Crónica de una ciudad sometida al movimiento
El horror es experiencia
Imagen: AFP

PáginaI12 En México

Desde Ciudad de México

La muerte reptó bajo la superficie de la Ciudad de México desde el sur, penetrando hasta los barrios del centro; sólo entonces asesta el primer golpe. Son las 13.14 horas. Caen escombros. Luego toma camino de regreso, pero ahora trepa rascacielos y otras estructuras. Es una serpiente que se muerde la cola. 

Los daños que provocó ayer el terremoto de magnitud 7.1 forman un cinturón que inicia en la colonia Guerrero, por la antigua terminal de trenes de Buenavista, de donde partió el primer tren en la historia de México en 1873, hoy convertida en la Biblioteca Nacional. Y en la colonia Morelos, donde se encuentra el histórico barrio bravo de Tepito, cuna de José “Huitlacoche” Medel, Octavio “El Famoso Gómez”, Raúl “El Ratón” Macías, Rubén “El Púas” Olivares y Carlos Zárate, estos últimos tres campeones mundiales de box. Ayer, el terremoto noqueó al edificio del Consejo Mundial de Boxeo en lo que fuera el barrio más aristocrático, la colonia Juárez, dentro de la llamada Zona Rosa, bautizada así por el pintor José Luis Cuevas, en tiempos en que la intelectualidad mexicana se reunía en sus cafeterías y casas de té. Sacude al barrio vecino, la colonia Cuauhtémoc, el eje financiero de la ciudad.

La muerte va de regreso.

El latigazo corre a lo largo de la avenida Insurgentes, una de las más largas del mundo, con sus casi 30 kilómetros de norte a sur, el mismo sentido que siguen los efectos del terremoto antes de entrar a la colonia Roma. Caen construcciones, incluida una escuela privada de monjas en la que estudiaron mis hermanos y una prima, casi enfrente de donde yo hice la secundaria, a dos calles de donde vivíamos en los 70.

Todo es más violento en cuanto la onda pega en la colonia Condesa; ahí se derrumban cuatro edificios, uno de ellos de 10 pisos de apartamentos, que sepultan la condescendencia de hipsters y millennials hacia la memoria sísmica de nosotros los babyboomers. Todos los que pueden inician labores de rescate.

La sacudida llega a Viaducto Miguel Alemán, la primera gran vialidad capitalina a la manera de los freeway gringos, sólo que de chapopote en lugar de concreto armado y sobre el lecho del viejo Río de la Piedad. (Ahora todo mundo recuerda que esta ciudad se construyó secando lagos y ríos, minando miles de kilómetros de manto freático y dejando sus cimientos sobre una gelatina.) Sobre Viaducto y calles cercanas en las colonias Roma Sur y Del Valle Norte caen dos, tres edificios de cinco y hasta 10 pisos.

Los daños que en 1985 se concentraron en la delegación Cuauhtémoc hoy se extendieron a las delegaciones Benito Juárez y Coyoacán, donde se derrumbaron una decena de edificios, un centro comercial, un kindergarden y una primaria privados. Los puentes que conectan varios edificios en el campus Ciudad de México del Tecnológico de Monterrey se derrumbaron. Los daños se extendieron al oriente, hacia los linderos de la delegación Iztapalapa, la más populosa de la capital.

Un edificio colapsa, con decenas de costureras dentro. Vecinos calculan un centenar de personas atrapadas ahí. Como en 1985.

Más al sur, el majestuoso Estadio Azteca, sede de dos Copas del Mundo de fútbol, puede haber llegado a su fin, fracturado desde lo alto de sus tribunas. Esta noche no se jugará el clásico joven entre América y Cruz Azul.

Los grandes rascacielos de la Ciudad de México, sobre todo los construidos después de 1985, se mantienen en pie, pero hay decenas de incendios en otras edificaciones. Piden no fumar, por las fugas de gas.

Las principales avenidas son invadidas por la gente. Miles de personas deambulan, en lo que deciden qué hacer. El pánico va a pie de regreso a casa.

A las 5 de la tarde (las 7 pm en Buenos Aires), iban 54 muertos en Morelos, 30 en la Ciudad de México, 41 en Puebla, 9 más en el Estado de México. Al menos 2 millones de personas están sin electricidad, pero las 11 líneas del Metro y el Aeropuerto Internacional fueron reabiertos.


13:14:38. Magnitud 6.8 Loc.7 km al oeste de Chiautla de Tapia, en el estado de Puebla, a 23 kilómetros de profundidad.

La alerta sísmica sonó cinco segundos después de iniciado el temblor. Al menos 49 construcciones se derrumban en un parpadeo. Nadie pudo prevenirse. Yo tampoco.

13:14:40. Magnitud 7.1, con epicentro a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, en el estado de Morelos, a unos 150 kilómetros al sur de la Ciudad de México. La profundidad fue de 57 kilómetros.

La primera sacudida es como un mareo que torna en vértigo cuando tomo conciencia de lo que ocurre. No he dado ni siete pasos cuando la sacudida me remonta a 1985. Había pasado la mañana escuchando programas de radio que recordaban el terremoto de hace 32 años. Didácticos, los “Topos” –los rescatistas que se vuelven famosos por arriesgar la vida dentro de construcciones colapsadas– cuentan que la mayor concentración de muertos que ellos localizan se da en escaleras. Es lo primero que cae. Hay que calcular un lapso no mayor de 15 segundos para huir con seguridad. Yo vivo en un segundo piso. Son cuarenta escalones hasta la calle. No tiene caso intentarlo. Llamo a Angélica, la señora de la limpieza que le tocó trabajar hoy en mi departamento, y le ordeno: ¡Bajo la mesa! ¡Métase! Yo le sigo, arrastrando a Mila tras de mí, mi amorosa perra que no entiende lo que ocurre y tiembla más que mi edificio.

–¡Mi hijo! ¡Mi hijo! –gime Angélica. Su niño está en la escuela, y ella sólo piensa en él.

Afuera se escuchan explosiones. Dos edificios caen a menos de seis calles de mi departamento. La ciudad es un déjà vu.

“Caigo en cuenta: He (sobre)vivido dos terremotos de magnitud mayor a 8”, reflexioné en mi muro de Facebook hace 11 días, tras el terremoto de magnitud 8.2 del pasado 7 de septiembre, el más fuerte registrado aquí desde 1932. En 1985, el terremoto que devastó a la capital del país me sorprendió en los primeros minutos de sueño, tras una noche de farra. El 22 de marzo de 2012, un terremoto de magnitud 7,8 provocó el desalojo de miles de edificios sin que se reportara un solo incidente. “Cultura sísmica, le llaman los expertos. Memoria, decimos los que temblamos de miedo cada vez que nos mueven el piso de esta forma”, les conté entonces desde estas mismas páginas.

El pasado 10 de septiembre tuvimos un primer aviso de lo que se venía, aunque nadie supo leerlo: a las 9 de la noche con 54 minutos se registra un temblor de magnitud 2.6, apenas perceptible porque el epicentro fue en la mismísima Ciudad de México. Y ayer, a las 11:13 de la mañana, el volcán Popocatépetl lanzó una gran fumarola.

A las 11 de la mañana de ayer, la alerta sísmica sonó para marcar el simulacro que todos los años realizamos en la Ciudad de México; 134 minutos después, todos recordamos para qué sirve estar preparado.

Termino de escribir cuando ya ha caído la noche. Un vehículo con altavoces da instrucciones a los vecinos para amagar el miedo.

La ciudad es un ulular de ambulancias, carros de bomberos y patrullas policíacas. Los helicópteros sobrevuelan las zonas dañadas. La muerte flota entre el polvo. Será una larga noche, y está empezando a llover.

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