Caravana y Los huesos, dos propuestas desafiantes

Para mover cuerpos y mentes

Por fuera de las opciones previsibles y para el entretenimiento inmediato, las puestas que pueden verse en el Centro Cultural San Martín y en el FIBA apuntan a otros lenguajes. “Es una invitación a observarnos a nosotros y a los otros con ojos frescos”, dice Leticia Mazur.
Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos.Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos.Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos.Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos.Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos.
Caravana se desarrolla en una cambiante estructura de tubos lumínicos. 

Lejos del entretenimiento y de la digestión rápida, la danza contemporánea local genera propuestas intensas y desconcertantes. Cuerpos que exploran con materiales, ritmos e intensidades; con pautas de movimiento atípicas en las que el sentido abre posibilidades. Actualmente dos trabajos dan cuenta de esta experimentación: Caravana, la nueva obra de Juan Onofri Barbato y Amparo González Sola, estrenada en Holanda, en el TACEC del Argentino de La Plata y ahora en cartel en el Centro Cultural San Martín; y Los huesos, de Leticia Mazur, que viene de hacer funciones en el Centro Cultural Recoleta, participará del Festival Internacional de Buenos Aires y desembarca en noviembre en el Galpón de Guevara.

En la primera pieza todo sucede en un cuadrilátero formado por tubos de neón, un espacio muy acotado de la amplísima sala A del Cultural San Martín. El público se ubica en gradas sobre los cuatro lados de la figura, teniendo distintas perspectivas de la acción. Una acción que comienza bien arriba. Onofri no para de moverse, de saltar, casi de entrenar entre los tubos como un deportista, hasta que entra ella, Amparo González. Y la adrenalina baja. Ellos articulan sus cuerpos formando figuras expandidas y esforzadas, se sostienen en equilibrios raros, exigidos, bellos. Tras esta distención, la exploración y la tensión recrudecen. Estimulados por el sonido en vivo de Ismael Pinkler, los intérpretes toman los tubos, desarman la estructura geométrica y ensayan nuevas formas con los materiales. Conectan los tubos y crean figuras, unen sus cuerpos a ellas, intervienen el sonido, usan objetos, se sacan la ropa y la usan como parte del movimiento. Los estados físicos y emocionales se extreman aún más y hasta coquetean con la violencia, en escenas que remiten a lanzas, marchas, tránsitos hacia alguna parte. Los cuerpos explotan de entrega y rozan el agotamiento. Las remeras y el piso se mojan del sudor, las respiraciones se agitan y la calma regresa en un final con tintes rituales y alegóricos. “Quisimos explorar sobre la materia de las cosas, de los cuerpos, del sonido y sus posibles relaciones. Nos preguntamos cómo podían relacionarse dos cuerpos por fuera de lógicas binarias. Veníamos investigando sobre el concepto de tensegridad, que viene de la arquitectura y se refiere a estructuras multidireccionales, basadas en sistemas de tensión y compresión recíproca. Esta lógica operó en diversos niveles: no solo en lo físico sino en el modo de construcción de la obra, de las relaciones entre los elementos y entre los tiempos”, comentan Onofri y González a PáginaI12.  “Durante el proceso de creación las intuiciones que íbamos teniendo nos fueron dando las claves del devenir. Estuvimos muy atentos, detectando las relaciones que se generaban entre los materiales implicados y nuestros cuerpos incluidos en un mismo nivel. Nos encontramos con situaciones impensadas”, agregan. 

En Los huesos, los cuerpos de los cinco intérpretes (Lucas Cánepa, Ana D´Orta, María Kuhmichel, Valeria Licciardi y Gianluca Zonzini) están totalmente desnudos. La escena es despojada, un único elemento central: un dispositivo lumínico manipulable, una suerte de grúa con foco, que adquiere distintas formas y sentidos y que por momentos concentra la atención. El diseño sonoro es variado: los ritmos generan climas distintos; se oyen campanas, trenes, formaciones orquestales, electrónicas. En este marco, los cuerpos se mueven en masa y ensayan detenciones, posiciones, poses. Cada intérprete sigue sus propios movimientos aunque todos se embarquen en el mismo estado emocional o físico. A veces se imitan, a veces no, como una diversidad unida. Despliegan una gestualidad que asombra: no es fácil asociar los movimientos a un sentido cotidiano y reconocible. Parecen seres que estarían fuera de la cultura y que manejan otro lenguaje corporal. Por momentos hay solos, por otros se amalgaban formando figuras que parecen carruajes. “Teníamos la necesidad de generar una experiencia en la cual despojarnos de hábitos, mandatos y preconceptos sobre lo que creemos ser, para que aparezcan otras formas de ser, de vernos a nosotros mismos y de relacionarnos entre sí. Es la primera vez que trabajo con personas con experiencias previas tan diversas y fue un desafío que apareciera un posible idioma común, la fuerza de los particular y de lo colectivo”, explica Leticia Mazur. Y agrega: “Fue una búsqueda consciente que los movimientos no puedan asociarse a sentidos reconocibles, que ciertos rasgos sean reconocidos pero nunca puros. Es que para experimentar libertades más profundas algo de todo lo aprendido tienen que ablandarse para dar lugar a modos más misteriosos que hablen de quiénes somos, más allá de lo establecido”.  Consultada sobre la desnudez que se sostiene a lo largo de la obra, la directora refuerza el deseo de restar todo signo que determine significados. “La ropa cuenta, contextualiza, ubica, referencia. Quería que se viera el cuerpo sin otra información que el cuerpo mismo. Pienso que la genitalidad no define una identidad predeterminada, un comportamiento o un rol. Y me pareció importante hacerlo acto. En realidad, el cuerpo es desnudo”, reflexiona.  

¿Qué pasa con el espectador cuando se enfrenta con creaciones que eluden la linealidad, los sentidos ya transitados y abren puertas hacia lo desconocido? Los creadores ensayan algunas respuestas. Para Onofri Barbato y González Sola “el deseo es que el espectáculo pueda sugerir o convocar a los espectadores física y emocionalmente, pero que al mismo tiempo no sea tirano, que no los lleve en una sola dirección. Ubicar las gradas rodeando la acción tiene que ver con no controlar lo que se ve, lo que se escucha o lee del proceso. Hay miles de puntos de vista y líneas de lectura. Eso nos interesa”. En una línea parecida, Leticia Mazur asegura: “No buscamos un efecto predeterminado en el espectador. Es una invitación a observarnos a nosotros y a los otros con ojos frescos, renovados, limpios de tanta carga y de tanta convención”.

* Caravana, creada, dirigida e interpretada por J. O. Barbato y A. G. Sola. Jueves y viernes de septiembre, Sala A del Cultural San Martín (Sarmiento 1551).

* Los huesos, dirigida por L. Mazur, 6 de octubre a las 21 y 8 de octubre a las 17 en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930, sala Capilla) y los martes de noviembre a las 21 en el Galpón de Guevara (Guevara 326).

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