Hay un consenso prácticamente unánime, en el mundo de los analistas, acerca de que el Gobierno logró una victoria trascendente con la aprobación senatorial de la ley Bases. ¿Es tan así? ¿Cuál sería la traducción de esa conquista en el cotidiano de la inmensa mayoría de los argentinos?

Sumado a que los chinos renovaron el crédito de vencimiento inminente; a que el Fondo Monetario concluyó la octava revisión del acuerdo macrista y a que la inflación oficial de mayo fue del 4,2 por ciento (una enormidad, pero la más baja desde enero de 2022), también se señala que la semana de los Milei fue la mejor desde que asumieron.

Venían de una quincena en la que sólo se les habían acumulado malas noticias: Pettovello, los movimientos del dólar, la caída de bonos y acciones, el incremento de las cifras de pobreza e indigencia, sucesión de empresas paradas, trabajadores despedidos o suspendidos.

¿Algo sustancial de esa lista varió significativamente? Al día siguiente del gran triunfo volvió a dispararse el tipo de cambio, cuando se esperaba una baja abrupta. Y “los mercados” volvieron a preguntarse dónde hay un dólar, viejo Gómez.

Que los chinos ratificasen su aporte no es plata fresca, sino un revoleo de corto plazo. Y menos que menos son dinero contante y sonante los 800 millones de dólares “desembolsados” por el FMI: son un mero asiento contable que entra y sale al mismo tiempo. Dicho de otra manera (de la que poco se habla), el Fondo se paga a sí mismo hasta que entre en vigencia lo acordado por Martín Guzmán para pagar los 44 mil millones de dólares tomados por Macri, en 2018, a fines de financiar la fuga de capitales.

Caputo Toto, encima, ratificó que retoma conversaciones con el Fondo para acceder a otro préstamo, tan voluminoso como lo que se necesita para allegar los dólares que no entran por ninguna parte. Es curioso que, inclusive entre la prensa adversa al oficialismo, se haya relativizado tamaño ruego del timbero en jefe.

Sí es cierto que los arreglos con el FMI y con Beijing -Milei viajará allí con bandera blanca, tras las barbaridades dispensadas a los chinos- impiden que las reservas del Banco Central continúen deteriorándose.

Y es verosímil que la baja de la inflación puede producir o asentar un efecto alucinógeno en amplios sectores de la población, resignados o confiados en que habrá luz al final del túnel. Su costo es el proceso recesivo gigantesco, gracias al ajuste que el propio Presidente califica como inédito “en la historia de la humanidad”.

Pero, si además se observa una vereda de enfrente donde hay más escasez que fortaleza, es comprensible que buena parte de “la gente” quiera agarrarse de algo. ¿Se trata primero de enojarse y luego de encontrar explicaciones? ¿No será que es al revés?

Se entiende el asombro que provoca un personaje capaz de llegar a Presidente de la Nación desde el desaforado panelismo televisivo, casi sin escalas. ¿Por qué no sería factible que un hecho de esa naturaleza provoque incluso cierta parálisis, en tanto se requiere “procesarlo”?

Sin embargo, no es veraz que no pasa nada así como así. En apenas seis meses de Gobierno, hubo ya dos paros generales. Una afluencia masiva el 24 de marzo, que excedió al recordatorio del genocidio. Y la marcha más impresionante desde el retorno democrático, en defensa de la Universidad pública.

Puede agregársele, cómo no, que en el Senado se votó una ley más Gases que Bases, en medio de un despliegue represivo atinente a una dictadura e invadido de infiltrados que el mileísmo llevó a categoría de “grupos terroristas”. Es gravísimo y es otra historia que ya vivimos.

Parecía que todo estaba escrito en el manual de la fachósfera, pero no. Ahora inventaron un intento subversivo como elemento de una manifestación que era completamente pacífica. En el primer comunicado oficial, en lugar de “perpetrar” se leyó que quisieron “perpetuar” un golpe de Estado. Son igual de brutales que de brutos.

La ley susodicha sufrió una mengua considerable. Salió pero con la lengua afuera, ayudada por lo que el colega Pablo Ibáñez definió como “el traicionómetro peronista” (y aledaños).

Tuvieron que repartir embajadas, cargos en reparticiones estatales y organismos binacionales, obras u obritas públicas en las provincias. Una auténtica transa de casta.

Veamos, empero, la ligera síntesis de lo resultante. Es muy buena la publicada este viernes en Página/12, acerca de lo que se podó y lo que quedó.

El título 1 le concede a Milei la declaración de emergencia y la delegación de facultades especiales, pero sólo por un año. En el proyecto original las emergencias eran 11. Quedaron 7 en el camino.

En la reforma del Estado y las privatizaciones, además de quitarse nada menos que Aerolíneas y el Correo, entre otros, se incluyó la exigencia de que debe intervenir una Comisión Bicameral.

Permanece la moratoria previsional. Permitirá que las mujeres, sobre todo, lleguen a la jubilación pagando los años que trabajaron y en que los empleadores no les hicieron los aportes.

El dichoso Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) tuvo magullones, sin siquiera contar que, mientras exista cepo cambiario, ningún inversor jugará a la ruleta. Y en todo caso, es una apuesta de plazo largo sin consecuencias perentorias. Se incluyó un límite para que puedan disponer libremente de las divisas.

La restitución de Ganancias, afuera. Al igual que la rebaja en Bienes Personales. Es una derrota alta para el oficialismo, que se verá si logra revertir en Diputados. Era -es- llave para que el Gobierno consiga dinero fresco.

Y, vaya, por ahora quedó a salvo el monotributo social, que el Gobierno pretendía eliminar desprotegiendo a uno de los sectores más vulnerables de la población, ingresándolo a la informalidad absoluta al impedirle una obra social y el acceso al sistema jubilatorio (ver el artículo de Karina Micheletto, también el viernes, en este diario).

¿Significa que el Gobierno afrontó una trompada sorpresiva? No. Sería necio afirmar eso.

Milei recibió sus facultades delegadas y el RIGI, pese a los recortes, es columna vertebral para modificar la matriz de renta, producción y distribución, con un ejército de excluidos.

Alfredo Zaiat compendió este domingo, en su brillante columna, la suerte que corrieron las leyes sancionadas bajo presión del Poder económico, con la ilusión de generar condiciones para un boom. No sucedió jamás.

“Victoria política” es haber alcanzado un triunfo parlamentario parcial, del que no se dice que sea menor porque lo obtuvo desde una bancada de apenas 7 integrantes, ampliados gracias a la habilidad y los favores desprejuiciados que muñequearon Guillermo Francos y Victoria Villarruel.

Como ya se insistió por estas horas desde cualquier palo, tenían que cantar un gol del modo que fuese y lo lograron. En la práctica concreta de la economía, en cuanto a consecuencias rápidas, no cambia nada.

¿Significa, entonces, que la oposición obtuvo otro avance contundente, que se agrega al del proyecto sobre movilidad jubilatoria sancionado en Diputados? No, pero sí que permanece una resistencia apta para que el Gobierno no pueda llevarse todo por delante.

Sobre eso, vale un apunte que tal vez se perdió de vista y que rescató el diputado Leandro Santoro en una entrevista radiofónica.

Cuando fueron los paros generales y las manifestaciones convocadas por el sindicalismo, sin perjuicio de la opinión que merezcan los popes cegetistas, hubo la señal clara de oponerse al ajuste que de ninguna forma está pagando “la casta”.

Y ni hablar de lo sencillo, lúcido y específico que fue la consigna de la marcha en defensa de Educación y Universidad públicas. Justamente: eso solo tocó una de las fibras más sensibles de la memoria nacional. De lo que debe resguardarse. De lo intocable.

En cambio, la discusión de la ley Bases quedó encapsulada en el mundillo político y politizado. No nos engañemos. No se dejó claro, ni de lejos, cuáles eran y son las cosas que están en juego. Por fuera de “la patria no se vende”, que es muy meritorio pero amplísimo, faltaron ganchos y explicaciones mucho más directas para la comprensión colectiva.

Falló la comunicación. Cuando pasa eso, es porque fallan la orientación y decisión políticas.

Y como ya se sabe hace rato, la comunicación no reemplaza a la acción política. La integra, y cada día más. Pero sin buena comunicación, no hay acción política que produzca efecto masivo.