Los deportistas y el submarino

El deporte es una herramienta formidable para amplificar las causas más nobles. Aquellas que representan un sentimiento colectivo. Un reclamo de justicia, un mensaje de solidaridad, un compromiso con los derechos humanos. Incluso tiende puentes adonde otras actividades no llegan. Pasó con el caso de Santiago Maldonado. Vimos cómo en cada estadio se extendía el pedido por la aparición con vida del joven muerto durante un operativo represivo de la Gendarmería. Ahora empezó a pasar lo mismo con los submarinistas del ARA San Juan. Jugadores de rugby y de fútbol brindaron diferentes demostraciones de contención y de afecto hacia los 44 tripulantes de la nave desaparecida y sus familiares. El equipo de Colón salió a la cancha contra Tigre con una camiseta que tenía inscripta sobre el pecho la frase “Todos somos ARA San Juan”. Debajo estaba dibujado el submarino. En el partido entre Arsenal y Talleres, los capitanes posaron con dos camisetas que llevaban el número 44 en la espalda. Adrián Arregui, el jugador de Temperley que convirtió el único gol del encuentro contra San Martín de San Juan, se lo dedicó a los marinos y sus familias. Estaba muy emocionado, con la voz entrecortada por la tristeza que le produce el hecho. El capitán de Los Pumas, Agustín Creevy, había mostrado una camiseta de la selección argentina de rugby con el 44 antes del último test match del año contra Irlanda. Fue en el estadio Aviva, durante la ceremonia de los himnos en la fría noche de Dublín. Un hincha lo acompañó en el gesto desde las tribunas con una bandera que también tenía inscripto el número que reseña la tragedia. Es posible que surjan otras demostraciones semejantes si se prolonga la sensación de vacío ante la desaparición colectiva. Ya pasó con Santiago. Y con otros casos donde el Estado no da respuestas suficientes, sus funcionarios justifican el accionar represivo –como en el crimen de Rafael Nahuel cometido por la Prefectura– o cuentan solo una parte de la historia. Los medios, sus voceros funcionales al discurso dominante y al manual que usa la ministra Patricia Bullrich para justificar asesinatos, son la contracara de ese significante que representa el número 44. Algunos han llegado a decir que los submarinistas “no cortaban calles”. Como si las víctimas tuvieran que ser discriminadas porque hacen un piquete o navegan a 200 metros de profundidad adentro de un submarino que brinda precarias condiciones de seguridad. 

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