Américo Barrios, ¿no le parece?

Empezaba la década de los 70 y yo trabajaba como cameraman en el “Canal 11”, que era el de mayor audiencia. Don Héctor Ricardo García era el director y le había transmitido a la televisora la impronta popular y periodística, ágil y novedosa del éxito de su diario Crónica. Era tanto el trabajo que sólo se sabía la hora de entrada a Pavón 2444. La de salida la desconocíamos porque siempre había programas que se alargaban y otros que se agregaban inesperadamente. Ganábamos más con las horas extras que con el sueldo estipulado. Así como Hemingway escribió sintetizando la alegría de su juventud: “París era una fiesta”, juro que lo mismo puedo decir de ese tiempo en la emisora identificada por el logo del simpático dibujo de un leoncito. Todo era nervio desbordante, explosivo; se inventaba, se elaboraba, se producía con ritmo de locos. Aquello fue creatividad pura. El mismo García, el querido “Gallego”, se ponía a dirigir cámaras y programas. El eslogan básico fue: “El canal de las noticias” y, “en vivo y en directo”, la referencia y rúbrica que nos distinguía del resto de los canales. Entre “los artísticos” (así se les llamaba a quienes estaban delante de las cámaras; nosotros, los que estábamos detrás, éramos “los técnicos”) figuraban Pinky, Juan Carlos Mareco, Pepe Peña, Andrés Percivale, la “tía” Valentina, Manuel Rey Millares, Ulises Barrera, Dante Panzeri, Osiris Troiani, Lucho Avilés, Llamas de Madariaga, Jorge Conti (politizado, de periodista luego pasó a ser interventor del canal), los hermanos Sofovich, Roberto Galán, Tato Bores y miles más junto a jóvenes que estaban empezando, como Alberto Badía y Fernando Bravo que conducían un programa de chicos moviendo el esqueleto al ritmo de la música de moda. Armando Repetto hacía El Reporter Esso, con una calidad profesional tan admirable que bien puede considerárselo único en su puesto. La cotidianidad del trabajo hacía que se pudieran generar lazos de amistad y conocimiento. Eso me pasó con muchos de los “artísticos”. Don Américo Barrios (alias de Luis María Albamonte, tal como firmaba sus libros) fue uno de ellos. Cuando yo era pibe en los años 50, él hacía sus comentarios radiales en cadena todos los mediodías. Terminaba su mensaje con una frase elegante, una pregunta seductora: “¿No le parece?”... buscando la solidaria adhesión del oyente. Grabábamos los sábados a la hora de la siesta, cuando el canal aflojaba su intensidad de trabajo y se convertía en páramo. El llegaba al piso con varios sacos y corbatas que dejaba en los sillones. Iba a la sala de maquillaje y charlábamos de política y de lo que pudiera ser noticia del momento. Cuando la chica terminaba su trabajo, él inclinaba un poco la cabeza mirándose al espejo para verificar que el polvo efectivamente le quitaba el brillo de la pelada. De no ser así, pedía por favor que ella se esmerara para neutralizar los reflejos. Justificaba el pedido argumentando que “el farol de contraluz es muy fuerte y me hace parecer un santo con el halo que me brilla alrededor de la cabeza”… Y era verdad, pero cuando comenzaba a hablar, el espectador se olvidaba de esos detalles porque él tenía un gran carisma. Se colocaba en su sitio y yo, su exclusivo cameraman, lo encuadraba. “Tratá de no tomarme muy cerca, que no se me vean las ojeras.” Leía. No existía el teleprompter que hoy hace genio a cualquiera. En su mesa tenía disimulado el machete por si llegaba a olvidar algo. No recuerdo que alguna vez haya tenido que bajar la vista requiriendo ayuda. Hablaba con natural fluidez y precisión. Terminado el micro, tomábamos unos cafecitos allí mismo y él se ponía otro saco y distinta corbata para continuar con el micro del martes. Y así hasta el que iría el viernes. Cuando creía que el micro no le había salido bien, pedía verlo. Si advertía que podía mejorarlo, ya sea porque había tenido alguna frase endeble o redundado términos, o lo que fuere, repetíamos la grabación. Pero no más de una vez. Sabiendo que iba a trabajar mucho tiempo con él, compré Los Invasores y le dije que me había gustado mucho, lo que era verdad porque era muy buen escritor. Se puso contento y me hizo una linda dedicatoria. Me contó que García lo había llamado del exilio para que dirigiera Crónica y que con sus primeros libros bien podía ser considerado el fundador de la “literatura fantástica”, lo que luego sería la “ciencia-ficción”. Mencioné a Borges. Ahí saltó con furia diciendo que le había plagiado un cuento. Le pregunté cuál. Movió la mano con desdén indicándome que prefería dejarlo pasar. Me explicó que cuando hacía su alocución en cadena en la época del primer Perón, lo hacía por las emisoras privadas auspiciado por una casa de pieles y no por el gobierno, como se creía. Creo que se llamaba “Rosemary”, la casa. Y que el joven pintor Carpani, que luego sería un importante referente cultural y político, le había hecho una tapa especial para la novela Yo soy América. En los 50 había ganado los dos primeros premios de literatura más importantes: el municipal y el nacional.  Pero en el 59 tuvo que pagarse la edición de Adónde vamos (con prólogo de Perón) donde narra las vicisitudes del exilio con el General. En 1972 él ganó el Martín Fierro como mejor periodista de la Televisión Argentina por los micros que habíamos hecho juntos; y yo publiqué Las Tumbas. Me invitó a comer para festejar nuestros éxitos. En su columna en la contratapa de Crónica escribió un muy lindo comentario sobre mi libro. Había nacido en Chabás, provincia de Santa Fe. Era “un argentino que siente y sabe decir lo que siente”, como lo presentaban en cadena radial en su época de plenitud. Entre los dos tratábamos de ver cuál corbata combinaba mejor con tal saco. Si le decía que una corbata era muy atractiva, al terminar el micro me la regalaba. Tuve que dejar de hacer elogios. No soy de usar corbatas, pero aquéllas aún las tengo guardadas. Cada vez que abro el placard y las veo, vuelvo a cuestionarme mal por no haberme tomado el trabajo de leer toda su obra para ver cuál de sus cuentos pudo haberle plagiado Borges.

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