesita de gas ruso no solo para calefacción sino para su enorme complejo industrial petroquímico. No hay fuentes alternativas. Gas de otro origen tendría un costo mayor requiriendo, además, plantas gasificadoras de las que Alemania carece. Solo hay una planta en España.

A las sanciones sobrevivieron los gobiernos de Cuba, Irán, Iraq y Libia. Por ende, de estas sanciones, que más semejan bravatas, no cabe esperar nada. Además, la opinión pública estadunidense es en un 53 por ciento opuesta a intervenir militarmente en Ucrania. Ver “America’s role in the Russia and Ukraine situation – AP-NORC” https://apnorc.org/projects/americas-role-in-the-russia-and-the-ukraine-situation

Ya hace siete años, el 05-03-2014, en el Washington Post, Henry Kissinger abogó por una cuasi neutralidad por parte de Ucrania o una política de no agresión hacia Rusia como ingrediente de la política exterior de Ucrania, tal como ocurrió desde la posguerra en Finlandia y Austria.

Tener estos elementos en cuenta explica, pero no excusa. Tampoco disculpa. Eso sí, revela que esta guerra recién estrenada tiene elementos tanto de inevitabilidad como de políticas evitables. Maquiavelo, que aconsejaba dejar poco librado a la fortuna, se horrorizaría. Entre las evitables se encuentra la conducta política de los EE.UU. liderando la OTAN en su expansión hacia el este. Lo que viene haciendo Putin es totalmente previsible por más que caiga mal.

* Politólogo argentino. Universidad de Cambridge.


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