Sombras de guerra
Imagen: Marcos Mártinez

“Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya. Yo no creo que un episodio tan complejo como la masacre de Avellaneda ocurra por casualidad”

Rodolfo Walsh

Acá está, dijo Alberto desde el escritorio del hall del edificio. Nicolás lo miró y se dio cuenta de que ese hombre de baja estatura parecía allí imponente porque estaba sentado sobre una silla algo más alta que las comunes. Nicolás tenía su estudio en ese edificio antiguo con revestimiento de mármol en la entrada. Ahora, Alberto, el encargado,  le pasaba  el recibo de las expensas vencidas. Nicolás pagó y tomó los libros que poco antes había apoyado en un extremo del escritorio. Usted siempre leyendo, dijo de pronto el encargado. Sí, claro, contestó Nicolás. El otro, como si no lo hubiera escuchado agregó: Yo también conozco a ese autor, dijo señalando entre los libros el de Rodolfo Walsh que Nicolás tenía ahora en su mano derecha. Nicolás lo miró sorprendido. Sólo atinó a decir: así que conoce a este escritor. 

Ya en su casa, sentado en su sillón favorito, junto a la lámpara de pie, Nicolás abandonó el libro que iba a releer. Estaba cansado, atravesar la ciudad al atardecer lo extenuaba. Recordó entonces lo que Alberto le había contado unas horas antes sobre el libro de Walsh que conocía. No recordaba bien su título, pero él lo tenía presente porque se relacionaba con una historia que le había pasado a un conocido suyo. En realidad, era que en ese libro se contaba algo que le había sucedido a un muchacho del barrio de su infancia, quien ahora trabajaba en una fábrica de Avellaneda. Alberto pensó Nicolás, le contaba su historia, como haciendo honor a esa creencia de que lo que se quiere ocultar tarde o temprano se llega a conocer. 

Intentó dormir unos minutos, pero al entrecerrar los ojos, lentamente le fue apareciendo la cara y el torso de Alberto, tal como lo había visto antes en el hall del edificio. Luego la charla había continuado, junto a la puerta de entrada, donde el encargado lo fue reteniendo con su misteriosa historia. Al principio le pareció raro que Alberto le hablara de libros, no recordaba haberlo visto leer alguno. Antes de empezar con su relato, aclaró que no iba a dar los nombres reales porque se trataba de una historia verdadera. Y lo que importaba era lo que había sucedido más que los individuos. Después, algo serio, Alberto dijo que le contaba todo eso porque Nicolás era escritor y a lo mejor le podría interesar para alguna de sus novelas. Nicolás lo miró, deslizó una sonrisa algo complaciente y dijo “me interesa lo que quiere contarme.” Y Alberto relató brevemente los acontecimientos principales de esa historia que él aseguraba que realmente había sucedido. Dijo, con un tono triste, conmocionado, que su amigo, al que para darle un nombre supuesto lo llamaría Pablo, había sufrido mucho de chico, porque siempre tuvo vergüenza de su padre. En el barrio, en Wilde,  agregaba Alberto, los vecinos miraban a su madre, a sus hermanos y a él  como si fueran delincuentes o algo más terrible aún ya que no alcanzaba a saber muy bien de qué se lo acusaba. Recordó que un poco más grande, a Pablo le costó mucho comprender que su padre no había hecho nada grave, que  murió en una situación confusa, tal vez como si fuera un sacrificio, y lo peor por pura casualidad o por tener una suerte de mierda, como solía decir su madre. Pablo llegó a saber, por lo que había escuchado a un tío cordobés, que a su padre le habían pegado unos balazos en una confitería de Avellaneda, el mismo barrio en donde él, ahora un hombre de cincuenta años, trabajaba en una fábrica. En esa época no sabía ni el nombre del bar ni tampoco donde estaba ubicado. ¿Qué hacía su padre allí? Era para él en esos años de infancia un misterio, algo que recién mucho tiempo después pudo entender. Todo lo que lo rodeaba en esa época le parecía que era silencio, oscuridad y humillación. Su madre y hermanos callaban, nadie parecía querer contarle quién era su padre y porque lo habían matado en ese lugar cuando él era aún muy chico. Una infancia jodida, calificaba con expresión de preocupación Alberto y proseguía su relato. A los trece años, pobrecito, Pablo entró a la escuela de suboficiales porque pensó que si se hacía militar todos lo iban a respetar y se iban a olvidar de la historia de su padre. Él, de ese modo, pensaba que siendo un soldado de la patria nadie iba a preocuparse por el pasado de su progenitor. En ese período de su adolescencia, casi no lo recordaba, sólo tenía una imagen algo confusa, cuando con su padre iban a patear una pelota de fútbol que él le había regalado para navidad. Y después nada, el horror de su muerte y el silencio de su madre y su hermana cuando preguntaba por qué lo habían matado a su papá. Alberto le había narrado esa historia muy sintéticamente, en pocos minutos contó lo que le pasó después, cuál había sido la paradoja de la vida de su amigo, y el coraje que supo tener ya de grande para tomar una decisión acertada  que le dio confianza a sí mismo y lo ayudó a comprender mejor lo que había sido la desgracia oscura que ocasionó la muerte de su padre. Nicolás pensó en la eficacia que suele tener el relato oral; en tan breve tiempo se podía trazar una vida  y concluir esa historia, la de haber contado una experiencia que, para Alberto, era ejemplar. 

Después de comer con su mujer y con Liz, su hija adolescente, Nicolás volvió con una copa de vino sin terminar a refugiarse en el sillón del living donde siempre leía en su casa. Mientras disfrutaba del último tramo de su vino, volvió a pensar en  lo que Alberto le había contado de su amigo. Se propuso casi como un desafío imaginar de qué modo podría escribir esa historia. No sería fácil. De todos modos decidió revisar ese relato, ver cómo se iban ordenando y cómo podrían rellenarse los huecos de la narración breve, concisa y eficaz de Alberto. La etapa de Pablo dentro del ejército, después de recibirse en la escuela de suboficial vino después. Con el grado de cabo, lo enviaron a un regimiento de Corrientes y allí pasó sus primeros años de militar. Por su actuación y cierta perseverancia ascendió, con facilidad y más rápido que otros de sus camaradas de promoción, a Cabo Primero. Pablo había intentado especializarse en mecánica pero al poco tiempo por indicación de un sargento, que no lo apreciaba mucho y que, en realidad, por sus actitudes parecía odiarlo, fue destinado a  Intendencia. Tuvo que hacer una tarea administrativa más que nada, oficiar de auxiliar de un suboficial principal, quien se encargaba de la dirección del área en el regimiento. Era un lugar clave en la compra de todo lo que era necesario para la alimentación en el cuartel. Según había dicho Alberto en su relato, allí vio cosas que no le gustaron, que sé  yo,  agregó, algo así como un manejo raro de lo que tenían en el depósito y de lo que compraban. La experiencia y su trabajo  en ese sector lo llevaron a tomar conciencia de que no había hecho una buena elección, estaba en la fuerza desde muy joven porque pensaba que así iba a borrar el pasado que consideraba turbio de su padre. Pero  ese ideal, según  Alberto, empezó a desmoronarse para Pablo. No duró mucho en ese lugar, al final del segundo año tuvo un altercado con otro sargento de Intendencia. Fue esa la causa por la que el jefe del regimiento ordenó su traslado a una unidad menor cerca de la frontera con Uruguay. Lo enviaron como cabo primero dentro del área de mantenimiento y limpieza del destacamento. Ya en ese momento había pensado en pedir la baja. No aguantaba más ese régimen de vida, le costaba mucho volver a su puesto de trabajo después de cada licencia por vacaciones y especialmente de la del último verano, que había visitado a su madre y hermanos. Fue en esa ocasión que conoció a Sandra y empezó a salir con ella un poco después. Ella ahora era ya su mujer y la madre de sus dos hijos.

En una asado familiar volvió a ver después de tantos años a su tío cordobés. Él fue quien le ayudó a comprender qué había sucedido con su padre. Ya con unos vinos encima, al final de la noche del comienzo del año nuevo, en el patio de la casa de su madre, cuando todos ya se habían ido a dormir y juntos tomaron una última copa antes de la madrugada vino la revelación que le hizo ver todo de un modo distinto. Fue un fogonazo más fuerte que las cañitas voladoras que habían disparado desde las botellas de sidras vacías contra las estrellas brillantes en la noche oscura del nuevo año. Su tío le corroboró esa sensación de estar en el sitio equivocado nuevamente, la dictadura militar en el gobierno había generado un odio callado pero perceptible de la gente contra los militares. Lo había notado en su primer lugar de destino cuando salía algún franco con sus camaradas del cuartel, al principio lo hacían de uniforme pero finalmente trataban de usar ropas civiles para andar por las calles. Su tío era en realidad un primo de su madre, de la rama de la familia que había vivido en Córdoba. Se llamaba Franco pero le decían el Tano. Ya de grande, Pablo supo que era un tipo muy inteligente y que había estado en el sindicalismo combativo durante los sesenta y en esa revuelta popular llamada el Cordobazo en el 69. Hacía tiempo que no lo veía, sabía por su madre que se había salvado de ser secuestrado por la dictadura y que ahora vivía en Buenos Aires y nadie conocía su dirección. Él decía que trabajaba en un taller como mecánico.   

Y esa noche de año nuevo conversaron en el patio, pronto iba a amanecer y su tío se iría  a su casa. Lo más importante fue cuando le contó que el destino de la vida de su padre estaba escrito en el libro de un escritor que había desaparecido hacía unos años. Están sus libros, pero ahora son difíciles de conseguir, había dicho con un tono grave y respetuoso. Tendrás que leerlos cuando todo esto termine. Supo por él, ese tío apodado el Tano,  entonces que su padre había sido un sindicalista peronista y que había muerto en una encerrona preparada por otros que los barrieron a balazos en un bar del conurbano. Del grupo que estaban juntos en una mesa cayeron muertos y heridos en el acto un compañero sindicalista llamado Rosendo García, otro al que le decían el Griego y su padre. Algunos se hallaban desarmados, o no alcanzaron a reaccionar, ya que estaba tomando algo para hacer tiempo hasta la hora de ir a una asamblea importante que se realizaría en las cercanías. Insistió que debía leer ese libro, el autor había hecho una investigación que comprobaba que a su padre y a los otros que estaban con él en esa mesa de la confitería, prácticamente los habían fusilado y después se hizo pasar lo sucedido como un enfrentamiento. Pronto  todo se fue diluyendo en los tribunales con la complicidad de jueces y policías. El responsable de los asesinatos era un burócrata ambicioso, a quien por algo le decían el Lobo, dijo y aclaró que años después le metieron cinco balazos y una bomba en el sindicato que lo destrozó. Seguramente un ajuste de cuentas. Durante su juventud había sido Cabo Primero como vos, pero de la Marina. Ya de día, con el primer sol que les daba en la cara, le dio un abrazo de despedida y le dijo nuevamente: “Cuando puedas leé ese libro, y cuidate.”

En el comienzo de 1982 Pablo ya había sido promovido a Sargento, en esos  años había revistado en el sector de mantenimiento sin ninguna complicación. De la unidad fronteriza había sido trasladado a Misiones, y allí todo parecía ser más tranquilo, pero él seguía desencantado de pertenecer al ejército en esas circunstancias políticas. Era inevitable no conocer que se realizaban operativos que se encubrían ostensiblemente para que no fueran percibidos por los conscriptos incorporados en las actividades diarias del regimiento. Por eso en febrero elevó una nota a sus superiores pidiendo su retiro, su  excusa era que su madre estaba muy enferma en Buenos Aires.

“Tomamos las Malvinas”, fue lo primero que  Pablo, el amigo de Alberto, escuchó en la cantina del regimiento una mañana de abril de ese año. A partir de ese momento todo cambió. Se suspendieron los francos y las licencias y, por supuesto, los pedidos de  retiros voluntarios. En pocas horas fueron llamados a formar en el patio de armas del cuartel, se dieron órdenes y un oficial pronunció frases exaltadas sobre la importancia de la patria y el deber de pelear por ella. De inmediato, se procedió a preparar a toda la tropa para entrar en combate. Algunos conscriptos parecían alegres, como si fueran chicos hablaban entusiasmados de la inminencia de una guerra. Otros callaban y se les veía una expresión de miedo y tristeza en los ojos y en sus gestos. 

Alberto recordaba que a Pablo parecía dolerle el alma, se ponía triste y hablaba con un tono de rencor y bronca, cuando le preguntaban sobre lo que había pasado en Malvinas. Lo más claro que llegaba a decir era que esa guerra había terminado por convencerlo que la cúpula militar y todo el sistema del ejército estaba atravesado por un ciego fanatismo. No era lo que él había imaginado cuando entró a la fuerza. Llegó a decir que en el enfrentamiento con los ingleses, la ignorancia y la brutalidad fue lo que salió a la luz entre sus camaradas, salvo la excepción de muy pocos que supieron comportarse con cierta dignidad en esa situación límite durante más de dos meses. Fue por eso que apenas terminó la guerra consiguió que en pocos meses le dieran por fin la baja. Nicolás se acordó que Alberto dijo que Pablo había estado en Puerto Stanley o Puerto Argentino en una de las batallas más sangrientas, poco antes del rendimiento ante las tropas inglesas comandadas por el general Jeremy Moore. Le había tocado combatir desde uno de los pozos, próximos a los infantes de marina, que eran los soldados argentinos en esa batalla librada para retener el control del monte Tumbledown, la última colina rocosa próxima a Puerto Argentino. La batalla había sido en una oscura noche, tal vez la más oscura y siniestra de su vida. Los ingleses con sus modernos armamentos se desplazaban en las sombras como peces en el agua, mientras ellos, los argentinos, apenas podían moverse, muchos habían caído en la inacción del hambre y el frío, esa noche la mayoría terminaron muriendo congelados sin disparar un solo tiro. Desde el pozo tiraban al boleo, no podían ver más que los fogonazos de los disparos de los gurkas y los estallidos de la artillería enemiga, aunque después de la guerra, se supo que el alto mando del ejército argentino en su desesperación por impedir el paso de sus enemigos había bombardeado a su propia tropa ubicada en un sector del monte Tumbledown.

Le quedaron en la mente, había dicho Pablo, la imagen horrenda y angustiante de los cuerpos de los muertos y la de algunos soldados argentinos moribundos y gravemente heridos que intentaban arrastrase hacia la retaguardia. Luego, cuando se rindieron, vino la larga y ardua caminata de los sobrevivientes ya sin sus armas, escoltados por los escuadrones de los scotts ingleses hacia el cuartel de Puerto Argentino que había vuelto a llamarse Puerto Stanley. Pero eso no era todo, estaba la serie de imágenes del hambre, de los castigos de algunos oficiales a los pobres soldaditos que desesperados por la falta de alimentos  habían intentado matar una oveja. También las estaqueadas, el mal trato aplicado a los soldados por muchos oficiales y suboficiales que creían que de ese modo iban a mantener la moral de la tropa. Según Alberto, su amigo Pablo llegó a concentrar toda su indignación y bronca en una anécdota final que lo conmovió mucho y jamás iba a olvidar. Ya en el continente, en Río Gallegos -dijo—  le tocó ver cómo médicos y enfermeros amputaban pies y piernas a combatientes que habían sido afectados por el congelamiento o por el llamado pie de trinchera. Ni siquiera los revisaban. Él tuvo un gesto, tal vez lo único que pudo hacer, cuando habiendo entrado en una de las salas de enfermería, ayudó  a un muchacho que le querían cortar el pie derecho a escapar del quirófano donde lo tenían. En un momento de distracción de los médicos y enfermeros, lo tomó del brazo y disimuladamente con él bajaron las escaleras como pudieron y se mezclaron con otros soldados heridos. 

Pablo, luego que consiguió la baja en el ejército, entró como tornero en una fábrica. Allí, dos o tres años después, supo  por un compañero de trabajo algo del ex combatiente del pie congelado, el mismo al que él había ayudado a huir de la enfermería en Río Gallegos. Su compañero le contó que lo conocía porque era vecino suyo y que se enteró que este muchacho al regresar de la derrota en Malvinas, ya en su casa, y gracias a su padre que lo llevó enseguida a un traumatólogo, pudo recupera, con  calores y masajes, el funcionamiento normal del pie que le quisieron amputar. 

Nicolás, como si diera vuelta la última página de un libro, apagó la luz de la lámpara de pie y, recostándose en el respaldo de su sillón,  entrecerró sus ojos para dejarse estar un rato así, en la profunda oscuridad que como un manto de neblina lo fue invadiendo poco antes de  irse a dormir.