El cuento por su autor

Dos cuentos inéditos. Uno reciente, “El niño atroz”, el otro de años atrás y olvidado por completo.

“La deducción”, bajo el título provisorio “Dos pájaros”, estaba sepultado en el seno de mi pc por falta de respuesta. Cierto es que escribo sin mapa alguno, sin argumento previo, pero evito hacer trampa. Y si la clave del cuento era la explicación de una muerte que intentaron hacer pasar por magnicidio y que cambió la historia de nuestro país, una explicación que ponía en riesgo la vida de quienes destrabaron el enigma, al menos la autora debía conocerla aunque no la explicitara. Y yo no tenía ni la menor idea. Por eso abandoné el cuento. Y lo olvidé por completo durante años, hasta que cierta mañana de 2021, el protagonista de un cuento anterior, el ex comisario Masachesi, me entregó la respuesta: su impecable deducción. De inmediato me puse a investigar para sostenerla con datos de la realidad y escribí la novela Fiscal muere, sorprendida por haberme centrado en ese caso del que no se hablaba en aquel momento. Hasta que ya publicada la tal novela, por azar reencontré el abandonado cuento y creí entender hasta qué punto el inconsciente no larga el hueso y continúa tejiendo los finos hilos de las tramas secretas.

“El niño atroz” es otro ejemplo de lo que el (mi) inconsciente puede llegar a entregarnos enterito, sin haberlo siquiera entrevisto minutos antes. Pero como estoy últimamente en una especie de diálogo con Masachesi, personaje que no me abandona y al que le estoy muy agradecida, supe (o mejor, él supo) que ese cuento es un señuelo para volver a atraerlo a mi vera, como buen comisario que supo ser, de esos que no existen, que por ser pura ficción la aman, a la ficción.

 

LA DEDUCCIÓN

Mientras guarde el secreto estaré a salvo. Bastante a salvo al menos. Pero el secreto me quema.

Es cierto que la muerte de Leonardo me devastó, me obnubiló el seso, me dejó sin palabras. Pero voy recuperando las palabras, y activando el seso y todo lo que esto implica. Porque por fin entiendo. Entiendo el por qué de la muerte de Leo, todo lo sé y lo entiendo y también entiendo que, de saberse que sé, mi vida corre peligro. Mi apacible vida con su cuota razonable de frustraciones y alegrías.

Alegrías tales como hablar por teléfono asiduamente con Leo, aunque nos separaran mil millas marinas –eran muchas menos y no marinas, pero eso no viene al caso. Hablábamos largo y tendido y reíamos a mares –de ahí las millas marinas—y decíamos jugar a los escritores. En verdad somos –éramos- escritores. Él mucho más reconocido que yo: Leonardo Walsh Elguín, de fama internacional, y por eso mismo su muerte tuvo tanta repercusión en los medios. Hasta yo pude enterarme acá en mi refugio a orillas del anchuroso Paraná a pesar de haber perdido contacto con él casi un mes atrás.

Torpezas que tiene una. La noche previa a mi partida, en algún apuro de último momento volqué el vaso de agua sobre la mesa de luz y allí quedo el pobre celular, ahogado. Tras la lógica furia, indignación y desamparo (todo junto) me dije que mi sabio si bien indignante inconsciente me había liberado de la tentación. Si me iba a pasar un largo tiempo en el monte para escribir tranquila, pues mejor no tener a mano esa arma de distracción masiva.

Por supuesto le avisé a Leo. Le mandé un mail contándole lo sucedido a nuestra manera. Le puse: Araca, araca, la palabra para allá acabada, apagada para mal la arma dalla parla. Abraza, la Val.

Leo - o mejor dicho Lopo como firmaba en estos casos porque lo suyo era el Oñol, ese español solo con o, entendió perfectamente. Decidimos entonces darle una tregua a nuestros dislates telefónicos, a nuestros juegos. El último, el favorito, tenía por nombre La Conspiranoia. Los delirios de la gente que ve conspiraciones a cada paso nos causaban incontenible risa y bordábamos al respecto y seguíamos elucubrando insensateces por teléfono hasta altas horas de la noche.

Ahora me sobrevienen ramalazos de la conspiranoia. Y ya no es un juego. No me cabe la menor duda de que la muerte de Leo no fue suicidio o accidente, como elucubran diarios y expertos y demás mentirosos. Me consta que fue asesinato.

¿Quién que lo conoció bien puede creer que Leopoldo por cuenta propia subió a la terraza de su edificio casi de madrugada y se encaramó al parapeto? Para empalmar el cable del wifi que efectivamente estaba cortado, explicaron (¿y quién lo habría cortado?). ¿Leo, trepado al borde del abismo para empalmar un cable, él que nunca se interesó por nada tecnológico? ¿O quizá, como recalcaron algunos, para suicidarse vaya a saberse por qué cuita de amor que nunca contaba?

¿Cuál es la verdad, cuál la contingencia?

A nadie le importa en estos tiempos de la pura confusión.

Me consta que la verdad es otra. Oculta. Callada.

Las fantasías de un escritor amenazaban con poner al descubierto las complejas maquinaciones de los grandes poderes, y se ve que ellos no quisieron correr riesgos. Por lo cual: Adiós escritor, si te he visto no me acuerdo.

Pero yo sí me acuerdo de él, y de sus manuscritos. Y de nuestro juego que dio lugar al manuscrito más candente de todos. Desaparecido. Esfumado. Volatilizado el tal manuscrito. Pero bien sé que en algún momento lo escribió, o al menos hizo apuntes, tomó notas como era su costumbre. La familia rescató su computadora, los infinitos cuadernos, la vieja novela inédita, cuentos, uno que otro poema suelto y apuntes varios, muchísimos. Pero ni se habló de lo que yo sé. Parecería ser que el candente manuscrito no estaba ni entre sus papeles (solía tomar apuntes a mano) ni en la memoria de su pc. ¿Y la laptop, no era que él tenía una vieja laptop que llevaba en los viajes? Tiempo les sobró a sus asesinos para llevarse todo material incriminatorio, asegurándose de que no quedaran ni rastros de nuestra deducción.

Una muerte inocente para tapar la otra, mejor dicho tapar la respuesta a la verdad que dedujimos sobre a la otra muerte. La abrasadora: cuando el fiscal apareció muerto en su propio cuarto de baño, obturando la puerta en un apartamento cerrado por dentro se desató el pandemonio. Y volaron las conjeturas absurdas, abyectas, para lograr la espuria finalidad política conocida por todos.

El cuerpo del pobre Leo cayó al hueco de aire y luz del edificio, recién fue descubierto ya avanzada la mañana. Los médicos forenses decretaron suicidio, qué ironía. Encontraron rastros de alcohol en su sangre, pero nada excesivo. Es lo de la ketamina lo que me hizo ruido, mucho ruido. Ketamina nada menos, la droga con la cual se intentó embrollar el otro caso. El otro Caso, el que merece la mayúscula, aquél gracias al cual activamos la Conspiranoia.

(No me detengo en detalles, el Caso fue y cada tanto sigue siendo tan pero tan sonado y asombrosamente irresuelto que no vale la pena detenerse a detallarlo acá).

Nuestro juego nos entretuvo por meses. Un día Leo argumentaba que lo del fiscal había sido asesinato y yo suicidio, a la siguiente vez intercambiábamos roles. El truco consistía en tratar de descubrir cómo se pudo haber llevado a cabo un posible asesinato en esa locación inaccesible desde fuera.

Y cierto día dimos en la tecla. Dedujimos el perverso entretejido que culminó en la muerte del fiscal. Y en la de Leo, duele admitirlo.

Ahora estoy acá, encerrada como quien dice en la vastedad del monte y viendo correr el río sabiendo que por mi parte correr, lo que se dice correr, no puedo hacerlo a lado alguno. Vaya donde vaya los omnímodos poderes en la sombra que acabaron con Leo acabarán conmigo. Tienen todas las posibilidades de exterminio a su alcance, son los dueños del mundo, y el mío sería un caso ínfimo al que nadie prestaría atención, más fácil aun que ultimar a Leonardo Walsh Elguín, esa amenaza latente.

Nuestra deducción, tan lúcida, tan precisa, está fresca en mí. Aquella muerte emblemática que cambió el destino de nuestro país fue el resultado de una trama sibilina y precisa. Por la memoria de Leo debo describirla, es la culminación del juego. La restitución del manuscrito.

No me queda más remedio aunque no tenga dónde esconderme.

Ha llegado el momento de entrar de lleno en el meollo del asunto. No se trató de una premonición o una videncia, solo el haber ido captando lo que flota en el aire.

Debo apurarme a escribirlo, antes de que me encuentren. Antes de entrar en llamas.

 

EL NIÑO ATROZ

Me pregunto en qué momento habrá dejado de ser el niño atroz y cruel de su infancia para empezar a convertirse en lo que se suele llamar un adulto responsable, aunque vaya una a saber cuáles son las responsabilidades que valoran quienes acuñaron semejante entelequia.

Yo no estoy acá para juzgar a nadie, pero la erisipela que me provoca la sola mención de su nombre algo está tratando de hacerme entender.

Y no entiendo.

No quiero entender.

Porque lo conozco, porque su nombre es el nombre de su padre y yo he convivido con su padre, porque no sé hasta qué punto puede haber sido una influencia para él, a distancia, en tiempos en que su padre estaba conmigo y ni lo mencionaba.

Ni mencionaba a su hijo. ¿Será ésa la causa?

Me enteré de la existencia de este chico que se divertía torturando pajaritos cuando ya fue tarde. Tarde para todo, hasta para pedirle explicaciones al padre.

Porque el padre ya no está.

Un buen día desapareció del mapa y nadie supo más de él.

Hasta el día de la fecha. Cuando el niño atroz, hecho ya un pichón de adulto responsable, en plena transición, vino a verme. Y me contó su historia de infancia y me costó un triunfo escucharlo sin pestañar, sin darle un sopapo, sin echarlo a los gritos o correr al baño a vomitar.

Pero yo no vomito nunca. Ése es mi karma. Los venenos se me quedan atragantados.

Hasta que logro escupirlos caiga quien caiga.

Como ahora. Este veneno.

Escribir no es catártico, siempre defendí al noble oficio de ese utilitarismo vil.

¿Noble oficio, la escritura?

Válgame dios.

Y dios no existe y no me vale nadie. Me vale madre, como dicen en México.

Y yo sentada, tiesa, en el gran sofá y mi interlocutor en una silla frente a mí, escupiendo su ponzoña.

Con el asqueroso gusto a arrepentimiento.

Recordándome al padre.

Víbora desinflándose, perdiendo la piel. Y es pura piel. ¿Qué quedará de él aquí, frente a mis ojos?

El niño atroz. El hijo de mi ex amado.

No hay deslizamiento posible.

Qué poco o nada llegué a saber durante los largos, fatídicos años que compartí con su padre.

El padre del niño atroz. Atroz el padre.

El padre que ya no está, y una vez estuvo.

Y me pesa.

El niño atroz me mira como sabiendo. Ex niño, pero su atrocidad sigue brillándole en los ojos.

¿Tu padre dónde está? le pregunto, a sabiendas lo inútil de la pregunta.

Y él, el hijo en vías de hacerse adulto responsable, justo antes de cruzar ese rubicón irreversible, se larga a llorar. Aquí mismo. En medio de mi impoluta sala. A un paso del sofá en el que me quiero hundir hasta desaparecer entre los suave almohadones. Suaves por demás, asfixiantes, recuerdo.

Llora frente al gran baúl metálico que oficia de mesa ratona, la llave de cuyo candado se ha perdido y nunca jamás podrá volver de ser abierto. Cubierto, el gran baúl, con una manta inmaculada.

El olor es casi imperceptible.

El ex niño atroz llora a mares y toda la atrocidad que corroe sus lágrimas me inunda la sala, empapa la manta sobre el baúl.

 

Delatándome.