Entrevista> Gustavo Gauvry
Desde mi cielo
Después de viajes iniciáticos por América Latina e incursiones en el misticismo oriental, Gustavo Gauvry se hizo fotógrafo de Sui Generis y de Serú Girán. Entonces se interesó por el sonido y empezó una carrera como monitorista y terminó fundando Del Cielito en Parque Leloir, el mítico estudio donde se grabó una lista de discos míticos que incluye desde Spinetta hasta Peligrosos Gorriones. Gauvry no ya es dueño del estudio pero su historia aparece en el libro El sello del rock que acaba de ser reeditado y ahora él se dedica a la digitalización de los masters que el INAMU rescató luego de un proceso judicial escabroso, entre los que aparecieron cintas de Piazzolla y del valioso catálogo del sello Music Hall.
Imagen: Nora Lezano

Vio cómo David Lebón sacaba de un tirón, letra y música, “Cuánto más llevará”; fue testigo de cuando Luis Alberto Spinetta conoció al Indio Solari –más que un encuentro, un choque–; escuchó el vuelo de los aviones que aterrizaban con una frecuencia inusitada en El Palomar en pleno fragor de Malvinas; vivió como propio el ascenso de bandas como los Ratones Paranoicos y Los Piojos; fue hippie, fotógrafo, peregrino y devoto de La Misión de la Luz Divina. Hace unos meses estaba obsesionado enrollando unas cintas en las oficinas del INAMU (Instituto Nacional de la Música), con la minuciosidad de los relojeros, sin saber con qué se podía encontrar. Y encontró tesoros. Aún no puede creer lo que escondía una caja que tenía una etiqueta siniestra: “Piazzolla N.N.”

Gustavo Gauvry pasó de ser fotógrafo ocasional de Sui Generis a monitorista de Serú Girán, de dueño del Estudio del Cielito a una de las personas que más sabe de sonido de la Argentina. Tantos años de andar deslizándose con su estampa arisca de perfecto Neil Young criollo por los jardines de su creación de Leloir, lo constituyeron el cancerbero de los mejores secretos del rock argentino. De todos: de los de los cultores del pop champagne al más rancio rock barrial; de los de los megalómanos distantes a los nuevos ricos de los años ‘90. Le parece mentira, dice, lo rápido que pasaron los años.

Está en plena tarea de digitalización de los masters que el INAMU rescató luego de un proceso judicial largo y escabroso. Algunos aparecieron en lugares insólitos (un master de Arco Iris lo tenía un mantero). Destacan centenares de discos pertenecientes al glorioso catálogo de Music Hall, sello que quebró y dejó en un limbo maravillas que van de Serú Girán, Pappo’s Blues, Miguel Cantilo y León Gieco a Aníbal Troilo, Eduardo Falú, Isaco Abitbol, Avelino Flores y tantos más.  “Estoy trabajando como Asesor Técnico desde hace un año y medio. El INAMU está con varios proyectos. Al adquirir el catálogo de Music Hall hizo que los músicos pudieran disponer de sus creaciones. Antes no cobraban sus derechos, porque los discos estaban desaparecidos. Me metí entonces con un montón de cintas del primer rock nacional, en cosas de Piazzolla, de D’Arienzo. Hay cintas que tienen más de 60 años, y no sabés cómo pueden quedar al manipularlas. Así que el INAMU consiguió una máquina vieja en buen estado para que yo pudiera encarar la digitalización. Es una forma de resguardar un patrimonio”.

¿Cómo fue la historia del master de Piazzolla?

–Fue increíble. Había, y siguen habiendo, muchas cajas con cintas que nadie sabe qué contienen. Una de ellas decía: “Piazzolla NN. Tres tomas”. La abrimos y nos encontramos con una cinta desarmada de adentro hacia afuera. La terminé de desarmar del todo, la extendí por el piso alfombrado y estuve diez horas enrollándola, con la incertidumbre de que no hubiera nada o de que estuviera en pésimo estado. Cuando lo escuché fue una cosa extraordinaria. Se escuchaba bárbaro. Son tres tomas de 1955. Hablamos con Daniel Piazzolla, con Pipi. El tema es “Marrón y azul”, que grabó con el Octeto. 

El tango lo remite a su infancia en Olivos. Vivía en una casa desde donde se veía la Panamericana. Las vacas se metían en el jardín, a pastar. En el fondo el padre tenía un taller. “Era como un artesano medieval, hacía de todo. Estaba el día entero escuchando tango en la radio. Mi vieja en cambio escuchaba boleros en el tocadiscos: Tito Rodríguez, Armando Manzanero. Yo nací en 1954, el año en que empezó el rock and roll. Descubrí a los Beatles en la escuela primaria y empecé a sacar los acordes de las canciones. Tocaba la pandereta y cantaba, después aprendí guitarra y bajo. Toqué brevemente con algunos tipos conocidos, como Miguel Mateos. Con él teníamos un grupo llamado Cristal. En esa época Mateos componía tipo Spinetta. Yo ya estaba super informado de lo que pasaba en el rock de afuera”.

¿Cómo te informabas?

–En Olivos está el Colegio Lincoln, donde los norteamericanos mandan a sus hijos. Yo tenía varios amigos yanquis, y gracias a que sus padres iban y venían de los Estados Unidos tuve en mis manos los primeros discos de Jimi Hendrix, de Cream. Mi mundo era ese, el barrio. Ni conocía el Centro. El rock para mí era extranjero, y la música argentina se limitaba a Palito Ortega, Sandro, Leonardo Favio. En 1970 un primo me prestó el primer disco de Almendra, y me pasó lo que le pasó a tantos: me volví loco. Y descubrí que en el Centro había muchos como yo. Me convertí, digamos, en un “rockero nacional”: me dejé el pelo largo, empecé a vestirme de modo estrafalario y a ir a los festivales B.A. Rock... En el video de Billy Bond y la Pesada de “Tontos” de la peli Rock antes de que salga el sol aparezco como extra: estoy con sombrero bombín, remera rayada y unas flores de papel. Parezco el personaje de La naranja mecánica.

No terminó el Industrial en la llamada Escuela Cuba de Belgrano pero conservó el gen fierrero y tecnológico heredado del padre. Empezó a apasionarse por el cine, sobre todo por Fellini. Todo era parte de lo mismo: Gauvry fue constituido por su época. Leyó, dice, todos los libros que había que leer, tomó las drogas que había que tomar, indagó en los Hare Krishna y se metió en La Misión de la Luz Divina del Gurú  Maharaj Ji. En las jornadas de meditación de la casa de La Misión de la calle Costa Rica, Palermo, conoció a Pipo Lernoud, a David Lebón, a Carlos Cutaia. “Fue algo muy hippie, muy externo. Yo me lo tomé en serio. Lo que rescaté del Gurú con el tiempo son una serie de técnicas para meditar, que sigo practicando hoy en día”.

Como tantos, fue un combatiente de la Guerra del Cerdo que noveló Adolfo Bioy Casares: empezó a llevarse pésimo con su padre. Sentía que tenía que despegar de alguna manera. Estudió fotografía y cuando pudo salió a la ruta. “Me enteré de que el Gurú visitaba por primera vez Sudamérica, en Venezuela. Iba a ir con un amigo, pero un día antes de salir me anunció que no viajaba. Tomé la decisión de ir solo, a dedo. Si me quedaba me iba a sentir un cagón para toda la vida. Me fui con 100 dólares, que se me acabaron en Ecuador. Era 1975, todos pensaban que yo era un ERP o un Monto que me estaba escapando del país. En las fronteras me volvían loco. Al fin llegué y la pasé bárbaro. Me quedé seis meses en Venezuela. Nunca trabajé, nunca tuve un mango en el bolsillo y sin embargo viví como un rey. Me hice amigo de venezolanos ricos que me prestaban sus casas. Cuando se venció la visa, pegué la vuelta”.

¿Y qué hiciste?

–Puse un estudio de fotografía. Pipo Lernoud me conectó con un montón de gente. Llegué a hacer unas fotos para Sui Generis. Tuve un breve contacto con Charly en la época de La Máquina. Cuando largó Serú Girán empecé a sacarles fotos, y ahí noté que había cambiado la tecnología del sonido. Héctor Starc trajo muchas innovaciones cuando volvió de Europa, y las aplicó en Serú. Me fui metiendo en los ensayos de la banda y me convertí naturalmente, casi sin darme cuenta, en el monitorista. Aprendí muchísimo. Y pintó la idea de tener un estudio propio, como tenían los Stones en el sur de Francia, o Ginger Baker o James Taylor. Serú Girán grababa en ION y el trato era muy hostil. Justo me había mudado a Parque Leloir, y tenía una guita por un departamento que acababa de vender. Y apareció David Lebón como socio. Él hablaba del tema del estudio propio con el resto de los chicos. Pero no se concretaba nada. Decidimos montar el estudio en mi casa. Ahí David sacó muchos temas, como “Cuánto tiempo más llevará” y otros que fueron a parar a su disco solista El tiempo es veloz. El tiempo es veloz es como un compilado de las cosas que hacíamos con David mientras aprendíamos a laburar. Todo fue una locura.

¿Por qué?

–Y... Yo tenía una hija de un año, y cuando grabábamos mi mujer se tenía que ir a pasear por ahí con ella. Fue muy duro para todos. Tres años vivimos así. 

¿Cuál fue el primer tema íntegro que grabaron en tu casa?

–“Canción de Alicia en el país”. El disco Bicicleta estaba terminado, lo habían grabado en ION, y sólo faltaba mezclarlo. Un día, después de un show en el cine Ocean de Morón, Charly me dice que no estaba contento cómo había quedado “Alicia”. Y me pregunta: ¿”Qué te parece ir el domingo con las chicas y los pibes a hacer un asado y mientras grabamos el tema?”. Casi me desmayo. Serú era la banda del momento... Y lo hicimos. Mientras las familias estaban en la pileta, Pedro llevó adelante la grabación, yo hice de asistente y quedó la versión que está en el disco.

El estudio se convirtió en una usina formidable de rock. El primer disco entero que se grabó en Del Cielito fue Los niños que escriben el cielo (1981), de Jade. El crecimiento fue vertiginoso, y pronto el estudio ganó espacio en el parque y fue también sello discográfico. Ahora se acaba de reeditar un libro escrito por Candelaria Kristoff, que Gauvry reformuló en ciertos contenidos. Hasta cambió el título: se llamaba El cabildo del rock; ahora pasó a ser El sello del rock. “El cabildo daba muy Biondini”, dice. “Salió hace diez años. Esta es una versión mejorada. Originalmente se hizo para promocionar el estudio, pero terminó siendo una pintura de época. Por las cosas que dijo Spinetta, por lo que dijo el Indio Solari... Al final contamos la historia del rock de los ‘80 y ‘90 desde un estudio de grabación”.

Después vendiste el estudio...

–Sí, lo vendí. Y también el catálogo.

Te quemó el rock.

–Tuve mi época de fisura, de que no quería saber nada con nada. Me cansé de la franela, de las multinacionales, de jugarme la vida en cada disco. Cuando empecé en los ‘80 era fácil. Estaba la Rock & Pop y el Sí de Clarín, y chau. Los Ratones empezaron a sonar en Rock & Pop porque le gustaban a Bobby Flores. Y si te iba bien ponías un avisito en el Sí. En los 90 entraron las multinacionales a competir y todo se volvió imposible.

¿Tu mirada es comercial o artística?

–Las dos cosas. Mi mirada es intuitiva. El rock no es puramente artístico. Lo que me interesa es el fenómeno social que genera. Siguen surgiendo grupos que no se sabe de dónde salen y que llenan estadios. ¿De dónde salió La Berisso o Las Pastillas, o Callejeros en su momento? Aparecieron de la nada, sin ningún apoyo, y se transformaron en bandas súper convocantes. Yo era feliz cuando sacaba a una banda de un garage y con el laburo de todos la ponía en un estadio. Pasó con Los Piojos, con Los Ratones, con Estelares...

¿Y tus grandes sapos?

No, no diría sapos... Pero hubo bandas que pensé que iban a llegar más lejos, como La Mississippi. Sus dos primeros trabajos fueron Discos de Oro, y sin embargo nunca fueron masivos. Me pasó lo mismo con Peligrosos Gorriones y con Los Perros. El primer disco de Los Perros vendió 40.000 unidades, pero no se logró consolidar el éxito... El rock es puro misterio, el éxito es puro misterio. Me gusta que sea así. Ese misterio es lo mejor que tiene el rock.

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