Hay una razón de peso para que la gran mayoría de argentinos que carece de un vínculo más o menos profesional con la historieta tienda a ignorar la existencia del señor Zárate: Oscar se fue del país hace más de cincuenta años y realizó en el exterior la mayor parte de su carrera como ilustrador e historietista (el término de “novelista gráfico” es por una vez apropiado). El exterior vendría a ser el Londres en el que se afincó casi inmediatamente y desde el cual regresa esporádicamente a Ituzaingó, suburbio en el que supo tener casa y familia. La historia de sus viajes –internos y externos– es la de una larga conversación (palabra que Oscar utiliza a menudo para describir la relación que tiene con su trabajo) que produjo a su vez una infinidad de rebotes, proyectiles generalmente afortunados cuyo alcance aún hoy resulta imposible mensurar y que siguen su trayectoria imprevisible. Un ejemplo entre mil: en su despedida en el aeropuerto de Ezeiza, allá por 1971, coincidieron dos amigos de Oscar que no se habían conocido hasta entonces. José Muñoz y Carlos Sampayo, ya juntos en Europa, coincidirían nuevamente en su Alack Sinner, rubio más bien ceniciento, detective desencantado de los cuadritos.

En estos cincuenta años londinenses, Oscar pasó del diseño y el dibujo publicitario a la historieta de sus primeros amores, dibujando guiones de tipos tan curtidos como Alan Moore, su amigo Sampayo o el cómico británico Alexei Sayle y, más tarde, sumando sus propias historias al asunto. En el medio, se cargó al hombro algún premio Eisner como quien no quiere la cosa. Y esa es la cosa con Oscar: todo en él es como quien no quiere la cosa. El hombre parece haber adoptado con el tiempo esa actitud tan terriblemente británica de disimular los propios logros que es difícil ahora conseguir que saque alguna chapa a relucir. Es cierto que en Oscar el pudor es genuino y viene sin pizca de jactancia, de manera que es probable que ya estuviera en el Oscar original. En cambio, no hay dudas de que su humor, austero pero eficiente, le (nos) pertenece: no cualquiera le pone de nombre “Morgan” a un hijo inglés “para que no olvide de donde viene... Hazel, la madre, que es de izquierda y feminista, estuvo de acuerdo”.

En la Argentina no se imprimió mucho material suyo, dado que el trabajo de Oscar es estrictamente personal y sus vaivenes no coinciden demasiado con las directivas del discurso en vigor. Es por eso que Oscar se trajo bajo el brazo el libro en el que en el que anduvo pedaleando estos últimos siete años: Thomas Girtin, the forgotten painter; cuatrocientas páginas geniales sobre el acuarelista inglés cuya temprana muerte fue recordada por el célebre William Turner (cacareado precursor del impresionismo) como el evento que lo preservó de morirse de hambre.

Semejante novela gráfica es el clavel rojo en la solapa con el que se podría reconocer a un Oscar que en estos días anda recorriendo las calles de Parque Patricios (otro de los barrios de su infancia), anudando historias y bordados que quedaron incompletos a causa del tiempo y la distancia. Visitas a primeras novias, largas caminatas a pasitos cortos, apariciones sorpresivas en la escuela primaria. “Al principio no sabían de qué les estaba hablando”, cuenta. “’No señor, esta escuela nunca se llamó Almafuerte’. Pero fueron amables y me dejaron visitarla. Después fui al café Las Palmas y hablé con los viejos de la mesa del fondo: ‘Claro, la escuela Almafuerte’, dijeron”. Cuando todos parecen perder la cabeza, Oscar mantiene la suya firme sobre sus hombros y está fresco como una lechuga, viajando y tejiendo historias. Oferta única: Ulises y Penélope por el mismo precio.

Y la historia de Oscar empezó con la historieta. “Tiene que ver con un Hugo Pratt. Yo llegué a esa generación que esperaba los viernes cuando salía Misterix. Me levantaba temprano para ir a comprarla. ¿Por qué Hugo Pratt? Había gente a la que le gustaba otra cosa; le gustaba Breccia, por ejemplo. Pero también vi fotos de él. Las tenía todas, Hugo Pratt. Era tremendamente buen mozo. Estaba vestido tipo norteamericano, con blue jeans, que no se conseguían en esa época.”

Oscar Zárate

SUEÑOS DE HISTORIETA

Esta es la crónica de una tarde con Oscar y de cómo varias botellas de vino no pudieron hacer vacilar un relato que es también el de una Argentina que quedó conservada al vacío en su interior: “Olmedo era el del Capitán Piluso, ¿no?”. Una Buenos Aires a la que, si damos crédito superpuesto a la acusación de mantenerse de espaldas al río tanto como a la de mantenerse de espaldas al interior, deberemos suponer hecha de pura espalda y por lo tanto un lugar propicio para que opere en ella la magia de lo exótico y lo lejano.

Y la magia empezó negando la existencia de los Reyes Magos: “De pronto noté que ciertas personas hablaban mal de la historieta. (Juan Carlos) Aznar, por ejemplo. Para mí era importante Aznar, él hacía historietas. Un día íbamos caminando por la calle y me dice: ‘La historieta se acabó’. Lo peor que podía escuchar. ‘¿Por qué?’, le digo. ‘Ayer me compré un librito de Skira, Pintura de Modigliani’. Y me dice: ‘Si vos querés ser un artista, la Argentina no es un buen lugar. ¿Cuál es el mejor lugar para ser un artista? París. Me voy a París’”.

Porque en Oscar los descorazonamientos son tan importantes como las epifanías o los súbitos entusiasmos. Forman parte de la misma conversación, hecha de preguntas y respuestas. “Con José (Muñoz) éramos amigos. Había mucho cine, a veces tres películas por día en la calle Lavalle, y después entre película y película nos sentábamos media hora con un café con leche y hablábamos de historieta. Y con José... yo tuve crisis con la historieta”. En un momento determinado todo lo que estaba pasando a su alrededor, cuenta Oscar, le hizo pensar que estaba mal esto de hacer historietas, que había otro tipo de realidades. “Porque lo que yo quería hacer eran cowboys e indios. O la Segunda Guerra Mundial. Era un pibe colonizado. No la veía de otra manera... Todos éramos colonizados. Oesterheld dio vuelta la tortilla. Trabajó con un lenguaje prestado y después lo dio vuelta. De pronto, empecé a leer otras cosas, a tener conversaciones y tuve una crisis grande. Hasta ese momento, antes de la crisis, sabía cómo iba a ser mi vida. Era como ese aviso de la Panamericana. Sabía cómo iba a ser mi mujer, sabía cómo iba a ser mi casa, sabía que un día de la semana un chico joven iba a traerme su trabajo y yo le iba a decir ‘Si, vas bien’. Y mi trabajo iba a ser sindicado como el de José Luis Salinas. King Features Syndicate. Entonces era la meta”.

En un momento determinado, con Muñoz decidieron: “Tenemos que ir a ver a dibujantes profesionales”. Y el primero que se les ocurrió es Luis Ángel Domínguez. “¿Por qué? Porque él dibujaba historietas históricas. De caballeros, de castillos... Entonces, desde nuestra inocencia o ignorancia, pensamos que vivía muy bien. Y lo fuimos a ver pensando que tenía una casa con una pileta: vivía en una casa chorizo, en una habitación. En la cual había un sillón con un plástico arriba y un ropero. Un tipo dulcísimo, que habló con nosotros, nos dio consejos y qué sé yo. Fue un bajón, porque no tenía nada que ver con ese aviso que él dibujó. Porque una de las cosas era que en poco tiempo íbamos a triunfar. La imagen era la de la copa de champagne, mujeres al otro lado, y yo me lo morfé, todo eso. Era una promesa: a mí las mujeres ni se me acercaban. Y el que la dibujó vivía en una habitación en una casa chorizo. Después fuimos a una pizzería de Federico Lacroze y Corrientes, a tomar café con leche y medialunas, a charlar. Nos íbamos a suicidar.”

Portada de la edición británica del libro de Zárate

GIRTIN YA TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Las crisis de todo tipo se saldaron con volteretas continentales, pero la historieta siempre aguarda a los suyos agazapada en un callejón oscuro y provista de un maletín negro a lo Jack El Destripador. Una lista corta de los libros de Oscar debería incluir A Small Killing (1991), con guión de Alan Moore, Fly Blues (2008), junto a Carlos Sampayo, y, ya por su cuenta, The Park (2013) y el reciente Thomas Girtin, the forgotten painter, publicado este año en Francia e Inglaterra y al que le fue bastante bien, por cierto. The Guardian dictaminó directamente que el resultado era espectacular. Oscar, como siempre, es más humilde (“Ellos hablan y yo río”) y cuenta: “Se trata de tres personajes actuales que giran alrededor de Girtin, haciendo también lecturas sobre su propia vida... si vamos a ver una exposición, esa pintura a vos te va a tocar en algún lugar y a mí por ahí me va a tocar en otro, en distintas cosas y esto es lo que pasa con los tres amigos. Los agujeros en cada uno de ellos. Se arma un debate interno, a través de la vida personal de Girtin, por esta situación particular que se da con la naturaleza, y que es casi religiosa... digamos que uno sabe de dónde viene el ser humano. Pero del árbol, de la roca, nada se sabe. Cómo decía Pepe Biondi, ‘¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Dónde me pongo?’ Y eso es un tema del libro, porque tiene que ver con el comienzo de la Revolución Industrial. Girtin viajó por Inglaterra. Vio chimeneas y sabía que iba a cambiar todo. Los personajes están afectados por esa parte, lo que hace el ser humano con la naturaleza. Y que es lo que Girtin te dice. Porque él también poco a poco a través de su trabajo va eliminando edificios y seres humanos. Es el comienzo de la cosa romántica. Inventó la pintura romántica. Era una respuesta a la Revolución Industrial.”

Siete años con Girtin no transcurren así no más. Digamos que en el medio pasó de todo: Oscar conoció al amor de su vida y lo perdió (la artista Vojsava Fakhro, a quien va dedicado el libro), produjo sus acuarelas con pandemia y sin ella y tuvo que soportar la mirada enloquecida de Boris Johnson emitiendo rayos catódicos por las noches. Pero el tipo tenía una meta y es invencible, a su discreta manera: a una edad donde todos piden gancho él los sigue tirando con más fuerza y efectividad que nunca. Se puede sospechar que se trata de la sangre guaraní (su padre era correntino), que es la que también lo hace ensañarse con el papel, la acuarela, la necesidad de contar cosas; con la historieta, en suma. Por supuesto, ya está dibujando la siguiente y ese es en parte el motivo de su visita. Esta vez la cosa pasa en Ituzaingó. Y es otro laburo increíble. Como todos los suyos.