Competencia Internacional en el Festival de Mar del Plata
La cámara como dispositivo poético
En las primeras dos jornadas se vieron films provenientes de Portugal, Ucrania y Francia/Alemania, con temáticas y estéticas disímiles. El más radical de todos fue Good Luck, del estadounidense Ben Russell, capaz de provocar las más diversas sensaciones.
Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam.Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam.Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam.Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam.Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam.
Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo: una mina de cobre en Serbia y otra de oro en Surinam. 

Desde Mar del Plata

El sábado pasado, puntualmente a las nueve de la mañana, se oyó el disparo de largada para las proyecciones de la Competencia Internacional del 32 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Fue en la enorme sala del Auditorium, a pasitos de la rambla y del viejo y fiel lobo marino, ahora intervenido artísticamente –patito flotador gigante incluido–, transformado en objeto naif ideal para la foto o el sarcasmo, dependiendo de los ojos de quien mira. Películas provenientes de Portugal, Ucrania y Francia/Alemania le dieron forma a las primeras dos jornadas de exhibiciones, con temáticas y estéticas absolutamente disímiles (nada peor para una sección competitiva que la monotonía y la previsibilidad). La melancolía de un librero y poeta en estado de suspensión creativa, el descenso a un infierno de drogas pesadas y el duro trabajo cotidiano en dos minas tradicionales marcaron las historias de los primeros tres largometrajes, de un total de catorce, presentados en la primera sección del catálogo, una de las vidrieras principales del Festival

Imposible afirmarlo con infalibilidad matemática, pero es improbable que aparezca en la competencia un film formalmente más radical que el nuevo largometraje del norteamericano errante Ben Russell. Desde su ópera prima, Let Each One Go Where He May (2009), el “estilo Russell” podría definirse como un registro de lo real –aunque con alguna que otra intervención de la ficción– en el cual la cámara termina funcionando como un dispositivo poético. Puede sonar paradójico, pero eso es, en el fondo, Good Luck, un díptico rodado en dos lugares del mundo –una mina de cobre en Serbia y otra de extracción de oro en Surinam– que funciona como un reflejo posible de las faenas diarias que se llevan a cabo en esos sitios. Luego de un breve preludio musical, –rodado, como casi toda la película, en estricto plano–secuencia–, la primera parte reconstruye un día en la vida de los mineros serbios, comenzando por un descenso a las entrañas de la Tierra que se siente interminable, tal es la profundidad del agujero realizado sobre la superficie. El trabajo de cámara con steadycam de Chris Fawcett, colaborador habitual del director, vuelve a hacer las veces de cámara de inmersión, trasladando al espectador de manera casi física al lugar de rodaje.

Algunos momentos de descanso y charla humanizan a esas oscuras sombras apenas iluminadas por las linternas adosadas a sus cascos: miedos, deseos y recuerdos a los que Russell les da voz y rostro. Precisamente, una serie de primeros planos silentes, rodados en lo que parece ser película virgen vencida y de una duración establecida por los propios sujetos, convoca la fuerza del retrato pictórico tradicional, sin adornos ni comentarios. El segundo segmento de este documental de casi dos horas y media de duración se traslada a Surinam, donde un grupo de hombres y muchachos –y alguna que otra muchacha– intenta rescatar del interior de la tierra las escurridizas pepitas doradas. El método es tradicional y en la memoria del espectador pueden volver los recuerdos de algún largometraje sobre la famosa Fiebre del Oro. Otra canción cerrará la segunda y última parte, cuya letra surge de las ansias de tener una vida mejor para terminar transformada en pura ironía. El gran logro del film de Russell –una coproducción entre Francia y Alemania–, como suele ocurrir en el resto de su obra, es convocar las más diversas sensaciones: la fascinación, el asombro, la extrañeza y, por qué no, el tedio, dependiendo de la tolerancia del espectador a todo aquello que se corra de las normas narrativas al uso.

Dirigida por el experimentado Manuel Mozos (el director de 4 Copas y el documental Outros Amarao as Coisas que eu Amei, que se exhibirá dentro de algunos días en la 5ª Semana de cine portugués en Buenos Aires), Ramiro tiene como protagonista excluyente al personaje del título, un poeta semi–retirado –o a la espera de momentos más propicios para la inspiración– que sobrevive gracias a un pequeño local de compraventa de libros usados. En otras palabras, una librería de viejo en el corazón de Lisboa, que también hace las veces de lugar de encuentro para sus amistades, aunque no tanto como los bares donde Ramiro suele beber cerveza y otras bebidas alcohólicas en cantidades importantes. La de Ramiro es una existencia solitaria y melancólica típicamente cinematográfica, aunque Mozos logra evitar los lugares comunes a la hora de retratarlo, tanto a él como a algunos de sus conocidos, en particular una adolescente inquieta y despierta que transita los últimos meses de un embarazo y una vecina que sufre de Alzheimer e insiste en fumar a escondidas de propios y ajenos.

Poco se sabrá de la creación poética de Ramiro, pero la prosa de Mozos para relatar sus días y noches se corre constantemente del naturalismo que parece impregnarla y se contagia de la mirada un poco extrañada y definitivamente pesimista del héroe, un tipo simpático en el sentido menos superficial y evidente de la palabra. La relación con la joven embarazada y el contacto con un hombre que acaba de dejar la cárcel aceleran la conclusión de un relato que nunca apura los trámites. De hecho, Ramiro basa gran parte de su encanto y ligero sentido del humor en la descripción de los hechos más cotidianos y no tanto en las idas y vueltas del guion. Muy portuguesa en su cadencia, con ese decir ligeramente teatral de las palabras que marcó la última etapa del cine de Manoel de Oliveira, Ramiro es otro muy buen botón de muestra del cine portugués contemporáneo y un más que auspicioso punto de partida de la Competencia internacional del Festival.

No puede decirse lo mismo de 5 Therapy, ópera prima de Alisa Pavlovskaya, el retrato de un joven drogadicto y VIH positivo en una Ucrania que va desde mediados de la década del 90 –poco después del fin de la Unión Soviética– hasta el año 2007. A partir de un registro que alterna momentos de cierta sequedad y dureza con otros donde prima lo onírico (o pesadillesco), la película termina siendo esencialmente un relato admonitorio acerca de los problemas que puede traer aparejada la adicción a las drogas duras y sobre una posible tabla de salvación: la creación artística. Se trata, en todo caso, de una biopic atípica: la película está basada en la serie de novelas autobiográficas del escritor ucraniano Stas Dombrowski, quien aquí se interpreta a sí mismo. Por momentos efectista pero casi nunca efectiva en términos dramáticos, 5 Therapy no parece ser otra cosa que una ilustración audiovisual de algunos capítulos del texto en el cual se basa, una selección de momentos diseñados para el shock y la sensibilización ante una problemática social.

* Good Luck se exhibe hoy a las 17.05 en el cine Auditorium.