“Ser hermano de un autor famoso confiere grandes obligaciones y muy pequeñas distinciones. El profesor Stanislaus Joyce, que murió en Trieste a los setenta años, sobrellevó su singular carga con nobleza y disconformidad”.

Con estas palabras, Richard Ellmann, el gran biógrafo de James Joyce, presentaba el libro de memorias personales de Stanislaus -el hermano tres años menor de James- que quedaría inconcluso, pero que, aun así, consta de cinco partes robustas y bien constituidas: “La tierra”, “El retoño”, “Cruda primavera”, “Maduración” y “Primera floración”.

El libro Mi hermano James Joyce se dio a conocer en 1957 con un prefacio de T. S. Eliot y una introducción del propio Ellmann, quien publicaría su monumental trabajo sobre Joyce dos años después, en 1959. Hubo una edición en castellano con la traducción de Berta Sofovich de Fabril Editora en 1961, y ahora, a cien años de la aparición de Ulises, es rescatado por Adriana Hidalgo.

“Stanislaus fue de los primeros en reconocer el genio de James Joyce”, señala Ellmann “pero su carácter le resultaba ‘muy difícil’ y su obra final un despilfarro. A pesar de estas reservas, vivió una vida en gran parte moldeada por su hermano, combatió con ferocidad el derecho de los demás a criticar a James y, en el momento de su muerte, llevaba escrita una parte sustancial de las memorias de una vida en común”.

Una vez que se va dejando atrás la sorpresa inicial por estar leyendo las memorias (o, incluso, la autobiografía) de un hombre que en realidad está mirando por los ojos y escuchando por los oídos y recordando y dialogando con el pasado de dos hombres, y dejando de lado todo psicologismo que Stanislaus habría rechazado (quizás, James, no), queda la rotunda sensación de estar frente a un libro excepcional, fruto de una originalidad quizás no buscada y, sin embargo, encontrada.

El carácter de inconcluso le agrega misterio y sabor al logro de Stanislaus Joyce, ya que lo que finalmente llegaría a los lectores es una textualidad que produce ese mismo efecto “introductorio” de los primeros libros de Joyce: parece que solo se trataran de meros preparativos para la obra mayor de 1922, el Ulises, pero bien mirado, es un efecto retrospectivo por la grandeza del monumento y por la adenda hermética del Finnegan’s Wake (este último libro fue expresamente repudiado por Stanislaus al momento de su publicación, y antes le había insistido a James para que lo abandonara). Pero resulta que esos libros, particularmente DublinesesRetrato del artista adolescente son tan materiales, rotundos y estructuralmente, compositivamente calculados como seguramente pretendía serlo Mi hermano James Joyce en tanto ambicioso proyecto literario concebido a partir de las anotaciones y entradas típicas de una “Memoria”. Una serie de partes formalmente autónomas, ejercicios de composición extremadamente complejos en los que los elementos biográficos, las experiencias personales de uno y de otro, fusionadas, indiscernibles a veces, fueran a verterse en un Plan Maestro al que responden todas las partes. Un proyecto tan racional que a medida que avanzaba, seguramente se iba tiñendo de matices y tonalidades alucinantes.

¿Podría conjeturarse que, inconcluso y todo, las cinco partes de Mi hermano James Joyce, aspiraban secretamente, y todavía a su modo aspiran, a ser integrados a ese Plan Maestro que ya no sería solo el plan del hermano célebre sino de los dos?

La lectura de Mi hermano siempre deja flotando la sensación de que Stanislaus no se está apropiando de la producción de James, sino que está construyendo desde la raíz un linaje que los enraice al mismo suelo nutricio. Por obra del destino que truncó lo demás, el libro llega a presentar un cuadro de lazos filiales y afinidades intelectuales hasta los veintidos años de James, apenas veinte de Stanislaus, los dos sometidos a la fuerza devoradora de la figura del padre (con quien James se llevaba mucho mejor que Stanislaus), es decir, que se quedó afuera la parte más conocida posteriormente de su relación en Trieste, la ciudad-puerto de Italia que en esos años anteriores a la guerra de 1914 pertenecía a Austria, y a donde primero se había marchado James al exilio. Es la historia de un Stanislaus responsable, proveyendo para la manutención del genio, su apoyo incondicional para que sus libros fueran finalmente aceptados por las editoriales y, en contrapartida, un James ya más liberado, tentado a veces por los pecados que en su adolescencia solían torturarlo, y definitivamente abocado en cuerpo y alma a consumar su obra literaria, programada, ejecutada ya sin tantas vacilaciones, un esfuerzo y un triunfo de la voluntad.

El exilio de Stanislaus fue más severo todavía, porque además de las dificultades para incorporarse a la universidad, a pesar de ser un destacado investigador y docente y al hecho de que finalmente sería admitido dando comienzo a una extensa carrera académica, sufrió mayor persecución. En un comienzo, las autoridades austríacas no molestaban a los súbditos británicos, con lo que, según un relato de James, Stanislaus se confió demasiado: paseando por la ciudad con un amigo irredentista, fue arrestado y encerrado en un castillo austríaco. Mientras tanto, a James se le permitiría emigrar con su familia a Suiza y pasaría los años de la guerra en relativo bienestar en Zúrich, donde escribió la mayor parte de Ulises. Así todo, el confinamiento de Stanislaus finalmente no sería tan severo y al finalizar la guerra volvió a Trieste y retomó sus clases.

STANISLAUS  JOYCE

A lo largo de todos esos años Stanislaus fue siguiendo la carrera de su hermano genio, bancándolo, a veces distanciándose y reflexionando en forma obsesiva y constante sobre el pasado en común y los puntos de vista que se acercaban y se alejaban según los vaivenes de la Historia, la literatura y, sobre todo, la religión católica en la que se habían formado con los jesuitas, y de la que él había abjurado precozmente con mucha más violencia que James.

Desde muy joven Stanislaus se acostumbró a registrarlo todo. Era minucioso y leía con lentitud, a diferencia de James, más descuidado, intuitivo e intelectualmente despabilado. Hasta que esos apuntes, esos registros, esos pensamientos espiralados y embebidos en un obcecado realismo de base, se fueron convirtiendo en memoria, y esas memorias, cada vez más conscientemente, se fueron convirtiendo en un libro extraño, rigurosamente alocado: la memoria propia, las memorias del Otro, en un conjunto indistinguible.

Se supone que la infancia y la juventud compartidas tan estrechamente (Stanislaus no sólo era el hermano menor, sino que entre los numerosos hermanos y hermanas, ellos dos eran el par inseparable) fueron una verdadera usina de anécdotas, temas, tópicos y hasta matices que Joyce vertería en sus libros, sobre todo cuando decidió que ya no debía insistir con la poesía sino aplicar todo su rigor formal a la narrativa (“Yeats daba pruebas de su perspicacia y sensibilidad de poeta, más que de crítico, vaticinando que la prosa, no la poesía, sería el medio de expresión de mi hermano”). Stanislaus confiesa haberse dado cuenta muy pronto, y ser el primero en entender que “la crudeza y no la delicadeza sería la tónica fundamental de la obra de mi hermano”.

Sigue esos derroteros paso a paso, como un sabueso cariñoso pero punzante con los defectos, buscando extraer el perfume añejo y misterioso de cada indicio del pasado, de cada detalle, minuciosamente, la risa extravagante de James, su manera de caminar, de fumar, de mirarlo, todo, todo está registrado.

Mi hermano James Joyce resulta un registro intensivo de memoria familiar y subjetiva, pero además se convierte en el perfecto reverso del Retrato del artista adolescente, casi su negativo, o una condensación diferente pero reconocible, a la manera de otra versión de Stephen el héroe, el primer eslabón de la cadena.

“Mi hermano realizó su obra más importante al cerrarse una época de la historia de Irlanda, quizás podría decirse de Europa, dando de ella una imagen comprensible a través de la vida cotidiana de una gran ciudad”, apunta tempranamente Stanislaus. “Siempre sostuvo que había tenido la suerte de haber nacido en una ciudad lo suficientemente antigua e histórica como para poder abarcarla en su conjunto, y creía que las circunstancias de nacimiento, talento y carácter lo habían destinado a ser su intérprete. A esta tarea se dedicó con tanta sinceridad que el cataclismo de la primera guerra mundial le pareció una perturbación insignificante”.

Hasta el final de sus días, Stanislaus se dedicó a ser el intérprete de su hermano. Moriría casi quince años después que James, rumiando todo ese pasado y todo ese presente de la gloria inmortal, de la fama literaria, del genio, de la vieja Dublín, de los tercos jesuitas.

 

Stanislaus Joyce murió –increíblemente, podría decirse- el 16 de junio de 1955, un Bloomsday inventado por James, un día tan irlandés como trágicamente argentino.