Abd al Malik, una de las presencias del Festival de Cine Migrante
La identidad en un mundo convulsionado
Es músico y cineasta, pero ante todo defiende el lugar del artista para tender puentes que ayuden a resolver situaciones de conflicto al parecer eterno. “No vamos a arreglar todo sólo con cultura y educación, pero desde la ignorancia no podemos arreglar nada.”
Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda.Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda.Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda.Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda.Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda.
Abd al Malik presenta su film Qu’Allah hoy en el Gaumont y mañana estará con colegas en Avellaneda. 
Imagen: Pablo Piovano

“En el fondo, es todo un problema de identidad”, señala Abd al Malik. Y aunque la declaración puede parecer un poco amplia, Al Malik tiene muy reflexionada la cuestión. Figura central de la música francesa contemporánea, Malik es rapero, pero también incursiona en la literatura y en el cine. En el 8vo Festival de Cine Migrante presenta su film Qu’Allah bénisse la France (“Que Alá bendiga a Francia”), basado en su libro autobiográfico y en el que narra sus orígenes en las barriadas marginales de Strassbourg hasta el éxito y los contratos con multinacionales de la música. La película, sin embargo, no funciona como panegírico de su protagonista, sino como un retrato del presente que viven miles de jóvenes franceses, en particular los de situación económica y social vulnerable. “La autobiografía fue la forma que mejor se adaptaba para hablar del hoy, de nuestra época, que era mí era lo importante”, explica. Malik presentará la película hoy en el Gaumont, y mañana participará en un encuentro con colegas locales en Avellaneda.

–El film está atravesado por la cuestión del ser francés y de la vida en Francia siendo musulmán. ¿Cómo ve la situación?

–Creo que en Francia o fuera de ella, con la globalización hay una cuestión ligada a la identidad. Y la cuestión de los migrantes atraviesa la cuestión de la identidad. ¿Qué es ser francés en 2017? ¿Qué es ser argentino en 2017? ¿Qué es ser norteamericano en 2017? Vivimos una época donde las sociedades se encuentran como nunca antes. Las reflexiones filosóficas sobre la vida en comunidad, sobre la cultura, sobre la identidad, hoy son vitales.

–¿Cómo lo llevan esas reflexiones a construir su propia identidad?

–Mis raíces son africanas, congoleñas. Si tomamos la imagen del árbol mis raíces son esas, pero mi tronco y mis frutos son franceses, europeos. Eso no quiere decir que yo sea mitad esto, mitad aquello: mi identidad es global pero está nutrida por mis raíces. La identidad uno la construye con lo que hace y es, y también por sus ancestros. Pero no hay oposición, no hay separación. Tengo una construcción de identidad sana, porque aunque soy de una primera generación, no he roto con mi historia. Incluso si mi historia es conflictiva, me puse en paz con mis raíces y mi pasado. Sin esa paz es imposible construir el hoy y el mañana.

–¿Ve a la comunidad musulmana en Francia en guerra con su identidad o con el ser francés?

–No es sólo la comunidad musulmana. Son todas las comunidades que no son francoeuropeas. Ese conflicto se manifiesta en el exterior, pero en verdad radica al interior de cada individuo. Si uno no tiene una idea clara de quién es o dónde se encuentra, tampoco puede tener claro qué es verdaderamente el Islam, o Francia, o las cuestiones políticas que le interesan. Entenderlo requiere paz interior. Todos los conflictos, hasta el terrorismo, tienen que ver con desajustes internos. Y no podremos vivir en paz con el exterior si no estamos en paz con nosotros mismos. En el fondo, no importa si uno es musulmán o no.

–Hace algunos años hubo levantamientos en París de jóvenes musulmanes porque se sentían ciudadanos de segunda. ¿Cómo está la situación hoy?

–En realidad no se hizo gran cosa. Hubo avances, pero los problemas de fondo persisten. Falta muchísimo trabajo. Es un problema que aqueja a Francia, pero que en el fondo es global. Un problema identitario. Desde el momento en que una sociedad cree que hay ciudadanos de primera y de segunda, que algunos tienen menos legitimidad, ya hay un problema. Es un problema de identidad, porque si uno cree que la identidad francesa, aunque podría ser de otro país, no se basa en el color de piel, en el género, sino en una filosofía común, podemos considerar que los ciudadanos son iguales. Pero el color de piel, el género, la posición socioeconómica, afectan nuestro modo de ver las cosas. Y eso puede agravarse según el país y el momento. Esto que sucede en Francia, si uno lo contextualiza, pasa en otros lados. Si yo hablo o pienso de esta manera, es porque soy francés. Porque estas ideas son parte del ser francés, esa noción de que en nuestra individualidad somos parte de una comunidad universal, una forma de pensar de que todos somos legítimos. Eso es típicamente francés. Pero no es tan seguro para todos.

–¿Qué rol jugó la música en la construcción de su identidad?

–En principio me considero un artista. Y la función de un artista es oficiar de puente. La música está para unir y vincular a la gente. Para traer armonía a las oposiciones y los conflictos. Siempre que yo sienta que en tanto artista continúo siendo útil, seguiré haciendo música. Y eso es igual de cierto para cuando hago literatura o cine. En este sentido, la música es un lenguaje universal y no necesitamos entender las palabras si comprendemos las emociones que transmiten. Eso crea un vínculo con el otro.

–En el film hay dos diálogos con su profesora de filosofía que resultan centrales y parecen sintetizar sus ideas. ¿Cómo los concibió?

–Como artista, creo que a través de experiencias personales puedo aportar pistas a la solución de problemas. Una de las pistas es el aporte que pueden hacer la cultura y la educación. No digo que vamos a arreglar todos los problemas sólo con la cultura y la educación, pero para poder solucionarlos los necesitamos porque desde la ignorancia no podemos arreglar nada. Lo que se transmite en esos diálogos es que es necesario salirse del miedo. Porque incluso con conocimiento, si uno tiene miedo no puede hacer nada. Eso era una cuestión central para contar.

–La película termina con un casamiento. Sorprende esa elección en lugar de otro momento, más esperable para la autobiografía de un músico.

–Es que busco transmitir esperanza. No podemos construir sobre la desesperanza. Esa es la primera idea. La segunda es que adherir a una cultura es una suerte de matrimonio. Como en cualquier matrimonio, hay momentos complicados, momentos donde debemos hacer concesiones, pero la base son dos personas que se aman. Donde hay amor se pueden hacer concesiones y pensar en el otro. Se puede construir algo. Y para mí una persona, un ser, y un país, también son un tipo de matrimonio.