Okja, el film de Netflix estrenado en Cannes, con una ironía que divierte y preocupa
Súper cerdos y dónde conseguirlos
El director de The Host muestra aquí un pulso dramático perfecto sobre la historia de una cerda gigante en un mundo psicópata.
Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble.Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble.Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble.Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble.Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble.
Una animación imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble. 

Okja

EE.UU./Corea del Sur, 2017

Dirección: Bong Joon‑ho.

Guión: Bong Joon‑ho, Jon Ronson.

Fotografía: Darius Khondji.

Montaje: Meeyeon Han, Yang Jinmo.

Reparto: Tilda Swinton, An Seo Hyun, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Lily Collins.

Duración: 120 minutos.

Sólo disponible en Netflix.

10 (diez) puntos.

 

Flor de lío armó esta película en Cannes. El paso del tiempo habrá de situarla como un hito dentro de la desorientación tecnológica y de formatos que atraviesa el medio audiovisual. Cine, televisión, streaming, pantalla inteligente, ¿qué más? El sello Netflix produce este film maestro, y lo estrena en Cannes para la silbatina y los aplausos. Pantalla grande, mediana o chica, toda una discusión.

Lo irrebatible, triste, es que el cine dejó de ser "bigger than life". Lo que queda ahora es la película. Y Okja es tan buena porque, si de saber se trata, es gente de cine la que está en ella: ¡La dirige el surcoreano Bong Joon‑ho, el mismo de esa perla que es The Host; y en la fotografía, Darius Khondji (Amour, Medianoche en París)!

Okja es el nombre de un supercerdo, apenas uno de los muchos que la corporación norteamericana Mirando ha distribuido en varios lugares del planeta. El propósito publicitario es el de atacar la falta de comida a nivel mundial, pero lo de veras cierto es, qué otra cosa, la de hacer plata. Si para ello se deben cruzar transgénicamente alimentos, poco importa. Lo que vale es que sepan bien al gusto, que den ganas de comerlos y de comprar, y que los colores publicitarios y de vestuario agreguen sonrisas prefabricadas, con la seguridad puesta en que la batalla ideológica con los detractores de otros tiempos ya ha sido ganada.

Al respecto, hay parlamentos notables que lo refieren, en donde el término "psicópata" se esgrime como ya carente de significado, añejado por el tiempo y ambivalente. Como si se tratase de un concepto maleable que la publicidad es capaz de entender de tal manera para poder, dadas sus argucias, debilitar asperezas. ¿Quién es psicópata? En la ciudad, parece que todos. Pero en la montaña donde viven la pequeña Mija (An Seo Hyun) y la gigantesca Okja todo parece lejano: una especie de mundo alterno al que hay que escalar para lograr su aire puro. Allí retozan Okja y Mija, a la manera de un film de Hayao Miyazaki. Allí llegará también la corporación Mirando con su enviado televisivo favorito, en la piel de un imbécil presentador de envíos con animales (Jake Gyllenhaal).

Entre la montaña coreana y New York se plantea el duelo escenográfico de Okja, a partir del empecinamiento de la niña por recuperar a su querida cerda gigante. En el camino, el film de Bong Joon‑ho arroja situaciones memorables, que tienen por protagonista la develación paulatina de los propósitos del grupo ambiental y terrorista que lidera el siempre perturbador Paul Dano. Su accionar se vale de atentados, con el fin de liberar animales, pero con el afán puesto en no herir o matar (y en no comer nada que altere el equilibrio ambiental). Con esta praxis, lo que se intenta es desocultar las intenciones verdaderas de Mirando, la corporación que brilla en la sonrisa de maniquí de Lucy, la CEO que interpreta la extraordinaria Tilda Swinton.

Como ya se sabe qué esconden las corporaciones, cuáles son sus objetivos, y cómo la publicidad oficia engañosamente (la historia del cine aporta una larga y memorable lista al respecto), el film del coreano se decide por la ironía, por la corrosión, por la subversión de los enfrentamientos, en donde la figura terrorista sea intercambiable, en virtud de quién destaque como el menos "psicópata" del asunto. Además, aun cuando el film desprenda un fuerte cariz moral, de cara a la matanza organizada de animales como alimento vuelto mercancía ‑en tanto lado B de la "limpieza" con la que los supermercados ofrecen la carne envasada‑, también tendrá un correlato similar en otros fundamentalismos, cuya preocupación naturista raya, justamente, en la psicopatía.

Pero entre todo este embrollo magistral ‑que no necesita de aglomeraciones humanas/digitales que justifiquen presupuestos abultados‑ lo que sobresale es la relación de afecto que sólo una niña es capaz de lograr. Lo extraordinario está en que la preocupación por lo que suceda al animal gigante se traslada al espectador, consciente de estar viendo una animación hiperrealista, pero animación al fin, acá imbuida de un apego sensible que la vuelve felizmente creíble. Y es también así cómo el film de Bong Joon‑ho encuentra filiación con el cine de Miyazaki, el maestro japonés.