Desde Marrakech

Jessica Chastain llega a la entrevista con un sobretodo marrón y unos anteojos a tono que le cubren una buena parte de su rostro y le imprimen a su figura un aura similar al de Julia Roberts en la escena de Un lugar llamado Noting Hill en la que se refugia de los paparazzi y los fanáticos en la librería del buenazo de Hugh Grant. Pero si aquella pelirroja forjó una carrera al calor de personajes femeninos mayormente dóciles y enamoradizos propios de la última década del siglo pasado, ésta, en cambio, está dispuesta a todo con tal de romper con lo que se espera de ella. 

De allí, entonces, que su filmografía incluya trabajos con realizadores tan disímiles como Kathryn Bigelow (la oscarizada La noche más oscura), Terrence Malick (El árbol de la vida), Aaron Sorkin (Apuesta maestra), James Gray (El tiempo del Armagedón), el argentino Andy Muschietti (Mamá, It: Capítulo 2), Guillermo del Toro (La cumbre escarlata), Ridley Scott (Misión Rescate) y Christopher Nolan (Interestelar).

“Nadie está a cargo de mí, excepto yo misma”, dirá durante la charla con medios de todo el mundo –entre ellos, Página/12– realizada en uno de los restaurantes del majestuoso Hotel Mamounia, donde se hospeda durante su estadía en la 20º edición del Festival Internacional de Cine de Marrakech. Llegó hasta aquí con una doble misión: encabezar el jurado a cargo de conceder los premios de la Competencia oficial y acompañar las proyecciones de Memoria, que la tiene como protagonista junto a Peter Sarsgaard y bajo el comando del director mexicano Michel Franco.

La frase, cargada de rebeldía, podría sonar a lugar común en tiempos de corrección política y empoderamientos, pero lo de Chastain va más allá del palabrerío ante los micrófonos encendidos. A fin de cuentas, no solo se hizo de abajo, sino que fue víctima de un padre golpeador del que su madre se separó apenas juntó coraje y algunos dólares que se escurrieron como arena entre los dedos. “Creo que mi compromiso con el feminismo estuvo siempre dentro mío”, cuenta la actriz, y sigue: “Probablemente venga de mi niñez, porque fui criada por una madre soltera y en muchos casos no teníamos comida o nos desalojaban de las casas. Recuerdo esa sensación de ser invisible para sociedad”.

En aquella época, afirma, sintió el martillo de la injusticia cayendo sobre su cabeza y, especialmente, sobre la de su abuela. Continúa Chastain: “Mi familia y yo sentíamos que no era justa la manera en que la sociedad la trataba. Nadie reconoció las situaciones por las que tuvo que pasar o la responsabilidad que se vio obligada a asumir. Por eso en parte me convertí en lo que soy hoy. E incluso va más allá de las cuestiones de género. Si veo algún tipo de desigualdad o discriminación, no puedo evitar hablar en contra porque soy así desde una edad muy temprana”.

La actriz tres veces nominada al Oscar y dueña de una estatuilla por Los ojos de Tammy Faye encuentra en esa situación la razón para que trabajo y militancia avancen de la mano. Hace ocho años se asoció con su colega Juliette Binoche para crear We Do It Together, una productora sin fines de lucro especializada en proyectos hechos por y para las mujeres, y desde el año pasado es también parte de consorcio –junto a las actrices Natalie Portman, Jennifer Garner y Eva Longoria, entre otras figuras– a cargo de inyectar una buena cantidad de dinero y publicidad al club Angel City FC de Estados Unidos para catapultar al equipo de fútbol femenino hacia la elite de la liga estadounidense. A todo eso, claro, se suma su trabajo delante de las cámaras.

El peso del pasado

Las rugosidades de la infancia de Chastain dieron paso a una carrera que comenzó en el teatro y pegó el salto al audiovisual hace veinte años. En ese ámbito construyó una filmografía de más de 50 películas y cuyo último eslabón es Memoria, flamante trabajo del mexicano Michel Franco. Allí interpreta a Sylvia, una trabajadora social que, a diferencia de ella, está enredada en los fantasmas de la violencia y los abusos, un dolor que canalizó en un alcoholismo que ahora trata de mantener a raya cumpliendo con los mandatos impuestos en las reuniones de Alcohólicos Anónimos a las que asiste. En esas anda cuando, durante un encuentro con compañeros del secundario, uno de ellos –interpretado por Peter Sarsgaard, ganador del Premio a Mejor Actor de la Competencia Oficial del Festival de Venecia, donde Memoria tuvo su estreno mundial- la sigue hasta su casa. Lo particular es que se trata un hombre de vida acomodada que empieza a sufrir los primeros síntomas de la demencia.

¿Una relación entre una mujer incapaz de sobrellevar el horror que le generan sus recuerdos y un hombre que está perdiendo la memoria, entre alguien con exceso de pasado y otro al que ese pasado se le difumina? Al contrario de lo que esa fórmula sentimental invita a suponer, sobre todo tratándose de un realizador acostumbrado a indagar en las facetas más siniestras y ominosas del ser humano como Franco (Chronic, Nuevo orden), la película se entrega con proverbial convicción y humanismo a acompañar a esas personas quebradas en lo que, de concretarse, sería una historia amorosa contra viento y marea.

“Me atrajo mucho la posibilidad de trabajar con Franco, un cineasta increíble. Hoy estoy interesada en lo subversivo y las historias provocativas, en personajes que van en contra de cualquier estereotipo y de lo que la sociedad espera que haga o sea una mujer. Con Michel pasa eso: es un cineasta del que no podés esperar nada porque hará lo contrario”, cuenta la actriz antes de ejemplificar con una situación vivida el primer día de rodaje. “Llegué sin saber qué haríamos y fuimos a una reunión de alcohólicos en una iglesia donde las personas contaban sus historias. Nunca había experimentado algo así. Hubo tal grado de inmersión que tuve que dejarme llevar de la misma manera que con Terrence Malick. Tenía que estar preparada para ser filmada en todo momento y para trabajar con actores que no son profesionales. Me resultó muy desafiante tratar de no parecer una actriz”.

-La película trata sobre cómo la memoria se acumula para formar una identidad. ¿Se filmó en orden cronológico? ¿Cómo trabajaste el pasado de tu personaje?

-Michel trabaja en orden cronológico y filma cada toma desde un solo ángulo. Después de hacer cinco tomas, es probable que se acerque para decirte: “Está bien, pero ¿podrás no decir este párrafo?” o “¿Y si decís esto de tal manera?”. Ahí mueve la cámara a un lugar diferente y es como empezar de nuevo. Eso es algo muy liberador para un actor porque podés hacer algo completamente diferente de una toma a otra, no hay necesidad de que coincida. Filmar en orden cronológico te permite construir el personaje de una manera auténtica, incluyendo el hecho de armarle una historia de fondo. En el caso de Sylvia, eso era muy importante. Cada vez que entra a lugar, lo hace con una mezcla de vergüenza, miedo e ira, y necesita alguien que no pueda recordar momento a momento para verla fresca y que ella también pueda verse a sí misma de esa manera. Tuve que crearle un pasado lo más específico posible. ¿Cuál fue su punto más bajo? ¿Qué hizo cuando decidió estar sobria? ¿Qué pasó ese día? ¿A qué olía su padre? ¿Qué tipo de alcohol tomaba?

-No suena a un trabajo fácil…

-No, de hecho, trabajé tan duro que incluso antes de entrar al set sucedían cosas de las que ni siquiera era consciente. Ahora, cuando veo la película me doy cuenta de que había una burbuja invisible a mi alrededor y que cada vez que alguien pasaba cerca era como si no hubiera posibilidad de que me tocara. No fue una decisión consciente, fue algo más bien mágico. Simplemente sucedió.

-Cuando se estrenó El árbol de la vida en el Festival de Venecia de 2011, muchos críticos predijeron que serías una de las mejores actrices de tu generación. A veces se dice eso de alguien que después no llega a ningún lado. ¿Qué sentís cuando mirás hacia atrás?

-No sé si yo… las afirmaciones de ese tipo son muy subjetivas en términos de a qué responden. Una sigue evolucionando a lo largo de los años. Sí noto que cada vez que me etiquetan me pongo bastante rebelde y lucho contra eso. La película posterior a El árbol de la vida fue Mamá, de Andy Muschietti y producida por Guillermo Del Toro, y mi personaje era algo así como una “antimadre”. No podía ser más diferente. Después de ganar el Oscar por Los ojos de Tammy Faye, lo siguiente fue Memoria, que también es muy distinta. Siento que busco directores y creadores que realmente sean subversivos y asuman grandes riesgos. Me exijo lo mismo a mí misma y nunca quiero permitirme sentirme demasiado cómoda. Si alguien empieza a prestarme mucha atención por hacer una cosa, inmediatamente iré y algo muy distinto como, no sé, X-Men o lo que sea. Es para demostrar que nadie está a cargo de mí, excepto yo. Y eso es algo que tengo realmente internalizado.

-Mencionaste varias veces lo provocativo, lo subversivo y el hecho de romper reglas como cosas positivas. ¿Tu interés por proyectos de este tipo es algo nuevo o viene desde antes?

-Creo que siempre ha sido así, me gusta. Siempre digo que es como un hueso lastimado: para sanarlo, primero hay que romperlo por completo. Y creo que es una buena representación para la sociedad, porque a veces hay que romper con nuestras formas de pensar o de relacionarnos con el mundo. Puede ser una película imperfecta técnicamente, pero es lo que me sale, crece dentro mío más allá de un momento particular. El arte debería confrontarnos porque, cuando vivimos una vida donde estamos dormidos, ¿realmente estamos viviendo? Es muy importante tener algo que te despierte para que puedas cuestionarte todos los días quién sos. Y no creo que alguna vez debamos ser capaces de responder eso porque deberíamos estar en constante evolución.

-Tu carrera empezó en el teatro, y este año estuviste en Broadway haciendo una versión de Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, por la que fuiste nominada a un premio Tony. ¿El teatro te genera un cosquilleo distinto al de cine y las series? ¿En cuál de las disciplinas sos más selectiva?

-Sí, había pasado un tiempo alejada de los escenarios. Pero el director de la obra, Jamie Lloyd, es increíblemente subversivo y provocativo, y le dio un enfoque que nunca antes había visto, era como si estuviera redescubriendo el género musical. Realmente me atraen los directores y artistas que están dispuestos a dar grandes cambios y a hacer cosas distintas, incluso grandes fracasos, porque cuando fracacás es probable que estés abriendo nuevos caminos. Eso fue lo interesante de volver al teatro. También me interesaría trabajar con otros directores, pero mientras hacíamos esta obra con Jamie ya estábamos hablando de proyectos futuros que podríamos hacer juntos, así que el teatro seguramente será un elemento básico en mi vida. No sé qué va a pasar ni qué decidiré, pero he notado que en el último tiempo me atrae más el cine y el teatro de bajo presupuesto porque, de alguna manera, se permite romper reglas que con un detrás estudio no se podrían romper.

Chastain y Peter Sarsgaard en Memoria.


Sus próximos proyectos

Chastain no para. Poco antes de comenzar con la gira promocional de Memoria, la pelirroja volvió a ponerse al servicio de Michel Franco para una película de la que, acorde con el estilo comunicacional del realizador, se sabe poco y nada. “No puedo contar mucho porque él es muy reservado con su trabajo. De hecho, durante mucho tiempo la sinopsis de Memoria decía que era sobre las vacaciones de una pareja en la ciudad de Nueva York, lo que no podría estar más lejos de lo que en verdad es. Sí puedo decir que es una producción de bajo presupuesto que ya está hecha y que mi personaje no podría ser más diferente al de Memoria”, adelanta la actriz, quien hace un par de meses debía arrancar el rodaje de la serie The Savant, un proyecto pausado a raíz de la huelga de actores en Hollywood y basado en el artículo publicado por la revista Cosmopolitan en 2019 sobre una mujer que se infiltra en grupos de odio virtuales para ayudar a detener los ataques públicos a gran escala.

-¿Es difícil crear detalles de un personaje que se mantuvo oculto intencionalmente?

-Sí y no. Quiero decir, he interpretado a personajes reales a las que he tenido acceso, como Maya en La noche más oscura. Hablé con ella y varios agentes secretos antes de interpretarla. Y hubo mucha desinformación porque varias personas salieron a decir que ellas eran Maya, pero la realidad es que no era ninguna de las que dijo serlo. También me tocaron personajes reales con los que no tuve la posibilidad de charlar, como Tammy Faye. Tanto para esa película como para esta serie traté de leer todo lo que pude sobre ellas y el mundo donde trabajaron. Me gustaría anotar todos sus gestos y esas cosas, pero no me gustaría verme ni comportarme exactamente como ellas.