Gary Peacock, un visitante de primer nivel
Talento, experiencia y virtuosismo

En un año en el que no faltaron visitantes de primer nivel –en febrero el guitarrista Bill Frisell y luego el saxofonista Joe Lovano, el legendario pianista Barry Harris, el cantante Gregory Porter y el grupo de Chick Corea con Steve Gadd, que se amontonaron en el último mes y medio–, la presentación esta noche del trío del contrabajista Gary Peacock en la apertura del Festival Buenos Aires Jazz 2017 debe ser celebrada como un auténtico acontecimiento, de esos que prometen hacer historia. Fallecido Charlie Haden en 2014, no hay otro contrabajista en actividad con el talento, la experiencia y el virtuosismo de Peacock.

A los 82 años y habiendo superado un cáncer que nunca llegó a interrumpir del todo sus compromisos musicales (quizá nunca tocó con más furia y energía que aquella tarde en el festival de Juan-les-Pines en 2002, con el trío de Keith Jarrett, cuando acababa de salir de una delicada operación, y que quedó registrada en el impresionante álbum en vivo Up for It), Peacock no sólo sigue en carrera. También sigue de gira por todo el mundo con el trío que hoy lo trae a Buenos Aires por tercera vez, luego de dos memorables conciertos en 1994 y 2000 junto a Jarrett y Jack DeJohnette. De hecho, es casi imposible separar su nombre de ese trío legendario al que se mantuvo unido por más de treinta años, entre 1983 y 2014, cuando finalmente decidieron disolver el grupo, uno de los más extraordinarios (y longevos) en toda la historia del jazz. 

El mismo Peacock había prefigurado al trío cuando en 1977 editó bajo su propio nombre el álbum Tales of Another, con Jarrett y DeJohnette como sus partenaires. Pero fue el productor alemán Manfred Eicher quien impulsó el nacimiento del que se conocería como el Standards Trio, con la grabación para su sello ECM de tres discos que desde 1983 siguen reeditándose una y otra vez: Standards, Volume 1; Standards, Volume 2 y Changes, registrados todos en una misma sesión neoyorquina de dos días que luego se perpetuaron por tres brillantes décadas, con infinidad de ediciones, en estudio y en vivo.

En ese grupo, Peacock llegó a la cumbre de su instrumento, inspirado sin duda en el legado de Scott LaFaro, el legendario contrabajista de Bill Evans, de quien heredó su capacidad para interactuar melódica y armónicamente con sus compañeros de trío, dejando definitivamente atrás la idea del contrabajo como mero soporte rítmico. El de Peacock es un sonido sólido, potente pero siempre introvertido, reconcentrado, como si en cada fraseo de su instrumento estuviera pensando mientras improvisa, un pensamiento en acción que se suma al de sus ilustres compañeros. No parece casual que antes de Jarrett, Peacock haya tocado justamente con Bill Evans (en el LP Trio 64) y en más de una decena de registros de otro gran pianista, el canadiense Paul Bley, con quien siempre lo unió una gran afinidad.

Justamente, Marc Copland, el pianista que acompañará a Peacock esta noche, tiene un poco esa misma precisión y cartesiano lirismo de Bley. No por nada, el contrabajista ha grabado con Copland otra decena de discos, entre ellos los dos CDs editados del trío que integran con el baterista Joey Baron: Now This (2015) y Tangents (2017), ambos publicados por el sello ECM, para el cual Peacock ha trabajado casi toda su vida.

Sería injusto comparar a este trío, como inevitablemente se lo ha hecho, con el de Keith Jarrett, del que no puede haber parangón. Más inteligente será disfrutarlo en su especificidad. Hacen standards, es verdad, pero no son necesariamente los mismos del Standards Trio, y los hacen de manera muy diferente, más llana y accesible si se quiere. Y hay unas cuantas composiciones originales de los tres miembros del grupo, en el que el baterista Joey Baron se adapta a un estilo mucho más sosegado e introvertido al que habitualmente suele asociárselo luego de sus frecuentes intervenciones junto al guitarrista Bill Frisell y al furioso saxofonista John Zorn. En cualquier caso, la de hoy es una noche que puede llegar a ser inolvidable si la acústica de la Usina del Arte –siempre un poco fría, a pesar de su mucha madera– no juega en contra.