Opinión
Nadie se atreve a apostar

Durante varios años, explicar el escenario político-partidario chileno a argentinos con bastante claridad me llevaba unos pocos minutos. El clivaje izquierda/derecha permitía distinguir las dos grandes coaliciones presentes en el Parlamento con facilidad; la Concertación, en la centroizquierda, la Alianza, a la derecha. Cada una de ellas, a su vez, agrupaba entre dos y cuatro partidos de tamaño considerable. Listo. A esta descripción mía subyacía un sutil desafío: mi interlocutor, connacional argento, jamás podría lograr síntesis semejante del terruño propio. 

Cierto es que en las dos elecciones presidenciales anteriores a ésta –2009 y 2013–, la descripción podría haber requerido un par de minutos más, pero nunca demasiado. Sin embargo, nada es para siempre, y frente a la actualísima contienda electoral, decir que Chile cambió, es más que un slogan. Nada más contundente al respecto que los resultados de la primera vuelta del domingo 17 de noviembre pasado. Los dos grandes perdedores fueron, paradójicamente, el candidato que obtuvo la mayor votación, Sebastián Piñera, y las principales encuestadoras del país que, al atribuirle alrededor de un 45% de los votos al ex presidente, daban prácticamente por resuelta esta elección. Al candidato de la Nueva Mayoría, el ex periodista y actual senador Alejandro Guillier, le otorgaban un indiscutible segundo puesto con una distancia de más de 20 puntos respecto de la pole position. El tercer puesto sería para el nuevo actor, el Frente Amplio, conglomerado de pequeños partidos de izquierda al que se situaba por debajo de un 10%. 

Pero como el mundo ya sabe, la noche del 17 encontró a una clase política que no tenía libreto para interpretar los resultados: Piñera, 36,6 por ciento; Guillier, 22,7, Beatriz Sánchez, candidata del Frente Amplio, 20. Y más sorpresas: el Frente Amplio ganaba 20 bancas en la Cámara de Diputados y una en Senadores; José Antonio Kast, el candidato de ultraderecha pinochetista, cosechaba un nada despreciable ocho por ciento de los votos; la candidata de la otrora poderosa Democracia Cristiana apenas lograba el 5, 9 y Marco Enríquez Ominami reunía, decepcionado, a un 5,7 por ciento de votantes. 

Entonces el país se supo polarizado, lejos de esa moderación que tanto le endilgaron, y sus ojos se tornaron hacia el factor que podría definir la segunda vuelta: Beatriz Sánchez y el Frente Amplio, cuyas decisiones de cara al ballottage fueron tan diversas como diferidas. Ante el anuncio de libertad de acción, hubo declaraciones ambiguas, algunas opciones personales claras y un significativo goteo de apoyos en los últimos días. Finalmente, el miércoles, a cuatro días de la elección, los principales referentes del FA dieron su apoyo a Guillier. 

Ahora bien; no todo es revolución en Chile y algunas constantes se mantienen indelebles. Así, la derecha, ante el revés inesperado, ha optado por el miedo como estrategia. Echando mano a un pasado irrepetible, pero siempre irritante para ciertas pieles, se ha aventado el fantasma de la debacle de la UP –la Unidad Popular, el gobierno de Salvador Allende y su trágico final– a la vez que se habla de “Chilezuela”, burdo presagio que tal vez logre alarmar a algún incauto. En todo caso, la campaña de segunda vuelta pareció jugarse más por los goles en contra de cada candidato, que por las buenas jugadas propias. 

En cuanto a resultados probables, nadie se atreve a apostar demasiado. Las publicación de encuestas está prohibida 15 días antes de la elección, algo que liberó a las empresas a cargo de arriesgar escarnios como los de primera vuelta. En estos días se ha dicho que la elección del domingo es un segundo Plebiscito, en alusión al del año 88, cuando el pueblo chileno decidió la no continuidad de la dictadura. Es posible que el comentario compare lo incomparable, pero no deja de dar pistas sobre la percepción de un punto de inflexión histórico. Quien sea que gane las elecciones el domingo, lo hará en un nuevo escenario político, sin mayoría parlamentaria en ningún caso. Deberá negociar con nuevas bancadas, con los partidos tradicionales mermados, con un Congreso desplazado hacia la izquierda y menos dispuesto a doblarse ante los poderes fácticos, esos que bombardearon la agenda de reformas de Bachelet y que recurrirán a la amenaza que no es necesario traducir al argentino: cuidado con incomodar un poquito a los mercados, porque el país se cae del mapa. Un cuento más viejo que el hilo negro, a uno y otro lado de la cordillera. 

* Directora de Opinión Pública de la Fundación Chile  Veintiuno.