El mito de Hernancito

El rock argentino tiene mitos que rondan por el aire con halos de misterio. Más de uno se desvela por saber quién es Patricio Rey, aquella renga que bautizó a la banda más convocante en activo o Ana, la que no duerme. Una lista larga en la que también se inscribe ese tal Hernán, “el que mejor sabe gambatear la ley, al que todos en el barrio llaman El Sensei”. 

Aquella canción casi hipnótica de siete minutos, grabada de manera precaria y viralizada antes de que se utilizara ese verbo para definir la reproducción virtual, fue la primera plataforma de conocimiento público que tuvieron Las Pastillas del Abuelo. Consecuencias inesperadas de un tema registrado caseramente, incluso antes de que lanzaran su primer álbum, y que jamás fue incluido en ningún disco oficial de la banda. El grupo lo utilizó como caballito de batalla durante algunos años y de hecho cerraba sus shows con él, aunque luego le temió a lo obvio: convertirse en un one hit wonder criollo, y encima con una canción que no expresa la profundidad artística de Pastillas.

“Todavía me preguntan si ese sensei existe. Para muchos es un ser mitológico; para mí, en cambio, es un hermano de la vida”, revela Piti. “Ahora todos estamos grandes y sabemos como es la mano, no hay que esconder nada. Pero en ese momento era todo un tema hablar en una canción del ritual social en torno al consumo de marihuana. Se generó cierta polémica por el tono de la canción y cuando empezamos a convocar más gente también tomamos conciencia del impacto que podían tener nuestras letras. Hay que ser cuidadoso”.

Los músicos de Las Pastillas nunca melonearon con el mito de Hernán: cada vez que les preguntaban por su existencia, ellos lo aseveraban, aunque sin dar mayores precisiones. “En ese entonces había dos Hernán en ese grupo de amigos, el del colegio Mariano Acosta, y ambos se tiraban la bola porque éramos todos más chicos y no querían comerse el garrón de la charla con los viejos (se ríe). Después, el secreto medio que se develó y varios ya saben quién es Hernancito. Al que, a diferencia de lo que decía la canción, ya nadie llama el sensei”.