Por la libertad de Milagro Sala

Hace unos días, Liliana Herrero visitó a Milagro Sala en el Penal de Mujeres de Alto Comedero, en Jujuy, integrando una nutrida comitiva de la que también participaron Teresa Parodi, Juan Falú, Bruno Arias, Cristina Banegas, Luisa Kuliok, Dolores Solá y Sandra Russo, entre otros. Herrero es una de las que persiste en denunciar con fuerza la detención arbitraria de la líder de la Tupac Amaru, que ya lleva más de 500 días como presa política. “Fue un momento muy emocionante, para todos. Le cantamos a Milagro. Ella también cantó y recordó una canción que yo desconocía, el ‘Himno del retorno’ o la ‘Marcha del retorno’, que se debe haber hecho en el ’55, con la Libertadora. Ella la sabía de memoria. Compartimos un momento con ella y con sus familiares, su marido, sus hijos, le llevamos regalos. No quería que nos fuéramos, pero había otros compañeros esperando para entrar. También visitamos y cantamos en la sede de la Tupac, comprobamos luego la destrucción que hizo el gobierno de Gerardo Morales con toda la obra de la Tupac, las casas del barrio, el parque acuático, todo destrozado. Lo que ocurrió allí es criminal”, evalúa.

La campaña por la libertad de Milagro Sala continuará. “Me siento una militante y ejerzo mi militancia en la vida cotidiana, como tantos. Subirse a un escenario es un gesto profundamente político, claro está, como lo es la elección de un repertorio, el modo de pensar a qué lugar llevar ese repertorio, o la decisión de trabajar colectivamente, de dejarte o no tentar por lo que el público espera que hagas. Pero tengo que distinguir entre el escenario y la vida cotidiana. En este punto son territorios hechos de materias diferentes”, advierte.

–¿Por qué hace esa diferenciación?

–Porque el escenario es donde se juega una memoria musical, no es una tribuna política. Por supuesto que no me escindo, sigo siendo yo, con todo lo que todo el mundo sabe que pienso porque nunca me he callado. Solo que en el escenario, la política está de un modo sutil y nunca literal. No hay literalidad en el arte. Ahí la apuesta es por un acorde bien hecho, una frase bien cantada. Y eso ya es un mundo.