Desde París

Con una rara mezcla de estoicismo y autoridad, el juez Jean-Louis Périès habrá llevado sobre sus hombros una obligación fuera de lo común: durante diez meses dirigió los debates del juicio a los responsables de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París y Saint-Denis. Este 29 de junio, fue él quien pronunció la sentencia: cadena perpetua irreductible (la pena máxima prevista por el código penal francés) para Salah Abdeslam, el único superviviente de los comandos que asesinaron a 130 personas y dejaron centenares de heridos a lo largo de un sangriento periplo nocturno que culminó con la matanza en el teatro Le Bataclan. El lunes pasado, Abdeslam fue el último acusado en expresarse. Este francés de 32 años integró los comandos operativos del Estado Islámico y no hizo explotar el chaleco bomba que llevaba encima como estaba previsto. Abdeslam dijo: ”la opinión pública dijo que yo estaba en las terrazas con un Kalachnikov disparando contra la gente. La opinión pública piensa que yo estaba en el Bataclan y maté a personas. Ustedes saben que la verdad es todo lo contrario. Cometí errores, es cierto, pero no soy un asesino. Si me condenan como asesino cometen una injusticia”. El tribunal, sin embargo, estimó que, incluso si Salah Abdeslam no estuvo presente en el teatro Bataclan y los otros lugares de París donde se cometieron los asesinatos, todo debía ser tomado como una sola escena del crimen.

El enigma Abdelslam

El enigma de Salah Abdeslam nunca se resolvió a lo largo del proceso: qué lo llevó a renunciar a activar el dispositivo que llevaba encima y con el cual debió hacerse estallar y, al mismo tiempo, desencadenar una matanza la noche del 15. Nunca se sabrá cuál es la verdad. Si la suya cuando dice que no lo hizo por “humanidad”, la de sus antiguos aliados del Estado Islámico que lo acusan de cobarde, o la de los investigadores y jueces, quienes alegan que hubo un desperfecto mecánico que impidió la explosión. Ese 13 de noviembre de 2015, luego de haber conducido en auto a tres kamikazes hasta el Estadio de Saint-Denis, el chaleco de Salah Abdeslam no explotó. Durante el juicio y al final, sus abogados argumentaron que, como era el único miembro de comando que estaba con vida, se ha querido hacer con él un ejemplo y condenarlo a la pena la más alta posible sin que haya prueba alguna sobre su participación directa en los hechos. Entre septiembre de 2021 y finales de junio de 2022, Salah Abdeslam habría cambiado de perfil y de postura. Se presentó al principio como un “combatiente del Estado Islámico” para luego, bañado en lágrimas, terminar presentando sus “condolencias” y sus “excusas a todas las víctimas”. Abdeslam aportó pese a todo un ingrediente trascendente. Fue uno de los pocos que habló, pese a sus contradicciones. 

Silencios

Otros acusados se amurallaron en un silencio de fortaleza. Mohamed Bakkali explicó en un momento que no hablaba porque su palabra “carecía de valor. Mi situación es absolutamente desfavorable. Haga lo que haga o diga lo que diga, todo será considerado como una trampa de mi parte o una astucia”.  En total hubo 20 acusados, 14 presentes y seis ausentes. Las penas contra los otros protagonistas cercanos o lejanos de la matanza van de la cadena perpetua (no irreductible) a los dos años de cárcel. Entre los seis ausentes se encuentran personajes centrales de la noche trágica: Oussama Atar, un yihadista belga que reclutó al kamikaze que actuó en los alrededores del Estadio de Francia, en Saint-Denis: Ahmad Alkhald, presuntamente muerto y considerado por los investigadores como el experto en explosivos del Estado Islámico en Europa, a donde ingresó en 2015 como falso refugiado. Los hermanos Fabien y Jean-Michel Clain, muertos igualmente, pero identificados como quienes reivindicaron los atentados del 13 de noviembre. Las sentencias trazan una frontera histórica, tanto en el derecho como en la posibilidad que hubo durante estos diez meses de conocer las múltiples verdades de esta barbarie. El juicio, al que se apodó V13 (los atentados ocurrieron un viernes 13), ha sido el más importante proceso antiterrorista que se lleva a cabo en Francia. Cuando se inició nadie pensó que se llegaría al final en las condiciones actuales. La opinión generalizada era más bien la de un juicio irrealizable por su complejidad, su peso real y simbólico y la cantidad de actores que involucraba: demasiado extenso (10 meses), muchos acusados, 2.000 querellantes, 400 abogados, cinco magistrados, tres fiscales, cientos de testigos y víctimas, horas extensas de emociones, de dolor y de recuerdos negros. Pese a ello, la serenidad con la que el juez Périès llevó a cabo el juicio permitió que se realizara sin enfrentamientos, rencores o psicodramas. 

Terapia pública

El proceso fue esencial también para los sobrevivientes y los familiares de y allegados a los muertos. Se pudo comprender mejor el funcionamiento de las células del Estado Islámico, la metodología con la que fueron diseñados y ejecutados los atentados, y, también, auque de forma enredada o parcial, penetrar ese mundo confuso y turbado de los terroristas y sus diversos cómplices. El largo juicio le devolvió, como una terapia publica, la palabra a quienes, dentro del teatro Bataclan o en los cafés de París, escaparon por poco a la muerte. En Francia no hubo nada similar al vergonzoso espectáculo que Estados Unidos montó en Guantánamo luego de los atentados de septiembre de 2001. Ni torturas, ni justicia especial, ni violaciones sistemáticas a todas las escalas del de derecho. Con las armas de una democracia digna, la justicia buscó explorar la historia reciente, no privar a las víctimas de la verdad y a los culpables de la sentencia. Ha sido una extensa y lenta inmersión en los mecanismos modernos de la barbarie humana y en las formas con las cuales una democracia moderna puede penetrarla y condenarla sin abusos.

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