La deconstrucción del monstruo
Imagen: DyN

Cristina Fernández de Kirchner enfrentó el pasado jueves un reportaje de peluquería. Los especialistas de campaña explicaron, con otras palabras, que era necesario para “la deconstrucción del monstruo” y para trascender el corralito de las audiencias propias. Puede ser molesto tener que ver a una figura de dimensión histórica, dos veces presidenta de la Nación e impulsora de un proyecto transformador, que dejó su cargo con la despedida de una plaza llena, un país desendeudado y con el desempleo en niveles mínimos, tener que responder sobre las creaciones del aparato de inteligencia-judicial-mediático, pero eso es, y no otra cosa, el triunfo de la derecha, el logro del camino teorizado por el maestro Joseph Goebbels -cuyos ecos pueden leerse en cualquier libro de Jaime Durán Barba- y su inmortal “muchas repeticiones hacen una verdad”, o posverdad, según los rótulos de época.

  El triunfo mediático de la derecha fue, precisamente, instalar la criminalización de la política, la sumatoria de apotegmas que asocian kirchnerismo y delito sobre el viejo sustrato apolítico del “son todos chorros”, otra máxima goebbelsiana, la de “difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas”. El resultado fue el buscado, lograr que hablar de política no sea intercambiar ideas sobre la organización de la sociedad y de la producción, o sobre los avatares de la gestión y la armonización de la disputa de intereses, su tarea más terrenal, sino explayarse sobre los ilícitos durante el ejercicio de la función pública, una realidad prácticamente imposible de evitar en una sociedad con incentivos capitalistas entre ejércitos de funcionarios y en doce años largos de ejercicio del poder, como bien lo sabe el macrismo ya antes de cumplir dos años. Pero más allá de los presuntos delitos, las imputaciones llegaron hasta el absurdo de considerar a la cúpula de dos gobiernos constitucionales como una “asociación ilícita”, esa figura penal construida durante la última dictadura militar, y expresada mediaticamente en otro apotegma, el de “se robaron X PBIs”, así como en las imágenes caricaturescas de fiscales federales al lado de excavadoras mecánicas buscando, en la fría y remota Santa Cruz, las lanatianas “bóvedas K” donde presuntamente se hallarían los fantásticos tesoros mal habidos. Quizá alguna vez la sociedad se ría sanamente de estas acciones, pero en el presente perviven como una realidad lóbrega.

   Luego está la matriz. La metodología de la criminalización de la política no es un fenómeno local, sino que se repite esquemáticamente en toda la región. Sin abundar en casos conocidos, como el golpe institucional contra Dilma Rouseff, fue el mecanismo utilizado para debilitar a todos los gobiernos progresistas de América Latina. Por eso el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, insiste en la indispensable necesidad de extremar cuidados para no perder autoridad moral en este frente. El sustrato es evidente, los proyectos que se enfrentan a las experiencias progresistas expresan claramente la reacción de las oligarquías y les sería mucho más difícil dar el debate en el exclusivo mundo de las ideas. La defensa del aumento de la desigualdad y la exclusión de los modelos neoliberales o, más concretamente, la defensa de especializarse en los sectores con ventajas comparativas estáticas versus el desarrollo independiente, sería mucho más compleja y difícil de legitimar que acusar al adversario de ladrón, es decir de transformarlo de opositor en delincuente con costo a cargo de la más elemental democracia política.  

  Esta es la estructura del debate de la campaña legislativa. El gobierno no quiere hablar explícitamente de su modelo económico, prefiere que su aparato de inteligencia-judicial-mediático se concentre en antagonizar contra la presunta corrupción de un gobierno que no administra desde hace 21 meses y en la “pesada herencia relatada”, que no es la misma que la “recibida”, un país desendeudado y con bajo desempleo. El gobierno que provocó un shock inflacionario del 40 por ciento en 2016 y que terminará 2017 con la misma inflación que recibió en 2015 habla de “desinflación”. El gobierno que disparó el desempleo y precarizó el mundo del trabajo, hasta el punto de disparar el aumento del “monotributismo”, habla de empleo de calidad y emprendedorismo. El gobierno que llevó el déficit fiscal a máximos históricos habla del déficit recibido, el que más deuda tomó en relación al tiempo transcurrido de administración insiste en el dispendio insostenible de su antecesor, que redujo los pasivos. El gobierno que prometió un modelo basado en “la inversión y la exportación” no puede esconder el creciente déficit de la Cuenta Corriente del Balance de Pagos. Extrañamente, el “círculo rojo de los informados” ya sabe que en 2018 se viene más ajuste con mayores tarifas, reforma laboral y, potencialmente, previsional, a la vez que se mantendrá la resubordinación implícita en el explosivo crecimiento del endeudamiento en divisas. Mientras tanto el único proyecto claro, evidente y demostrable en los números de la Alianza Cambiemos es la mejora de la tasa de ganancia frente al salario y la habilidad mediática para sostener la esperanza en un futuro mejor en una porción de los sectores medios que la apoyaron en el balotaje de 2015.

  En el necesario reportaje del jueves “el monstruo” estaba allí, era de carme y hueso, respiraba y no dejó pregunta sin responder, desde los títulos penales de años de tapas de diarios a los detalles del ajuste en gateras. Mientras tanto el verdadero monstruo, no el relatado, estuvo en otra parte. Vio todo por televisión.