Rafael Bielsa, sobre su última novela, "Rojo sangre", publicada por Planeta
Escribir para digerir el presente
El crimen de dos inocentes en un barrio periférico dispara una trama que remite a la violencia urbana rosarina y que refleja las esperanzas y frustraciones del ex canciller que ha vuelto a despuntar su pasión literaria, su modo actual de política.
Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir.Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir.Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir.Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir.Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir.
Bielsa valora la posibilidad que tiene de leer, observar y escribir. 

Rafael Bielsa se reconoce en el experimentado periodista Mario Riesi, en el capo narco Ronco, en el militante barrial Chana y, también, en esa suerte de sacerdotisa que es la enigmática Celia. En esos personajes, explica, se reflejan sus esperanzas y frustraciones: como todo escritor, el ex canciller filtró sus emociones para darle forma a Rojo Sangre, novela publicada por Planeta donde ofrece una visión cruda de una ciudad atravesada por las redes del narcotráfico, en la que los pibes viven y mueren en un presente demasiado exiguo, donde la policía se erige como protagonista central del conflicto y la política muestra su inacción desde los márgenes.

En Rojo sangre, el crimen de dos inocentes en un barrio periférico marca el estallido en una ciudad que remite ineludiblemente a Rosario: la novela de Bielsa está dedicada a la memoria de Mono, Jere y Patóm, las víctimas del triple crimen ocurrido el primer día de 2012 en Villa Moreno. La historia, sin embargo, debería aguardar algún tiempo hasta ser releída por el escritor rosarino, que en marzo de 2013 renunció a su cargo en la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) y un año después publicó su primera novela no ficticia: Tucho. La Operación México, o lo irrevocable de la pasión. Y si ese trabajo le permitió regresar a los años 70 a partir de la figura del militante montonero Tucho Valenzuela, en Rojo Sangre Bielsa se lanzó a brindar su mirada sobre un presente convulsionado.

Impregnado por su trabajo territorial y la experiencia acumulada durante su paso por Sedronar, y luego de tomar como fuente de información "muchísimas hojas de desgrabaciones judiciales, para lograr el efecto de verosimilitud en el discurso", por recomendación de Reynaldo Sietecase Bielsa convocó como editora a la novelista Betina González, que puso el marco disciplinario: a razón de un capítulo por mes, el escritor rosarino terminó de redondear una novela que no puede dejar de asociarse con el asesinato de los jóvenes militantes del Movimiento 26 de Junio. "No quería apropiarme de ese episodio (en ese caso hubiera usado la clave del periodismo), pero me parecía muy simbólico por la inocencia de los chicos que habían matado", aclara Bielsa en diálogo con Rosario/12, y reconoce que aún cuando la narración permite trazar lazos con la realidad, la obra se universaliza en una marginalidad característica de estos tiempos: "Hay un grumo rosarino en la novela, pero un cordobés lo lee en clave del Gran Córdoba, o alguien en Buenos Aires lo lee en clave del Gran Buenos Aires".

 

“Ojalá me hubiera ido mejor en la política electoral, es mi verdadera vocación, clave para cambiar la vida”.

 

‑ Algo que puede repetirse también en distintos países...

‑ Es lo mismo, cambia la sustancia y la modalidad delictiva. Hay modalidades más complejas, sobre todo en países donde el mercado es más grande, como Colombia o Brasil, pero no cambia desde el hecho de las vidas desperdiciadas. Creo que el Papa Francisco lo dijo: antes eran desposeídos y ahora son deshechos. Es una frase tan dura como real. Me produce una enorme angustia, porque pienso en lo que es una oportunidad. A lo mejor, de tanto perder, han perdido también la posibilidad de detectar cuando se les abre una oportunidad distinta. Es como el fracaso de mi generación, porque la Argentina de hoy la hizo mi generación, entonces siento como un fracaso. Y la literatura es un medio tan bueno como cualquier otro para testimoniar por dónde podrían ir las cosas para que Argentina sea un país un poco mejor.

‑ Estos chicos, estos deshechos, piensan y viven en puro presente.

‑ Hablan así, no usan otro tiempo verbal, no hay condicional, no hay pretérito, no hay futuro. Es presente absoluto. Cuando leés las desgrabaciones es una de las primeras cosas que notás, no hay matiz. La vida en la villa, no la delictiva sino de la gente que trabaja, es un velocísimo carrousel donde todo el tiempo están pasando cosas, donde todo se mezcla. Donde una niña no termina de ser hija y ya tiene que ser mamá, por lo tanto si tiene una hija o hijo a los 15, después es más amiga que hija, eso se da en el trato. Y cambian los papás, por lo tanto los chicos, que la mamá trata que no se le vayan, son medio hermanos. Es un fenómeno que o te horroriza y lo condenás (como pasa y se ve en los posteos en los diarios), o lo entendés, que es la única manera de cambiarlo.

‑ Sí, pero ese entendimiento implica cuanto menos una tarea intelectual. Aún cuando no se esté dispuesto a poner el cuerpo, implica el ejercicio de reflexionar, mientras que la condena es mucho más cómoda.

‑ Es mucho más cómoda y mucho más burra. Es como la victoria y la derrota. Es raro que la victoria te enseñe algo. La derrota siempre te enseña, te pone cara a cara con tus carencias. En la medida que estés dispuesto a dejar de lado los elementos protectores que te da el narcicismo, porque si no tenés ganas, siempre podés justificarte. Pero me quedé con eso que dijiste: hay cosas que sólo se entienden poniendo el cuerpo. Si vos no caminás por esos lugares, no entendés. Es un mundo de volúmenes altos, de pastores electrónicos, de ciencias ocultas, de creencias, prejuicios. Un mundo donde primero se hacen las cosas y después se piensan las consecuencias. Para entender eso tenés que estar ahí.

‑ En ese sentido, ¿cuánto de su paso por Sedronar funcionó para comprender estas problemáticas?

‑ Mucho. Mi generación es bastante negada respecto de tres temas: la ecología (que no tomamos mucho en consideración pese a que Perón hablaba de eso), la igualdad de género (que fue creciendo después) y la droga, que para nosotros era una creación del imperio: la droga, el flower power, los hippies... todo eso era una cosa que despreciábamos. Entonces el contacto con el mundo de las drogas fue muy lateral, a pesar de que leía sobre el tema, sobre las grandes políticas a nivel internacional. Y cuando me hice cargo de Sedronar empecé a ver todos los días lo que son las drogas en las vidas de las familias. En general, en la vida, creo que los problemas tenés que entenderlos. Porque te puede llegar a tocar.

‑ Pensando en las políticas públicas sobre el tema, se propone ahora un modelo de guerra al narcotráfico que está probado no ha funcionado. ¿Qué visión tiene de esas políticas?

‑ Tal como decís, el paradigma de la guerra contra las drogas fue un enorme fracaso para la problemática (no así para algunos involucrados, que se cansaron de ganar dinero). Lo primero que hay que decir es que no se puede hacer nada con un retiro total del Estado de esos sectores. Y el Estado no existe más, porque se vino adentro de las avenidas. En segundo lugar, esos sectores expresan el fracaso distributivo de la Argentina, y sin un shock redistributivo es muy difícil reconstruir la cultura del trabajo, como articuladora de la familia, la escolarización, de otro mundo posible. Lo tercero es que esto no es de hablar, es de hacer. Y la cuarta cosa es una reforma policial.

‑ Todo esto tiene presencia en Rojo Sangre. El accionar de la política por caso, suena muy fuerte en la mirada de uno de los personajes, Paré, amigo de los militantes asesinados que comienza a trabajar para los narcos del barrio.

‑ Sí, es cierto. Pero también ahí lo que quise simbolizar es una cosa darwiniana, que tiene que ver con la supervivencia del más apto. En realidad Paré era el más apto. Eso también es muy de esa convivencia tan áspera que es la villa. Donde también hay mucha ternura, mucha ilusión. A gente que en el centro es temida por su aspecto es difícil concederle estos atributos, la generosidad, la solidaridad, la ternura, el amor. Y, sin embargo, existen. Yo traté de darle un orden a todo ese big bang.

‑ ¿La literatura es el espacio de militancia que hoy lo representa?

‑ Sí. Pero para no hacerme el vivo tengo que decir que no fue por elección sino por defecto: ojalá me hubiera ido mejor en la política electoral, porque esa es mi verdadera vocación. Ahí es donde está la clave para cambiarle la vida a la gente, en la política, en la participación, en ponerle el cuerpo. Pero bueno, perdí tres elecciones y me pareció que ya era hora de correrme. Y elegí este andarivel de la literatura, no porque me parezca más válido, sino porque es el que me deparó la vida.

‑ ¿El andarivel de la política está clausurado?

‑ Creo que sí. Nunca las segundas partes fueron buenas. Se me da bien la actividad privada (en el sentido que me gano la vida sin problemas) y también me parece que la función pública es embrutecedora. Porque tenés muy poco tiempo para leer, para reflexionar. Tenés que estar todo el tiempo decidiendo. Cuando estás en ámbitos como el mío (el del mundo empresarial, la literatura) tenés más tiempo para leer, para pensar, para redondear una frase. A mí me gusta mucho vagabundear cerca de mi casa por Colegiales, Palermo, Núñez. Me gusta sentarme a leer, subrayar, escribir. Me hace bien. Después uno se pregunta: ¿qué derecho tengo a hacerme el bien cuando otros la pasan mal? Bueno, yo ofrecí mi corazón, pero cuando te dicen que no, es no.