El avión de Alitalia que traía a Perón y a una impresionante comitiva de 150 personas integrada por reconocidas personalidades del peronismo, la cultura y curas tercermundistas arribó a la Argentina tras 17 años y 52 días de exilio. Para millones de personas se trataba de una enorme utopía que se hacía realidad, un evento descomunal y fantástico, un sueño imposible y cientos de miles se movilizaron para recibirlo. Otros de los que esperaban su arribo habían sido sus enemigos más enconados, los que habían conspirado contra su gobierno y habían sido encarcelados, como el jefe del ejército y del gobierno militar, Alejandro Agustín Lanusse y el jefe radical Ricardo Balbín, que ahora no veían otro camino que permitir el retorno de quien había sido proscripto, difamado y humillado.

El comando que quedó en la Argentina mientras Héctor Cámpora viajaba con Perón estaba integrado por el hijo de Cámpora, el secretario general del Movimiento Peronista, Juan Manuel Abal Medina, y el jefe de la CGT, José Ignacio Rucci, quienes mantenían las duras negociaciones con los jefes de la dictadura para establecer las condiciones en que sería recibido el ex presidente.

“La República no puede seguir viviendo extorsionada por los caprichos de un hombre que está muy próximo a que quede demostrado que no tiene mucho interés en servir a su patria –había desafiado Lanusse a Perón--; sino, por el contrario, lo digo levantando la voz y haciéndome plenamente responsable de lo que digo: de lo que tiene interés es de seguir sirviéndose de su patria, como lo hizo toda la vida. ¿O alguien me puede decir de un sacrificio de Perón? ¿O de un riesgo personal que voluntariamente haya corrido? Si Perón quiere venir le damos plata, ¡pero se va a quedar, porque no le da el cuero!”

La consigna “Luche y vuelve” había sido acuñada durante los años de luchas populares que se conocían como la Resistencia Peronista, pero al comenzar 1972 había sido retomada por la Juventud Peronista para convertirla en una intensa campaña de actos, pintadas y volanteadas en todos los barrios del país. La meta del “lucha y vuelve” resurgió de esa historia de viejas luchas y pasó a convertirse en un reclamo que encajaba con la coyuntura histórica.

Perón ya había intentado regresar otras veces sin éxito. En una de esas intentonas, en 1964, su avión fue interceptado en Brasil y enviado de regreso a Europa. Ahora regresaba después de casi 18 años de proscripciones inflexibles en las que los diarios solamente podían referirse a él como el “tirano prófugo”. El peronismo estaba proscripto y cualquier manifestación o acto en su nombre era duramente reprimido.


La organización del regreso

El pueblo peronista había experimentado todas las formas de lucha, desde la insurrección con la toma del frigorífico Lisandro de la Torre y el levantamiento del barrio de Mataderos, hasta la guerrilla en distintas zonas, aunque las más conocidas fueron las de Uturunco y la de Taco Ralo en Tucumán; había intentado fórmulas electorales, como la de Framini-Anglada, que también fueron proscriptas, habían surgido así grupos primero espontáneos que realizaban atentados con artefactos caseros y después más organizados hasta que surgieron las llamadas formaciones especiales.

La represión había sido sangrienta, con fusilamientos de militares leales y civiles, con desaparición de militantes y cientos de presos políticos. Lo habían intentado todo, y no habían podido desarraigar la esperanza que seguía en el corazón de millones de trabajadores con el nombre de Perón. Estaba activa la generación que había vivido los primeros gobiernos peronistas, a la que se sumó la nueva generación de jóvenes, muchos de los cuales renegaban del pasado antiperonista de sus familias, para sumarse a las luchas populares.

El sistema que se basaba en la desaparición del peronismo había fracasado. El escenario político, representado por lo más raleado del antiperonismo, reconocía su fracaso, como fue el caso de Balbín. Lanusse hizo un último movimiento desesperado. Desafió a Perón, confiando en que el viejo dirigente ya había cumplido su ciclo vital y no estaría dispuesto a regresar. La presión popular por su retorno era cada vez más fuerte y favorecía el crecimiento de las organizaciones guerrilleras que habían relanzado la consigna. La dictadura imaginó que si Perón no regresaba, el movimiento peronista quedaría herido de muerte.

Pero Perón tomó el guante. Abal Medina era hermano del jefe guerrillero muerto que había participado en el secuestro y fusilamiento del general Aramburu. Su designación al frente del Movimiento no había sido casual. “Tenía buena relación con Lorenzo Miguel y, a través de él, con Rucci –recordó Abal Medina en una entrevista con Página 12-- en las discusiones que teníamos con los militares para preparar el retorno, Rucci tenía una posición dura, en eso estábamos comprometidos”.

La situación era tensa al extremo. Los sectores populares se iban a movilizar aunque no fueran convocados. Los militares estaban seguros de que habría hechos de violencia. El clima atemorizante que crearon a través de declaraciones y de los medios era que el retorno de Perón provocaría caos y violencia.

Perón había pedido que se tranquilizara al pueblo. Abal Medina recuerda que “Rucci y yo le aclaramos al general que podíamos responder por los agrupamientos que después serían la JotaPe de las Regionales y por el movimiento obrero. Pero que habían sectores imprevisibles, como el Comando de Organización”.

“La CGT y nosotros creíamos que el regreso era posible --rememora Abal Medina--. Otros, como Guardia de Hierro, no lo creían porque decían que no estaban dadas las condiciones”.

Durante la mañana, a la convocatoria de las unidades básicas de JotaPe y de los sindicatos, se sumaron miles de personas dispuestas a llegar a Ezeiza para recibir a Perón. La noticia de que el avión había despegado de Italia y que arribaría a la Argentina se difundió rápidamente en los barrios de la ciudad, en los suburbios y en los pueblos y las capitales provinciales. La gente empezó a llegar en los trenes y se formaban grupos en el centro de Buenos Aires, donde se concentraban los vecinos para trasladarse a Ezeiza de cualquier forma.

El gobierno militar dispuso un enorme dispositivo de seguridad en el que participaron 35 mil hombres. El operativo tenía un primer objetivo de disuasión. Se había declarado el Estado de Sitio. El día había amanecido frío, nublado y lluvioso. Pero el pueblo empezó a juntarse para formar las columnas y al mismo tiempo el gobierno militar rodeó con un círculo de hierro el aeropuerto, con tanquetas y tanques y numerosos soldados armados cortando el paso sobre los accesos a la autopista Richieri y en la misma autopista.

En la ciudad, llegaban los trenes de las provincias, atestados de jóvenes y trabajadores. Patrullas del ejército, formadas por jeeps artillados y camiones cargados de soldados circulaban por las calles y trataban de disolver los grupos que se iban formando.

El capitán José Luis D´ Andrea Mohr recordó ese momento en una entrevista que publicó Página 12: “Nosotros teníamos orden de patrullar determinados sectores de la ciudad y disolver los contingentes que se reunían para ir a Ezeiza. En una de esas salidas en que íbamos yo en un jeep, el capitán segundo jefe de la compañía en otro y atrás tres camiones con los hombres que yo había instruido, tomamos Canning y de pronto vemos que en una transversal, a cien metros sobre la izquierda, hay reunidas unas 2000 personas. Paramos y el capitán me ordena que vaya y los intime a disolverse. Yo me saqué el casco, el cinturón con la pistola y fui”.

D'Andrea Mohr, que después sería expulsado del Ejército y se convertiría en un gran activista por los derechos humanos, señala que el grupo estaba reunido en forma pacífica: "'¿Qué hago?', pensaba. Y también, 'ya se me va a ocurrir algo', pero seguía avanzando y no se me ocurría nada, hasta que de pronto veo que de la manifestación se separa una señora con un impermeable raído y un pañuelo en la cabeza que se acerca hasta que nos encontramos. Yo miraba para abajo y cuando levanté los ojos vi los de ella. Ojos grandes y celestes como los de mi abuela, que había muerto, y yo adoraba. Ella me tomó de los brazos y sentí no sé... que era mi abuela. Pensé en la patria y en lo que esa mujer esperaba de mí en ese momento. Yo estaba como petrificado cuando la escuché decir: 'Señor, ¡no nos van a matar!'. Yo la abracé y --mire, todavía me emociono--, 'no señora, no', le dije y avancé con ella abrazada hacia la gente, que se separó dejando un pasillo por el que avanzamos. 'Lo que nosotros queremos, dijo, es ir a esperar al general Perón'. Yo saqué, entonces, un plano del bolsillo, les pedí que lo sostuvieran y les expliqué cuál era mi sector. Tenían que dividirse en 8 columnas o en 16. 'Porque si los grupos son chicos no pasa nada', les dije. Se produjo una ovación, uhhh, y la señora me dio un beso. Ella lloraba y yo también. Vuelvo al jeep y el capitán: '¿Qué pasó?' 'No, nada, les dije que se fueran y se fueron'".

El día anterior un grupo de oficiales y suboficiales de la marina al mando del teniente Julio César Urien, se habían levantado para tomar la Escuela de Mecánica. Querían mostrar al país que había militares peronistas. La sublevación siguió hasta el 17, cuando arribó Perón y los sublevados se entregaron.

La CGT declaró un día de paro y el gobierno le respondió declarando feriado nacional, día no laborable, para de esa forma obstaculizar la concentración de los trabajadores. Sin embargo, la estación de la línea Roca en Constitución estallaba por la cantidad de personas, a las que se sumaban cientos en cada parada hacia la estación Ezeiza. Las formaciones de trenes marchaban atestadas, con personas en los techos de los vagones y en las locomotoras.

En la ciudad, con el frío y la lluvia, las columnas conseguían esquivar los retenes militares y llegar hasta la Richieri, desde donde empezaba una caravana interminable hacia el aeropuerto. Antes del Río Matanza, un destacamento militar fuertemente armado impedía el paso. Sin calles aledañas, la única opción era salir a campo traviesa.

Javier Mouriño, en declaraciones a un diario recordó su participación en esta historia: “Yo tenía 17 años, mi viejo cerró las puertas con llave para que no pudiera salir, tenía miedo que me pase algo. Me escapé por la claraboya del baño y me fui a la Unidad Básica. Seríamos 150. Llovía pero éramos imparables, y seguíamos adelante, había que llegar a Ezeiza a defender a Perón. Empezaron con gases lacrimógenos. Balas de goma y balas de plomo. Una granada de gas le pegó en el muslo a una compañera de secundaria, Ana Maria Spindola. Le atravesó el vaquero y le penetró la carne. Nos dispersábamos y nos volvíamos a juntar. Caminamos, puteamos, lloramos y cantamos”.

Eduardo “Carlón” Pereyra Rossi, que fue conducción nacional de Montoneros y fue fusilado en 1982, relató en una entrevista que “el día anterior nos habíamos preparado, ahí en el barrio, (Merlo, provincia. de Buenos Aires), un grupo se iba a quedar en el barrio y otro grupo iba a participar de la movilización hacia Ezeiza, porque todavía no sabíamos muy bien cómo se podía dar eso, y preferimos dividir la fuerza y que en caso de represión no cayéramos todos presos y quedara por lo menos gente afuera para poder seguir.


Una larga travesía

“Ese día fue muy lluvioso, nadie durmió esa noche, y a eso de las cuatro de la mañana paramos unos micros urbanos que comenzaban a circular y arreglamos con los choferes para que nos acerquen lo más que pudieran a Ezeiza, pues estaba todo acordonado por las fuerzas militares. Llegamos a la madrugada a la autopista y al arrimarnos para iniciar el camino hacia el aeropuerto, comenzaron los enfrentamientos con los militares; con lo cual a la media hora de estar intentando pasar, el núcleo con el cual habíamos partido estaba totalmente disperso en los bosques de Ezeiza, cada uno por su lado.
“La consigna era llegar al aeropuerto, verlo a Perón. Posteriormente nos encontramos con otros compañeros de otras zonas en proximidades de Ciudad Evita, donde se juntaron cerca de 10.000 o 15.000 compañeros aproximadamente, que estaban en las mismas condiciones que nosotros; y que venían de hacer varios intentos de romper el cordón militar. En ese momento decidimos formar una columna bien organizada, fortalecimos los flancos de la columna y la cabeza, para tratar de pasar.
“Nos encolumnamos y comenzaron a dispararnos, a tirarnos gases lacrimógenos, tiros al aire y la columna se mantuvo bien formada hasta un punto en que se hizo imposible conservar la disciplina de la gente, y el grueso de la columna comenzó a correr hacia el único lugar donde no había militares.

“Siempre avanzando, pero tratando de buscar el punto mas débil de la concentración militar. Eso era todo lo que se pensaba cuando se comenzó a correr hacia uno de los flancos, pero en realidad al pasar un montecito había una hilera, -y me pareció infinita en aquella oportunidad -, de soldados con bayoneta calada, que impedían el paso.
“Ahí hay una imagen que siempre guardo, que es que mientras íbamos corriendo, -además, era un espectáculo impresionante por la cantidad de gente que lo hacia-, un compañero, -desconocido para mi-, que se había subido a una especie de lomita que había sobre el terreno y en medio de la niebla que provocaba la lluvia y los gases lacrimógenos agitaba una bandera argentina.
“Era una imagen de guerra verdaderamente. Cuando llegamos donde estaban los soldados, nos tuvimos que frenar porque nos pinchábamos con las bayonetas, y además nos amenazaban con disparar.
“Entonces, los que llegamos primero a la línea, tratamos de frenar a los que venían detrás nuestro, que no sabían lo que pasaba porque no podían ver el despliegue militar. En esas circunstancias se produjo una situación muy tensa entre esa primera línea de la movilización y los militares que estaban en perfecto orden, con las bayonetas caladas a la altura de la cintura.
“En ese momento de tensión se produce una situación muy particular: Uno de los compañeros, -muchacho joven-, da un paso al frente, -o sea, nos separaba un metro y medio de los milicos-. Da un paso al frente, se abre la camisa que llevaba toda mojada e increpando a los soldados que tenia al frente les dice: ¡¡¡Tiren!!!, Hijos de puta, ¡¡¡Tiren!!!, y yo observo desde esa posición cómo otros muchachos al ver el ejemplo de ese compañero, también dan un paso al frente, se abren la camisa increpan a los soldados y les dicen: ¡¡¡Tiren, Tiren!!! ¡¡¡Tiren, Tiren!!! Frente a esa acción todos creíamos que en ese momento se iba a producir una verdadera masacre.
“Pero a pesar de eso... los soldados, que eran muchachos como nosotros, -y alguno tal vez peronista-, comienzan a sentirse conmocionados por esa actitud y esa firmeza. Nunca he visto algo semejante, porque como si hubieran recibido una orden comienzan a llorar, a emocionarse frente a esa situación, comienzan a bajar la vista y los fusiles, -con los que nos estaban apuntando-, poco a poco, hasta que llega un momento que esas bayonetas que nos estaban amenazando, ya no nos amenazan más. Los fusiles están bajos y el oficial que estaba a cargo o los oficiales a cargo gritan a los soldados: ¡¡Levanten los fusiles o los mato a todos!!. Es impotente para volver las cosas donde estaban antes. Cuando mis compañeros y toda la gente que estaba ahí se da cuenta de la situación, bueno, se escucha un alarido de triunfo, ¡¡Viva Perón Carajo!! que se repite y se repite... y los pasamos por encima....
“Después seguimos una larga travesía, en donde nos tiraban con lo que tenían a mano, y poco a poco nos iban desviando del rumbo original, fue así que cruzamos el Rió Matanza. Vi cruzar ese río a ancianas de 70 años que salían descalzas del río y seguían inquebrantables con el objetivo de recibir y apoyar a Perón. Cosas cómicas, como un compañero que cruzando el río con el agua hasta los hombros llevaba abierto el paraguas para no mojarse.
“Y así fue que estuvimos caminando por el medio del bosque sin saber dónde quedaba el aeropuerto. Y terminamos desembocando en un barrio de la aeronáutica, que queda en la parte de atrás del aeropuerto, a ese barrio llegamos 12 compañeros, todos empapados, llenos de barro y con un hambre que nos moríamos. Pero cuando llegamos allí ya había sido el arribo del avión en el que llegaba Perón.... y bueno como ese era un barrio de la aeronáutica nos detectaron inmediatamente, no teníamos donde escondernos, llegó un camión militar y un jeep y nos metieron presos hasta el otro día.
“No nos pasó nada, en ese momento los militares muy bien no estaban a esa altura en condiciones de hacer demasiadas cosas con nosotros. Fue un día inolvidable, memorable, por la forma en que el pueblo peleo, intentó llegar a Ezeiza a recibir a su líder, el general Perón, pero esa escena que no hay que olvidarse, que no olvido. Esas viejitas que iban caminando descalzas por medio del bosque, fue algo impresionante, me marcó como militante”.

La llegada a Ezeiza

El avión de Alitalia había aterrizado en Ezeiza. Al pie de la escalerilla lo recibió Abal Medina. Un automóvil trasladó a Perón hasta los edificios y al bajar del auto, lo recibió Rucci protegiéndolo con un paraguas. Esa fue la escena que se hizo famosa y pasó a la historia. Pero la tensión no disminuía. Desairado por el retorno de Perón, Lanusse estaba dispuesto a obstaculizar sus movimientos e impedir que tuviera contacto con la muchedumbre que pugnaba por llegar.

Con la excusa de que no podían garantizar su seguridad, se le informó que debía quedarse en el Hotel Internacional que estaba en el aeropuerto. Perón cabildeó con Hector Cámpora y el grupo con el que había llegado. José López Rega dijo que debían regresar a Europa. Perón se enfureció y lo amonestó. “Aunque sea tenemos que amagar que vamos a salir y que nos lo impidan, así queda claro para la gente que nos tienen encerrados”. Antes de la medianoche hicieron el intento de abandonar el hotel, pero los militares enviaron tres camiones con soldados con ametralladoras pesadas que se desplegaron en la puerta del hotel.

Finalmente a la madrugada el Fairlane negro que llevaba a Perón y parte de su comitiva, abandonó el aeropuerto de Ezeiza. En los bordes de la autopista todavía quedaban miles de personas empapadas y gaseadas que lo saludaron a su paso hacia la casa de Gaspar Campos.