María Fasce
Todos los tipos de amor
En Un hombre bueno, María Fasce enhebra amor, vínculos,viajes y literatura en relatos de clima equilibrado, con un estilo de cercanía afectiva y familiar.

Cuando a la protagonista del cuento “Un hombre bueno” le preguntan sobre qué escribe, ella responde: “Amor, en general. Todos los tipos de amor”. Una definición que también podría aplicarse  al nuevo libro de cuentos de María Fasce, ganador del XII Premio Iberoamericano de relatos Cortes de Cádiz y que lleva el título del primer cuento. El amor que aparece con frecuencia es aquel que no va a ser:una fugitiva fantasía sexual en el extranjero, una intermitente relación sexual con un colega de la milonga, un amante que está a punto de partir para siempre después de una larga noche de vino, sexo y elocuencia o la breve pero perturbadora convivencia con una desconocida en una habitación en Florencia. Pero también está el amor filial, el de una hija por un padre que lleva un cáncer “inactivo, como un volcán” y el de otra hija que llama a la casa de sus padres para escuchar la voz de su madre muerta en el contestador y que luego soñará que ella sigue viva dentro del teléfono. En contrapunto, el amor materno se presenta como una experiencia única e intransferible como viajar porque “cada hijo es distinto, un país nuevo, que nunca se llega a conocer del todo” y un aprendizaje muchas veces refractario a los mandatos sociales. “No sabe ser madre”, sentencia una de las mujeres que está en un cumpleaños  infantil y no se cansa de criticar la maternidad de la anfitriona, una hippie francesa que vive conforme a sus propias reglas, a diferencia de la protagonista que prefiere decir que su marido ha muerto antes que aceptar frente a las otras que se ha separado y, algo peor e inconfesable, que nunca lo quiso. A estos amores clásicos, se podría agregar el amor por la literatura y la escritura. No son pocas las protagonistas de estos relatos que son escritoras, incluso traductoras y editoras. “¿Tiene una buena historia?” desafía una de ellas  a una incómoda señora que en medio de una reunión social no duda en ir a pedirle un consejo porque ella también quiere escribir: “Cuénteme una. ¿Sabe?, Bioy Casares, para saber si un cuento era bueno, si valía la pena escribirlo, primero se lo contaba a sus amigos”. Lo asombroso no es que la señora no sepa quién es Bioy Casares sino que, sin siquiera proponérselo, termina contándole una historia tremebunda sobre una de las invitadas que curiosamente también es argentina. Los personajes hablan de sus autores favoritos: Flannery O´Connor, Cheever, Carver y hasta un tangerino, advirtiendo que la narradora lleva un ejemplar de Días y viajes, le confiesa que cuando era joven, Paul Bowles lo buscaba para fumar kif. Se podría hablar también de un amor por el viaje. Literatura y viaje muchas veces van de la mano, como cuando los personajes del primer cuento se instalan en el Hotel de Londres donde alguna vez se hospedaron Graham Greene y Agatha Christie. El exotismo, el pasado histórico  y los conflictos de reciente actualidad de algunos lugares nunca dejan en un segundo plano a las historias. Los viajes llevan necesariamente a los monumentos turísticos pero también a que los viajeros se confronten consigo mismos y con los demás: “No conozco a mi padre. Nunca lo he conocido. Pero tampoco conozco a mi hijo: lo miro andar otra vez hacia el trampolín, moviendo el hombro derecho, exactamente igual a como camina su padre, a quien tampoco conocí verdaderamente. ¿Pero quién soy yo? Tampoco estoy segura de saberlo”. Los cuentos podrán transcurrir en Buenos Aires, España, Italia, Francia, Turquía, Marruecos o Estados Unidos, en cualquier caso la  fascinación del momento luego se traducirá en una nostalgia a través de recuerdos, gustos y olores. Es justamente en este entramado narrativo cosmopolita que aflora la extranjería de sus protagonistas como una herida que no termina de cerrar. Frente a la pregunta de por qué vive en España, una de ellas dice que le gusta y luego piensa: “Mentira. Ya no me gusta, pensé que iba a gustarme.” En otro cuento, el niño protagonista escucha decir que su madre es argentina y lo niega furioso y ofendido “porque la maestra lo había dicho como si fuera un defecto”. Al recordar el viaje que hizo a Buenos Aires para despedirse de su madre, una mujer piensa “moriría sola, asistida por médicos y enfermeras de modales bruscos, que le hablarían en ese español malhumorado de los madrileños”.

La colección de estos cuentos está atravesada por un opresivo clima que mezcla la angustia y la felicidad más intensa. El lector asiste a la intimidad de cada una de estas vidas ya sea por medio de la confesión, el relato en primera persona o la focalización interna sin desbordes sentimentales y a través de un lenguaje sobrio, preciso y pulido. Un humor afable y por momentos crítico nos evita la compasión hacia estos personajes que siempre se encuentran como “quien mira la borra de café y no acierta a desentrañar las imágenes”. Son narraciones ágiles, diáfanas, elípticas y sobre todo visuales como pequeñas tomas de cine que se van sumando hasta llevarnos a un final que no busca tomarnos por sorpresa ni cerrar con la contundencia de un tango. Tal como si no existiera un punto final que separe una historia de la otra, sus personajes dialogan entre ellos urdiendo un libro de relatos tan armonioso como cercano y familiar.

Un hombre bueno María Fasce Edhasa 272 paginas

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ