La infelicidad del pueblo
Imagen: Rafael Yohai

Estos tiempos extraños, que parecen soplados por un demonio, pueden analizarse desde muchas perspectivas. Algunas de ellas se tratan en los medios, con su lenguaje, con su formato, con sus enormes limitaciones, con sus mentiras, con sus frases hechas, con la pulseada del cínico por hacer hervir al convencido para regodearse atacando sus formas. No estamos experimentando estos tiempos en toda su sombría dimensión. Absorbemos noticias que aparecen en los medios o en las redes. Las agendas no coinciden. En las redes hay noticias que los medios no toman como tales. Y hay millones de fragmentos de “la realidad” que tampoco llegan a las redes. En toda época, en todo gobierno, en cualquier tipo de gobierno, es un sesgo que va de amplio a ficcional el que se abre ante la opinión pública como “la realidad”. Nuestra idea de la democracia, y especialmente la democracia liberal, coincide con un abanico lo más amplio posible del registro de voces y perspectivas que describen “la realidad”.
No es eso lo que se vive a diario en la Argentina. Que lo digan los despedidos de cada día, los jubilados que no reciben atención, los alumnos que no tienen vacantes, los vendedores ambulantes interceptados por fuerzas de seguridad, los militantes políticos detenidos por pintar una pared, que lo digan los millones y millones cuyas voces, de a una o dos o tres, a veces y raspando llegan a una tribuna televisiva para dar cuenta de esos pliegues de “la realidad”. Y aun así, estamos describiendo a millones de personas por el rol que desempeñan en la esfera pública. Queda lejos de nuestra percepción quiénes son y cómo viven y qué sienten íntimamente todas esas personas cuando abandonan la marcha o la protesta y vuelven a sus casas, siendo hombres y mujeres resistiendo subjetivamente este modelo, que es un altavoz que les dice: “Usted es miserable, ¿no se había dado cuenta?”
Mientras lo que parece que es “la realidad” transcurre en términos de noticias, memes, fotos, murales, performances, debates, discusiones, videos e infinidad de eventos cotidianos, y sólo una pequeña parte de ella es televisada o editorializada, lo que va transcurriendo es la vida. El otro día, en una charla de las que doy en el interior del país, una mujer decía que está muy angustiada y que cree que esto no aguanta, que el pueblo reaccionará. “Pero no sé si yo lo voy a ver”, dijo, y su voz se quebró. No es la única vez que escuché esa frase ni la primera en que alguien rompió en llanto. Circula esa sombra que tiñe la propia vida con su gris.
Esa sombra es espesa, no deja ver el futuro que hasta muy poco estaba plantado como un árbol joven y regado. El futuro, para gran parte de esa generación de clase trabajadora, de la mediana edad para arriba, estaba bien plantado porque si había trabajo, si había escolaridad, si los chicos manejaban la computadora, si existía la expectativa de la casa propia, si se podía terminar el secundario, si había universidades públicas, si era accesible el sistema de salud y el sistema previsional iba sobre rieles después que nos habíamos sacado de encima a las AFJP después de catorce años, si ninguna contingencia personal desviaba el rumbo, lo que había eran condiciones materiales para dormir en paz y con la idea de que los hijos tendrían una buena vida, y uno una vejez al menos contenida.
Lo que había quedado pendiente antes de las últimas elecciones era lo que en este país nunca se pudo resolver, y era que esa chance la tuviéramos todos. Lo que se llama “sector informal” es, en “la realidad”, pero vista mucho más de cerca de lo que se aproximan los medios, un amasijo de almas con sus respectivos cuerpos que padecen el hambre y el frío y el calor y la enfermedad y el cansancio en un grado y una intensidad que millones de otras personas no conocen ni conocerán jamás. Cuando uno piensa en una democracia en términos populares la piensa así: primero ellos, los que viven sus vidas en un estado de desolación que, si viviéramos muchos una sola semana de las suyas, no toleraríamos o nos volveríamos locos. No es un problema argentino. Es un problema de la especie. Nuestra especie, con sus vaivenes y sus complejidades, ha diseñado un mundo inconcebible, en el que ocurren cosas como las que sucedieron la semana pasada en Siria. ¿Vieron videos de Siria últimamente? ¿Vieron imágenes de Aleppo? ¿Cómo podemos convivir con eso? ¿Cómo no hay un orden que tiembla o que se deshace? Y sucede todo lo contrario. Ganan las elecciones los partidarios de los muros y las deportaciones. Antes esos escenarios parecían lejanos. Hoy somos uno de ellos.
Esa “realidad” captada desde la esfera pública, mirada desde las terrazas hegemónicas con sus lentes selectivos aquí y en todas partes, la realidad convertida en “actualidad”, tiene su lado B, que es la esfera privada. Si uno cree que nadie se realiza en una sociedad que no lo hace, lo que cree es que esas dos esferas se retroalimentan permanentemente en un flujo incesante, y que lo social es, en síntesis, la suma de millones de historias personales encausadas en un rumbo que a su vez las determina. De modo que uno no piensa en un vecino sino en toda la cuadra, que a su vez integra un barrio que pertenece o está bajo influencia de una ciudad, que a su vez lleva el pulso de un provincia, que se maneja en los términos que le permiten las políticas nacionales, y de ahí para arriba, las políticas nacionales surgen en la medida en que en ese país pueden tomarse decisiones autónomas. Por eso la felicidad del pueblo no es una abstracción sino una perspectiva de acción, con beneficiarios claros, que son los que trabajan. Y con los que mayor deuda tenemos es con los que nunca lo han hecho ni lo hicieron dentro de un sistema de obligaciones y derechos.
Pero ya no estamos en esa dirección sino en la opuesta. Y acá mueren las palabras, también éstas. Acá muere la ruta del dinero K, los milotontos, las juventudes hitlerianas, las carteras Vuitton de Cristina, la fanfarria de operaciones periodísticas pagadas por debajo de la mesa. Acá mueren hasta las contradicciones que el kirchnerismo no pudo resolver, empezando por esa deuda interna que no saldó. Pero había saldado la otra, la que nos trastornó, a los argentinos de mediana edad durante toda nuestra juventud. Nuestros propios padres tuvieron una vejez librada a su propia suerte, y experimentaron el dolor de ver a los hijos internarse en la niebla de los `90. Mueren todas las palabras porque aquí hemos llegado sin lenguaje. Llegamos con imágenes, con slogans y con miles de titulares de un mismo dueño. Lo cierto, lo que sucede en “la realidad”, es que hoy estamos en el rumbo inverso, el que se va cerrando sobre sí mismo expulsando, prohibiendo, deportando, privatizando, desregulando, reprimiendo y mintiendo sin parar.
Bajo esa costra del actual relato oficial -retirado de los próceres, alejado por fin de la palabra patria, que para algunos de buena voluntad nunca dejó de ser una grandilocuencia, y para muchos otros un tatuaje interno -está el lado B de “la realidad”, que no tiene medios para propagarse porque circula en las profundidades de cada uno, acecha en la soledad del hogar sin certezas, planea sobre la inseguridad cotidiana, que hoy incluye la de estar en manos de quien no nos quiere.
Lo que flamea en el aire en este país, y exhibe su movimiento defectuoso y asimétrico es la angustia colectiva. La infelicidad popular, que puede que sea ligeramente amainada con un pan dulce en la mesa, pero que indefectiblemente subirá su coto, porque este modelo de mundo, de región y de país se basa dialécticamente en ella.