Las luchas de los trabajadores precarizados en algunos casos no cuentan con un sindicato que los apoye, y si lo tienen la relación con el mismo adquiere otras características. El sindicato apoya a las asambleas que se constituyen como autónomas, estableciendo relaciones horizontales entre sus miembros. Ocurre que quienes son designados para negociar con el Estado deben responder a los mandatos de la asamblea, que vendría a ser algo así como el órgano soberano. En muchos casos la patronal es el propio Estado, que desde los noventa a esta parte ha venido practicando la precarización sistemática.

Suele ocurrir que muchos organismos que intervienen en políticas sociales, son conducidos, en algunos casos, por funcionarios con cierta sensibilidad social, pero reciben órdenes y recursos de los funcionarios que están más arriba en la escala jerárquica, que desconocen las necesidades de la población más vulnerable, y se mueven con el mayor de los cinismos: “si no te gusta tu trabajo te rompo el contrato”, “ustedes firmaron el contrato”, y ni hablar de las extorciones que sufren los trabajadores cuando toman una medida de fuerza.

Lo que nuclea a los trabajadores es un conjunto de demandas, entre ellas, la más importante, el pase a planta o la mejora en las condiciones contractuales. Pero ocurre también que cuando los trabajadores logran lo que pretenden, este tipo de luchas se terminan. Esto es así porque no se valoran otras posibilidades que la lucha puede abrir. No hay una apuesta por resignificar el lugar precario de toda nuestra existencia.

La lucha colectiva, en la calle, debería por si misma ser un valor inmanente al proceso de constitución de sujetos colectivos.

De esta forma una batalla nunca podría estar satisfecha sólo porque se logra una mínima mejora en nuestra situación laboral. Debería ser más que una lucha sindical. Debería ser una lucha existencial, política, donde no sabemos a priori lo que podemos terminar siendo. En cualquier espacio de la vida social, cuando se constituye un colectivo de lucha, se da la oportunidad de fortalecernos, generar otros vínculos sociales, que no estén sujetos a la utilidad, que nos abran al Otro, que enriquezcan de sentidos nuestras vidas, replegadas en la soledad y el individualismo.

Debemos apuntar a lograr conocernos entre los trabajadores, establecer entre nosotros lazos de solidaridad y de compañerismo, crear un lenguaje común, incluso si este es subterráneo. El neoliberalismo fue una máquina formidable de creación de subjetividades, en los espacios de trabajo y en la vida en general. Es decir, no dejó lugar en nuestras vidas en el que no se haya metido. Es por eso que cualquier lugar nuestras vidas -y más todavía nuestro lugar de trabajo, teniendo en cuenta cómo el mismo condiciona a veces nuestra percepción del mundo- puede ser oportuno para reconstruirnos subjetivamente. El lenguaje común, deberá entonces implicar una creación de enunciados colectivos, para atravesar las fronteras entre los cuerpos, revitalizando el mustio y anémico lazo social que ha resquebrajado el capitalismo, desde el amor, desde la fraternidad. ¿Es poca cosa todo esto?. ¿No vale la pena esta apuesta, más allá de que no se logren conseguir todas las reivindicaciones?.

El Estado neoliberal, ha fragmentado el mundo del trabajo y por lo tanto también se han fragmentado las luchas. Los trabajadores precarizados deben tender puentes con otros trabajadores en lucha, lo cual es muy difícil, porque subjetivamente estamos adiestrados para sobrevivir individualmente. Hay que repensar la lucha asamblearia, dinamizar la toma de decisiones y enriquecer de sentidos la resistencia. Frente a la exposición en la que quedamos atrapados, al miedo que nos paraliza, debemos pensar en algunas prácticas que no puedan ser adjudicadas a ningún sujeto en particular.

En este tipo de luchas el Estado maneja los tiempos de las negociaciones, apuntando a la mentira y al desgaste. A los precarizados les cuesta marcar la cancha. Hay un miedo que el trabajador sindicalizado no tiene. ¿Cómo radicalizar las medidas de fuerza para no perder la iniciativa?. El corte de calle siempre ha sido molesto para las autoridades. Pero muchas asambleas de precarizados no lo practican, condicionados por el temor a perder lo poco que tienen. La extracción social de este sujeto contribuye a generar esos temores. Cuando se manifiestan los que ya nada tienen que perder, recurriendo por ejemplo al corte de la calle, el Estado suele sentarse a negociar. Pero cierto tipo de precarizados, a los que estoy haciendo referencia, no están excluidos de todo. Tienen un capital simbólico, una formación, una extracción de clase que los sitúa en un lugar diferente, en el que todavía tienen cosas que podrían perder.

El miedo, la vulnerabilidad de los precarizados, los deja imposibilitados de tomar muchas medidas que podrían tener mayor impacto para ser escuchados y respetados. Pero suele ocurrir que estas imposibilidades se contrarrestan con medidas de lucha que recurren a la creatividad, para interpelar a la población. En este sentido, el arte suele ser un recurso, también posibilitado por la formación y el capital simbólico de los trabajadores. Éstos se disfrazan, hacen intervenciones, dramatizaciones, pintando y escribiendo carteles, creando una poética colectiva que los torna visibles. El arte libra entonces una batalla contra la burocracia, contra los grandes aparatos políticos, contra la demagogia, contra la manipulación. El arte irrumpe en el espacio público, sorprende, y multiplica la fuerza de los trabajadores en lucha. Estos procesos solo vivenciándolos se los puede comprender. Uno nunca es el mismo cuando vuelve a su casa. Uno ya sabe que está acompañado, que el sufrimiento -por estar trabajando solo en lugares extremadamente peligrosos, sin recursos, maltratado por la patronal, arriesgando su vida- se comparte con otros, y a partir de ahí se lucha, y por lo tanto se despiertan sentidos que lo ayudan a sobrevivir. Ahora nos miramos a los ojos y nos reconocemos como trabajadores, nos identificamos y registramos al adversario. Poder hacerlo ya es un proceso de liberación. Entendemos que no somos nosotros los culpables de no poder cambiarle la vida a la población con la que trabajamos (con esa culpa cargan siempre los trabajadores que están en los territorios). Entendemos que soportamos sobre nuestros hombros políticas públicas impotentes y mezquinas -que solo sirven de pantallas electorales- y que la importancia que ellos les asignan se refleja en la situación laboral a la que nos someten: no nos registran como trabajadores, no nos registran como personas, y no registran a la población con la que trabajamos. 

Mauro Paradiso