Silvio Lang le puso cuerpos al poemario Diarios del odio, de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny
El odio como pasión política universal
Los poemas con comentarios de lectores de las ediciones digitales de Clarín y La Nación durante el kirchnerismo primero se trasladaron a una muestra y ahora se convierten en performance con intérpretes de la Organización Grupal de Investigaciones Escénicas.
“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang.“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang.“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang.“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang.“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang.
“El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces”, afirma Lang. 
Imagen: Pablo Piovano

La “subjetividad fascista” que brotó durante el kirchnerismo y que actualmente está legitimada es el eje de una indagación escénica y musical dirigida por Silvio Lang. Está basada en un poemario que Roberto Jacoby y Syd Krochmalny elaboraron con comentarios de lectores de las ediciones digitales de Clarín y La Nación, que abarcan el período 2008-2015 y reaccionaban a políticas como los precios cuidados, los juicios a militares y la ley de identidad de género, entre otras. Primero hubo una instalación, después apareció este poemario y ahora Lang encara, con intérpretes de la Organización Grupal de Investigaciones Escénicas (ORGIE), una performance que hace cuerpo a los textos. “Son la cloaca del lenguaje nacional: xenofóbica, clasista, travestofóbica, misógina y homofóbica. Abrimos esa cloaca y la compartimos durante una hora y media”, dice el creador sobre Diarios del odio, la obra, que se llama igual que el libro.

Hasta ahora hubo cuatro funciones con debates posteriores e invitados, en la Universidad Nacional de General Sarmiento y en el Centro Cultural Paco Urondo. Hoy el espectáculo se presentará a las 22 en la sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037). “Horacio González lo denominó como una misa insumisa, una especie de ritual, para encontrarnos a pensar la pasión política del odio”, define Lang, que comanda a un elenco numeroso, compuesto por exalumnos suyos. “El odio no es necesariamente de derecha. También puede haber uno democrático, popular, que permite ciertos vitalismos: si no hay odio de alguna situación de saturación de vidas explotadas o subsumidas, no hay coraje vitalista que intente modificar esa posición. Así que ponemos el odio en juego como pasión política universal”, aclara.

Esta mirada queda plasmada en los dos planos escénicos que la obra contiene: por un lado, están los cuerpos relacionándose en masa y, por el otro, los enunciados de la bronca. Así lo sintetiza el director: “Es un concierto de pop evangélico. Y mientras transcurre, como si fuera un videoclip, hay una coreografía que va mutando”. Fue fundamental el entendimiento del grupo sobre una hipótesis. “Estamos ontologizados en el macrismo, todos. El macrismo es más allá de Macri. Es un modo de vida contemporáneo, de subjetivación ciudadana. En Orgie hay una idea de eso: de cierta ambivalencia, de no sobredeterminar de antemano una posición ideológica, de tratar de comprender cómo funciona eso. Y qué de eso, que reduce nuestra capacidad de vida, estalla en nosotros”, analiza Lang, “feminista y agitador queer”, creador que escapa a las convenciones, integrante del colectivo Escena Política y director de puestas como Meyerhold, en el marco del ciclo Invocaciones, y de la ópera El Fiord, entre muchas otras.

–¿Cómo llegó al poemario?

– Jacoby y Krochmalny vieron la versión que hice de El Fiord, de Lamborghini, el año pasado, y quedaron copados. Me llamaron para hacer algo en el Centro de Investigaciones Artísticas que conduce Jacoby. Me regalaron el libro, y apenas lo agarré y leí los primeros poemas dije “hay que hacer algo con esto”, ponerlo en relación con los cuerpos.

–Jacoby contó en una entrevista que se quedaba hasta las cuatro de la mañana leyendo comentarios en los medios, que lo atrapaba. ¿Usted solía hacer lo mismo?

–No, nunca fui de hacer eso. Pero siento que hace un par de años hubo una especie de conversión de la subjetividad argentina, una radicalización en una subjetivación neoliberal. Básicamente, lo neoliberal sería algo así como una ontología en la que creés que tu vida es tuya. Que sos el propietario de tu vida. Entonces, todo lo que se pueda pensar sobre una vida en común queda excluido. El libro de Jacoby y Krochmalny es una especie de radiografía de esa procedencia de la nueva subjetividad fascista argentina. Ellos dividen los poemas según los ejes de las políticas krichneristas que eran blancos de odio del macrismo de ayer, en gestación, y del triunfante: las políticas de la memoria, los precios cuidados, la ley de identidad de género, la política castrense, los derechos humanos, la política del comercio, la inclusión social. Blancos de odio con los cuales el macrismo hace su programa de gobierno para instalar un derecho al racismo. Lo que instaura el macrismo es que los vecinos y vecinas tenemos derecho a odiar a otros, a cancelar sus vidas, incluso a matar. A linchamientos, asesinatos, femicidios.

–¿Por qué pensó en llevar al cuerpo este poemario y en qué variables se enfocó?

–Las prácticas de Orgie se preguntan qué sería una vida no neoliberal. Trabajamos sobre la producción de presente colectivo y sobre cómo el performer se puede singularizar o individualizar en la masa. Este libro nos venía como al dedillo, conectaba inmediatamente con esa investigación. Los poemas dan cuenta de un tipo de enunciación y corporalidad de derecha, y esa derecha, para nosotros, es un odio a la relación. El odio de derecha es una rabia al caos democrático, a la mezcla, los cruces. A la intersección, la transversalidad, inmanencia de los cuerpos. Lo que hicimos fue transformar el plano enunciativo de los poemas en uno musical-sonoro, y armamos una banda de pop evangelista. Un poco para parodiar la idea del rebaño macrista, de cierta cultura new age que el macrismo tiene como táctica para alinear el deseo social. Se presenta desde el coaching ontológico y una suerte de comportamiento de pastores y pastoras. Vidal y Macri hablan como pastores a la población, hay un pastoreo de las masas y un odio a ellas, a cómo pueden hacer sus tejes, sus mezclas. Luego creamos otro plano, que tiene que ver con la inmanencia de los cuerpos, su anarquía, la democracia, y trabajamos con fenómenos de masas. Manifestaciones, piquetes, rituales. Creamos imágenes de ocupaciones de territorios, desocupaciones, represiones a marchas. Hay una yuxtaposición de los dos planos. Al juntarlos, hay tráficos. Las masas pueden devenir masas de derecha o emancipadas. La obra tiene esa ambivalencia.

–El formato de trabajo, el hecho de que no haya una temporada de la obra, sino que se presente esporádicamente en espacios distintos, ¿cómo influye en el espectáculo? 

–Hace poco estrené una performance sobre poemas de Susana Thénon en el Museo de Bellas Artes de La Plata. Se hizo una sola presentación y estamos viendo de armar un corredor en galerías y museos. Tiene que ver con cierta saturación, de hace muchos años, de las condiciones de producción del teatro independiente. Con cierta homogeneización que se produce en el público que recorre las salas porteñas y condiciones técnicas que limitan las narrativas. Las condiciones que las salas exigen, a veces muy parecidas a las del teatro comercial, o el tipo de arquitecturas de casas chorizo o de garajes. Esto viene hace tiempo siendo cuestionado en mi práctica. En algún momento trabajé en grandes salas, en los teatros públicos. Ahora me desplazo de esta cuadrícula de condiciones y modos de hacer que, para mí, es bastante enclaustrante y neurótica. El despliegue de un lenguaje a veces requiere inventar condiciones para hacer lo que quiero. Hacer una obra no es sólo hacerla, sino también inventar las condiciones para hacerla.

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