Desde Azul

La de Azul es una comunidad que se reinventó a sí misma a partir de una biblioteca. El responsable de que esta ciudad, ubicada a 300 kilómetros de la de Buenos Aires, haya sido declarada por la Unesco como “cervantina” –título que, en Latinoamérica, comparte con Guanajuato y Montevideo– se llamó Bartolomé Ronco. Falleció en 1952. Era porteño, doctor en jurisprudencia, y mientras vivió aquí contribuyó al desarrollo de la localidad de muchísimas maneras. Fundamentalmente de una que no debe haber imaginado: el hombre coleccionaba ediciones del Quijote. En 2004, sus libros fueron expuestos en el restaurado Teatro Español y la comunidad comprendió la dimensión de su patrimonio cultural. Tres años más tarde comenzó a desarrollarse un festival multidisciplinario que, entre otras cosas, mantiene vivo el espíritu de la obra del Manco de Lepanto. 

Desde entonces, su carácter cervantino otorga una nueva particularidad a una ciudad que cuenta con la arquitectura futurista de Francisco Salamone –quien diseñó la plaza principal, el matadero y el Angel de la Muerte que custodia la entrada del cementerio–; un bello parque municipal que parece estar ahora en su mejor momento; un balneario con una “isla” al que los azuleños van a pescar cuando sale el sol en este territorio de clima indeciso; las esculturas hechas de chatarra de Carlos Regazzoni, que, dicen, se fue del pueblo enfrentado con él. “Azul es surrealista”, define un artista local. A pocas cuadras de los museos, los comercios y edificios públicos, las viejas y monumentales casonas y los naranjos, están los campos y los arrieros. Azul es surrealista, además, por las historias y leyendas que circulan sin pausa. 

La que fuera la casa de Ronco permanece abierta al público. Es un museo en el que un señor apodado Chincho traslada a los visitantes a la Azul de la primera mitad del siglo XX para contar la historia del hombre que le dio una identidad nueva al pueblo. No coleccionaba solamente ediciones del Quijote –llegó a tener 300 diferentes–, sino también del Martín Fierro. Era amigo de escritores y entre las páginas que habitan las estanterías por él fabricadas hay dedicatorias de Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Nicolás Guillén y Raúl González Tuñón, entre otros. Su mujer, conocida popularmente como Santa, encuadernaba los libros y por eso se mantienen en muy buen estado. Ronco, además, creó el Museo Etnográfico, al que donó su colección de platería gauchesca y mapuche, presidió la Biblioteca Popular e ideó la revista Azul, de ciencias y letras. 

Al día de hoy, la antigua Casa Ronco sigue dando sorpresas y alimentando la vida cultural de la ciudad: recientemente el periodista Marcial Luna halló en su hemeroteca una serie de notas escritas por Roberto Arlt en 1927, que entonces fueron publicadas en el diario El Régimen con el título de “Impresiones de un porteño en Azul” y que son el antecedente de sus aguafuertes de El mundo. Durante el Festival Cervantino –o “la cervantina”, en la síntesis de los locales–, este museo ubicado en el centro funcionó como una de las múltiples sedes. Aquí ocurrió la que posiblemente haya sido una de las propuestas más excéntricas: una charla brindada por un ingeniero que hizo un estudio sobre los árboles y arbustos que aparecen en la obra de Cervantes y que registró cuáles de esos ejemplares fueron cultivados en espacios públicos de Azul. ¿En qué otro punto del mapa nacional podría verse una escena como ésta?

Nora Iniesta con su obra dedicada al Manco de Lepanto.

 

Sólo aquí, en el corazón de la pampa, donde han inventado un postre llamado “Dulcinea” y platos como “Rocinante” y “Sancho Panza”, y donde hay un mural de Rep inspirado en el libro, igual que las esculturas de Regazzoni, emplazadas frente a la costanera Cacique Catriel. Parte de la programación tuvo que ver con la obra de Cervantes: por ejemplo, Rep –que también llegó para restaurar su mural– estuvo dibujando en vivo en el acto de premiación del concurso literario “El Quijote vive en Azul”. “La pampa es una escena muy parecida a la Mancha”, comparó, y adelantó a este diario que en marzo presentará su libro definitivo sobre el Quijote, con 40 nuevos dibujos. “Mi aporte al mundo cervantino es darle una contemporaneidad que lo mantenga vivo”, remarcó.

Otro de los ejes del festival, dirigido por Estela Cerone, es que funciona como una suerte de feria local en la que los artistas de la zona muestran sus producciones. A su vez, llegan a la ciudad figuras de la cultura. En la 11° edición, Juan Falú, Susana Rinaldi y Hebe Uhart brindaron charlas; Gerardo Hochman mostró Leonardo; Inés Estévez llevó su show musical; Gabriela Izcovich, dos espectáculos; y Nora Iniesta donó una obra a la Casa Ronco. Se presentaron, además, el ballet de Oscar Araiz, la Orquestonga, la Orkesta Popular San Bomba, Nacha Roldán y la obra teatral ¿Cómo vuelvo? Leyenda campestre de una maestra errante, dirigida por Diego Lerman, con actuación de María Merlino y texto de Uhart. El show más masivo –que dejó desabastecida de agua a la estación de servicio más céntrica– fue el de Ricardo Arjona el sábado 4: era de carácter privado pero figuraba en el programa.

Salvo a la hora de la siesta, desde el 2 de noviembre y hasta ayer, el festival pareció inmiscuirse en cada rincón de la ciudad. No solamente fueron sede sus espacios culturales, como el Teatro Español o el Centro Cultural San Martín, enorme lugar que otrora fue un cine-teatro y luego una discoteca. También lo fueron las plazas, el consejo escolar, la escuela 17 –restaurada a causa de un incendio intencional– y unidades penitenciarias, entre otros sitios. Es llamativa la adhesión de los lugareños al encuentro, pero no se produjo desde el primer momento. José Manuel Lucía Megías, catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense, coordinador del Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares y padrino del festival, explica que, en un principio, no todos en Azul se identificaban en el espíritu cervantino. A algunos les parecía que el término y sus implicancias significaban “una nueva invasión” de España, que excluían la identidad pampeana y originaria de la región. “Me miraban con mala cara o no me saludaban, como si yo fuera un capitán realista”, recuerda. Hasta que, finalmente, la comunidad se apropió del concepto. El lema es “Soy Quijote” y “tiene que ver con la voluntad, un valor universal” y la concreción de este proyecto colectivo. 

El español también distingue el modo de producción del encuentro: los organismos que organizan y apoyan son varios, públicos y privados, pero la impronta es bien comunitaria. La programación surge de los mismos vecinos, quienes también asumen el rol de voluntarios. Con vistosas remeras naranjas, asisten al público en cada una de las actividades. “Es fácil entender por qué el festival ha cuajado en la sociedad”, sugiere Megías. Es que tiene un destacado antecedente: la recuperación “a pulmón”, por parte de la comunidad, del Teatro Español, sala lírica inaugurada en 1897. “Se estaba cayendo. Tardaron 25 años en restaurarlo. Pero fue hecho por la comunidad; por eso lo sienten propio.”

“La idiosincrasia de Azul es conservadora; podría crecer a otro ritmo. A principios del siglo pasado se estuvo especulando con nombrarla capital de la provincia”, describe Flavio Fiorenza, artista local y “localista”, que dedicó un libro de poemas al Parque Municipal diseñado por Carlos Thays. Es cierto que, en la época de las obras de Salamone, se esperaba para la ciudad una prosperidad que no llegó a tanto. El remisero que conduce hasta la terminal está enojado: dice que si uno no se mete en la Policía o en las fuerzas, no tiene nada que hacer en Azul. En cambio, dos voluntarias que cada noche custodian las puertas del Teatro Español, entregando programas y orientando a los invitados, son del grupo que siente orgullo.  “Al lado de Tandil y Olavarría, lo que nos distingue es la cultura”, celebran.