Eleonor Faur y Alejandro Grimson hablan de Mitomanías de los sexos
“Todos estamos implicados en las mitomanías de género”
En su flamante libro, los investigadores apuntan contra la “biologización de la vida social” y contra ese lenguaje que naturaliza la desigualdad. “La aceptación de la diversidad ha cambiado mucho más que la relación entre hombres y mujeres”, dice Faur.
Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos. Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos. Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos. Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos. Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos.
Faur y Grimson trabajaron sobre ideas del sentido común cristalizadas en prácticas y discursos cotidianos.  
Imagen: Archivo

“Los hombres son más inteligentes que las mujeres”, “las mujeres son más emotivas”, “los hombres necesitan más sexo que las mujeres”, “todo el mundo se quiere casar”, “las mujeres tienen instinto maternal”, “los hombres son mejores para liderar”. La lista sigue y no será infinita pero es larga: se vive entre mitomanías sobre las relaciones entre hombres y mujeres, ideas del sentido común cristalizadas en las prácticas y los discursos que estructuran la sociedad y circulan en la escuela, en los vestuarios de los clubes, en las canchas de fútbol, en Twitter y en Facebook, en los grupos de whatsapp, en una cena entre amigas, en la política, en las publicidades, en el trabajo, en las relaciones de pareja. Contra ese lenguaje que naturaliza la desigualdad, que hace pasar por biológico lo que es social y cultural, la socióloga Eleonor Faur y el antropólogo Alejandro Grimson escribieron Mitomanías de los sexos, que acaba de publicar Siglo XXI Editores. El libro recorre y desarma más de un centenar de mitos sobre la relación entre varones y mujeres, sobre “los machos y las minas”, sobre el amor, el sexo, el trabajo, la familia, el poder, las identidades y la violencia. 

En el libro, los autores continúan el trabajo de desalambrado del sentido común que Grimson ya empezó en “Mitomanías argentinas” y “Mitomanías de la educación argentina”, ahora con la dificultad extra que tiene desarmar esas ideas que estructuran también la intimidad y los afectos. Para Faur, “en Argentina la aceptación de la diversidad ha cambiado mucho más que la relación entre hombres y mujeres, que es donde los mitos permanecen más invisibilizados y un poco más enquistados”. “Lo que quisimos – dice Grimson– fue negar el discurso supuestamente de divulgación que está atado a una biologización brutal de las relaciones entre varones y mujeres. Hay discursos que se instalan como de divulgación y son totalmente ignorantes de los aportes de las ciencias sociales y de la relevancia de la cultura y de la historia en la relación entre hombres y mujeres”. 

–¿En este sentido, entonces, se puede pensar a Mitomanías como un libro de divulgación científica?

Alejandro Grimson: –Después de todo este recorrido creemos que la palabra divulgación tiene que ver y no tiene que ver con el libro. Tiene que ver porque es un libro para el público en general que intenta difundir ciertas ideas e informaciones en un lenguaje accesible y dentro de lo posible entretenido, divertido. Pero al mismo tiempo implicó una gran investigación, cosa que no hace la divulgación, que traduce a un lenguaje comprensible para todos conocimiento científico establecido. Las mitomanías lo primero que implican es investigar las frases del sentido común, y estas frases no son una obviedad, sino que surgen de un proceso de investigación, de escucha, de distanciamiento respecto de lo que decimos, lo que escuchamos, de lo que se dice a nuestro alrededor y un momento de captar que ahí hay una condensación. La manera en la que Mitomanías decide confrontar con el sentido común requiere captar ese sentido común y en el libro hay un  proceso de elaboración nuestro que tiene que ver con cómo ir entretejiendo aquellas zonas donde no hay consenso: cuál es el peso de lo biológico, cuál es el peso de la cultura, de la genitalidad, de los modos en que miramos históricamente las genitalidades. Sobre esos temas hay polémica. Y nosotros a través de la conversación fuimos construyendo un punto de vista que se sitúa dentro de ciertos autores y que tiene elementos propios y que resuelve algunas discusiones en cierta dirección. 

–¿Cuáles son las mitomanías más robustas, más difíciles de cambiar? ¿En cuáles se reconocen?

Eleonor Faur: –Para mí la más robusta es la biologización de la vida social y en particular todo el papel doméstico atribuido a las mujeres a partir de la capacidad de parir. Ese es un núcleo duro de la desigualdad de género donde se intersectan todas las mitomanías relacionadas por la biología que comentaba Alejandro y con la biologización de la vida social y los estereotipos que suponen a todas  las mujeres aptas para la maternidad y deseosas de ser madres, e incluso nos atribuyen una suerte de “instintos”, cuando en los seres humanos es muy difícil identificar dónde hay un instinto porque estamos absolutamente atravesados por la cultura y por la historia. Ahí radica un núcleo muy específico que tiene resonancias en los otros planos: en que a las mujeres nos paguen menos, en que accedamos a puestos de trabajo no siempre jerárquicos porque se supone que nosotras vamos a estar jaloneadas por la vida doméstica, en que se recorten los espacios de la política. Esto tiene una historia muy larga y creo que hoy sigue vigente.

A.G.: –Yo me considero un feminista imperfecto. Con eso quiero decir que creo que en aquellas mitomanías que están más vinculadas a las divisiones estrictamente ideológicas, jurídicas, políticas, institucionales, tenemos plena adhesión a visiones de justicia, igualdad. Pero el feminismo vino a traer esa frase famosa de “lo personal es político” y yo creo que las mitomanías en las que tenemos mayores ambigüedades en la realidad, en nuestro feminismo realmente existente que nunca llega a poder deshacerse completamente de esa cierta implicación, tienen más que ver con lo cotidiano, lo más personal. Los que pertenecemos a cierta generación hemos sido atravesados por una transformación cultural que vivimos como vertiginosa en el sentido de que nuestras relaciones de género hace 20 años eran de una manera, hace 10 eran de otra y hoy son de otra. Uno autobiográficamente podría preguntarse, ¿en qué momento de mi vida dejé de cantar cantitos homofóbicos en la cancha?, ¿en qué momento dejé de decir “yo ayudo” en mi casa?, ¿qué cosas nunca logré hacer de las que pienso debería hacer? Yo creo que ahí hay una tensión muy fuerte entre la dimensión normativa, que más o menos la tenemos sistematizada y clara y a la que adherimos, y la vida cotidiana en la cual se nos torna dificultoso terminar de llevar a la práctica toda esa dimensión programática. Por eso todos estamos implicados en las mitomanías de género, más o menos. Incluso aquellos que nos consideramos feministas estamos implicados en esas dimensiones más personales que no dejan de ser dimensiones políticas.

E. F.: –Los lugares en los que uno está más implicado son aquellos en los que intervienen la afectividad y el deseo. En otros espacios, de militancia, de trabajo, hay una reflexividad mucho más accesible. Pero allí donde estamos atravesados por lo que nos pasa, lo que sentimos, el cariño frente a otra persona, el deseo de otra persona, ahí para las mujeres, o quizás para mí, es un poco más difícil. 

–¿Por dónde se empiezan a desarmar estas mitomanías más cristalizadas, que pasan por los ámbitos privados? ¿A través de la movilización o con políticas públicas?

E.F.: –Yo creo que es una combinación de las dos cosas. Sin dudas las políticas públicas tienen un poder enorme para recrear o erosionar las mitomanías. Sobre todo en las cuestiones de crianza y de cuidado de los niños, por ahora hay una reproducción bastante sostenida del estereotipo de la mitomanía de que somos las mujeres las que tenemos más habilidad y somos las que tenemos que estar a cargo de nuestros chicos. Hay pocos espacios de cuidado para los niños más pequeños, las licencias se concentran en las mujeres y tampoco son suficientemente largas, porque con 90 días, si después no tenés dónde dejar al chico tampoco es fácil agenciar esa doble responsabilidad de familia y trabajo. Todo esto es importante y la movilización social siempre es un empujón para la política pública. Una vez un secretario de salud me dijo: “ningún político va a tomar una decisión si no le está doliendo el problema” y el tema acá es que cuando hubo Ni Una Menos dolió y por eso las políticas contra la violencia de género empezaron a decantar a partir del 3 de junio de 2015. Antes existía la ley pero todo se demoró muchísimo más. El tema del cuidado yo creo que todavía no está doliendo porque, conectándolo con la otra pregunta, las mujeres tenemos ese mandato muy fuertemente instalado, incluso las más progresistas, y en nuestro recóndito interior es un lugar de micropoder que también ejercemos, un lugar donde sentimos una cierta afirmación, seguridad y hasta superioridad. Por eso nos importó incluir este tema en el libro: cuáles son esos espacios muy chiquititos que nosotros también sostenemos a través de las mitomanías y en nuestra experiencia cotidiana. 

–¿Creen que se trata de un tema que está realmente en agenda?

E.F.: –Es un tema que está entrando en la agenda con mucha energía. Lo hace a partir de la movilización social y de los movimientos de mujeres y de una creciente cantidad de personas que se dedican a la investigación, que trabajan en organizaciones de la sociedad civil y comunitarias, movimientos piqueteros. Ha habido una energía muy importante que empezó a debatir estos temas hace diez, quince años.  Y sin duda el movimiento Ni Una Menos trajo una expansión rotunda de esta conciencia de género que nació en una minoría y se expandió relativamente. Al mismo tiempo el núcleo duro de las militantes feministas es un núcleo muy formado en estos temas, para los cuales este libro no será ninguna novedad pero puede ser un recurso para trabajar en talleres. Al mismo tiempo creo que hay una proporción significativa de la sociedad que tiene una inquietud, que se está preguntando cosas, que acompaña al movimiento Ni Una Menos, que probablemente tiene alguna experiencia de violencia propia o en la familia que la ha movilizado y que todavía no termina de apropiarse pero ha empezado a reflexionar sobre estas cuestiones y se hace una cantidad de preguntas. Y es ahí donde la agenda tiene que permear, donde se tiene que expandir y se convierte en una mayoría de demandas, donde empiezan a filtrar las políticas públicas como está empezando a suceder en este momento, en el que ya se cuestiona si la educación sexual integral está llegando a las escuelas o si hay anticonceptivos para todas las mujeres que quieran cuidarse. 

–¿Y qué pasa cuando los reclamos superan el cerco de la violencia de género y los femicidios? ¿Cómo ven a la política de permeable a estas demandas, teniendo en cuenta, por ejemplo, la resistencia que generó el proyecto de paridad de género en las listas o los fracasos en los intentos de sancionar la despenalización del aborto?

E.F.: –Siempre la violencia de género tuvo más carisma para la política pública que la salud reproductiva, porque la violencia está abordando un tema que puede ser visto como parte de la vulnerabilidad femenina mientras que la salud y los derechos reproductivos de lo que hablan es de la autonomía femenina. Y siempre es más irritante pensar en términos de autonomía que en términos de vulnerabilidad cuando hablamos de las mujeres. Desde ese punto de vista no me sorprende que haya mayor permeabilidad frente a la cuestión de la violencia de género y que después se cierren las puertas cuando se va a hablar de paridad de género, que ya es distribución lisa y llana del poder, o cuando se habla del derecho al aborto, para que las mujeres podamos decidir sobre nuestros cuerpos y los trayectos de nuestras vidas. Eso ha sido histórico y claramente se mantiene. Al mismo tiempo ha habido un avance interesante en términos de educación sexual integral, que también era un coto de resistencia importante. 

A.G.: –La movilización social generó una efervescencia cultural donde se instaló el debate de maneras múltiples, incontrolables, sobre las relaciones y desigualdades de género en la sobremesa del domingo, en los bares, en todos lados. En esas discusiones lo que se ve es que todavía esos estereotipos que nosotros discutimos en el libro tienen una vigencia mucho mayor que la que podría esperarse. Más que una conexión de machistas clásicos lo que hay es un lugar de enunciación del machismo clásico por el que pasan muchas personas en el día a día.

–¿Eso es lo que en el libro llaman “neomachismo”? 

A.G.: –No, yo me refiero a que, en vez de clasificar, y esto fue parte del proceso del libro, si una persona es o no machista, pusimos al machismo como una suerte de discurso al cual personas que supuestamente no son machistas apelan en determinadas circunstancias, como puede ser un vestuario de un club o una cancha de fútbol, y después apelan a otro discurso. Es parte de nuestras esquizofrenias culturales, que quedaron mucho más a la luz a partir de la efervescencia cultural que plantearon todo el proceso de movilización y las discusiones semiprivadas y semipúblicas que se dispararon. Ahí hay una pregunta, que no podemos responder hoy, que es si de todas esas discusiones van a derivar otras agendas y otros reclamos. Por ejemplo, si el año que viene o el otro todos los sindicatos argentinos van a estar reclamando mayor licencia de paternidad. 

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