Sucedió hace muchos años, pero bien podría suceder de nuevo hoy.

Una mujer junto al mar espera al atardecer el regreso de su marido desde la capital. La dictadura que asoló su tierra acaba de caer y todo es incierto. Ella tiene miedo, presa de un terror que tendrá que enfrentar y tal vez superar durante las próximas veinticuatro horas, cuando juzgará en el living de su casa al médico que cree responsable de haberla torturado y violado. Su marido, abogado a cargo de una Comisión que investiga la muerte de miles de disidentes bajo el régimen anterior, debe defender al acusado, defenderlo porque sin Estado de Derecho se verá comprometida la transición a la democracia, defenderlo también porque si su mujer mata a ese médico, se acabó su carrera, no podrá ayudar a sanar a esa tierra enferma y desquiciada.

Cuando escribí, en 1990, La muerte y la doncella, la obra teatral que escenifica esta historia, el país donde esa mujer, Paulina, esperaba una justicia constantemente demorada, era mi propio Chile o la Argentina donde nací. O Sudáfrica. O Hungría. O China. Tantas sociedades que en aquel entonces estaban desgarradas por la cuestión de qué hacer con el trauma del pasado, cómo convivir con los enemigos, cómo juzgar a los que habían abusado del poder sin destruir el tejido de una reconciliación ineludible si se quería un futuro diferente. Hoy o mañana ese drama imaginario pude tener lugar en Egipto, Túnez, Siria, Irán, Nigeria, Sudán, Costa de Marfil, Irak, Tailandia, Guatemala, Nicaragua, Bielorrusia. De hecho, porque la tortura se generalizó después de los ataques criminales en Nueva York el 11 de septiembre del 2001, porque las naciones más poderosas del mundo, y particularmente los Estados Unidos, justificaron o fueron cómplices de abusos atroces de los derechos humanos para sentirse seguros, debido a que desataron el terror para vengarse del terror que le infligieron, se podría aventurar que los dilemas centrales de La muerte y la doncella son más relevantes hoy que nunca.

No era algo que yo hubiera previsto, este alcance planetario, cuando escribí la obra originalmente. Mis objetivos -los inmediatos, los urgentes, al menos- eran mucho más modestos, si es que algún autor puede ser modesto. Al regresar a mi país desde el exilio, diecisiete años después del golpe que derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende, concebí ese texto como mi regalo a la turbulenta transición de Chile. El dictador ya no estaba en el poder, pero su influencia, sus discípulos, su sombra corruptora invadían todos los aspectos de la vida política y económica, cada susurro, cada intento de establecer una alternativa a lo que había sido su gobierno.

En circunstancias tan complicadas, cuando demasiados conciudadanos preferían guardar silencio, sea con la esperanza de evitar que se repitiera la crueldad del pasado o sea para no tener que reconocer su complicidad con el antiguo régimen, me pareció un deber, como escritor, revelar la perversa verdad de lo que vivíamos, obligar al país a mirarse en un espejo que les mostrara las secuelas profundas de la dictadura, lo que todos esos años de mendacidad y temor habían provocado, las formas en que incluso nuestros sueños habían sido torcidos. La muerte y la doncella hundió el dedo en la llaga de Chile al advertir que los victimarios y sus cómplices se mantenían omnipresentes, sonriendo en las calles, bebiendo cócteles en las fiestas, encontrándose con nosotros en la escuela cuando dejábamos a nuestros hijos. Pero la obra también interrogó incómodamente a la élite democrática, preguntándole qué ideales de cambios fundamentales se habían sacrificado para asegurar una estabilidad política necesaria, un pacto que exigía mucho olvido. ¿Y las víctimas, silenciadas, desatendidas, pospuestas, por las que sentía tanta simpatía? Tampoco dejé de hacerles preguntas engorrosa. Paulina, la mujer que había sido violada, torturada y traicionada, la mujer por la que mi corazón latía de dolor, era, al mismo tiempo, la persona más violenta sobre ese escenario, debiendo preguntarse si iba a ser como los hombres que la secuestraron, perpetuando el ciclo de la muerte, quedando atrapada en un pasado y una identidad que no le permitían salir del eterno deseo de retribución.

Pensé - ¡vaya que era ingenuo! -que mi tierra aceptaría la necesidad de airear su ropa sucia, salir del pantano moral en que chapaleábamos. Y también pensé que sería fácil conseguir apoyo para el montaje. Mi esposa, Angélica, me advirtió que la obra era demasiado transgresiva, que el país no estaba listo para esta visión descarnada. En mi nueva novela, Allende y el museo del suicidio, detallo minuciosamente cuánta razón tenía ella. Pese a los esfuerzos de la gran actriz María Elena Duvauchelle, que se enamoró del rol de Paulina y armó, con enormes dificultades, un elenco y un equipo para llevar la obra al público, nunca recibimos ayuda de las autoridades del nuevo gobierno democrático, ni una palabra de aliento desde quienes habían sido mis compañeros de resistencia y lucha. Y casi todos los miembros de la élite de Chile (los que, después de todo, asisten al teatro) despreciaron mi visión, la ningunearon, la vilipendiaban –la peor obra teatral jamás escrita en Chile, según uno de los juicios emitidos.

Tomé tanto repudio como un signo más de que yo no encajaba en el país al que había estado tratando de regresar durante diecisiete años.

Angélica y yo partimos de Chile con nuestros hijos, no temiendo ya por nuestras vidas, como después del golpe de 1973, sino temiendo, esta vez, por nuestra cordura en un país que se mentía a sí mismo.

La obra que mis compatriotas más insignes no apreciaron, fue celebrada por el mundo, empezando por Londres y pasando por Broadway y una película de Polanski y docenas de premios y miles de puestas en escena en cien idiomas en todo el mundo.

Y ahora, justamente en el año en que se conmemora medio siglo desde la muerte de Allende y la democracia en Chile, va a estrenarse una reposición de la obra dirigida por Rodrigo Bazaes. Es la cuarta –o tal vez la quinta– desde aquel infortunado estreno inicial, pero ocurre en circunstancias muy especiales. Aunque llevamos 33 años de democracia y varias comisiones investigaron el tipo de tortura que padeció Paulina y se hicieron esfuerzos reparatorios hacia numerosas víctimas, quedan pendientes muchos de los problemas y heridas que La muerte y la doncella bosquejaba. Tenemos un maravilloso Museo de la Memoria, pero las memorias individuales y sociales todavía difieren drásticamente sobre lo que nos sucedió. Hay multitudes –algunas encuestas sugieren que representan 40% de la población– que sienten nostalgia por un hombre fuerte como Pinochet para que arregle la crisis por la que atravesamos. Estamos tan divididos ahora como lo estaban los tres personajes que se jugaban la vida en el escenario hace tantas décadas. Y ahí siguen hoy: una mujer que sufrió atrozmente, un hombre que quiere remediar esta situación terrible pero no sabe cómo y otro hombre que se declara inocente de toda culpa. No había consenso en 1990 y no hay consenso hoy en Chile, hasta el punto de que los partidos de la derecha no quisieron suscribir una declaración conjunta de todas las fuerzas políticas que proclamaba el rechazo absoluto a cualquier golpe militar.

Pero Paulina sigue ahí. Paulina sigue exigiendo justicia. Paulina no acepta ser silenciada.

¿Cómo no va a ser posible escucharla de una vez?

Y otra pregunta, que no es sólo para Chile. Es también para la Argentina, donde yo nací y ahora enfrenta un dilema existencial, el veneno de la amnesia.

¿Cómo no va a ser posible que podamos decir, entre todos, que esta historia desoladora sucedió ayer pero juramos que nunca más se repetirá mañana?

 

* Autor de “Allende y el museo del suicidio”.